Publicado el 14 de
junio del 2012 en Capital Madrid
Eliminar
el azar moral, elevar la moralidad pública
LAS NACIONES DEL EURO
BUSCAN UNA NUEVA INSTITUCIONALIDAD
Antonio Sánchez-Gijón.-
El anuncio del rescate de la banca española se ha producido sin ser precedido
por el ruido y la furia que acompañó durante semanas y meses los rescates de
Irlanda, Grecia y Portugal. Literalmente, se produjo de la noche a la mañana, y
sin apenas polémicas previas de las opiniones públicas del continente.
A ello ha contribuido
el hecho de que el rescate español se limita a un sector productivo particular,
metido en una coyuntura adversa, y no contagia de modo inmediato la economía y
la vida de los españoles de a pie, esto es, sus salarios, sus pensiones, sus
servicios públicos, es decir, su bienestar. Aparte claro está de lo que todas
estas magnitudes están ya afectadas por el plan de estabilidad fiscal en vigor.
La clave de la
concesión del rescate está en la aquiescencia de Alemania. Ésta, a su vez,
puede haberse debido a un conjunto de causas: la primera de ellas, la voluntad
de encender una bengala de esperanza al pueblo griego antes de las elecciones
del domingo, para que no vote a los partidos que proponen salirse del euro o
revisar las condiciones ya pactadas del rescate de su economía. Este mensaje
subliminal llevaría implícita la promesa de aliviar algunas de las condiciones
más drásticas impuestas a los griegos para recibir la ayuda. Por lo menos así parecen
entenderlo ellos.
La segunda causa está
en que Alemania y sus socios del núcleo duro de la euro-zona temen más a un
colapso del sistema crediticio español, que supondría inmediatamente la
parálisis de la actividad económica del país y la puesta en cuestión del futuro
del euro, que a un agravamiento de la carga fiscal del estado español (posiblemente
un incremento del 10% del PIB), que “sólo” conllevaría la revisión de los
ajustes fiscales ya acordados por el gobierno con los poderes de la euro-zona.
Se trataba, pues, de la opción entre la “bancarrota ya” de un país mayor de la
Unión Europea, y la esperanza de que, a la postre, “quizás no vaya a haberla”.
Es decir, se ha ganado tiempo.
La
nueva institucionalidad
Se trata de ese tiempo precioso
necesario para dar cuerpo institucional a la colcha de retazos en que han
consistido hasta ahora los planes de rescate, y a las reglas disciplinarias
impuestas por el Pacto de Estabilidad Fiscal, todavía en trámite de
ratificación por algunos países.
Aunque a través de toda
Europa las características de ese cuerpo institucional han sido debatidas y
propuestas por individuos, centros de estudios y prensa, su sistematización
recae principalmente en el cuarteto que actualmente rige la Unión de forma
colegiada: el presidente de la Comisión, el del Eurogrupo, el del Consejo
Europeo y el del Banco Central Europeo. La intervención del parlamento europeo,
en esta fase de maduración de las ideas, puede considerarse prematura, y
alteraría el estilo tecnocrático con que se han gobernado hasta ahora las
instituciones de la Unión, para buscar más tarde su refrendo por el parlamento.
Si el Eurogrupo ha
sacado alguna experiencia de los años de
crisis, la institucionalidad que se busca confirmará la obligatoriedad de la
disciplina fiscal bajo un estricto control colegiado, ejercido por algo
parecido a un ministerio de Economía y del Presupuesto, y bajo la dirección de
una especie de superministro con autoridad sobre los presupuestos de cada uno
de los estados de la euro-zona. Hay pocas probabilidades de que esta autoridad se
imponga a toda la Unión Europea, pues se puede dar por descontado que el Reino
Unido nunca la reconocería.
Francia misma,
previsiblemente, resistiría hasta donde le fuera posible la imposición de esas
facultades de supervisión, y sólo lo haría si necesitase alguna forma de
rescate para su banca o sus cuentas públicas, en el caso de que los planes sociales
y de crecimiento del presidente Hollande produjeran desequilibrios económico, sólo
corregibles mediante fuertes inyecciones de dinero europeo para cubrir los
déficits.
Lo malo es que mientras
no se da forma a la nueva institucionalidad económica y financiera de Europa,
no se podrá tratar de los problemas de crecimiento de la Unión, como algo distinto
de la economía de cada país en particular, condición que ha hecho de la
experiencia europea una sucesión inacabable de crisis. El concepto de unión
requiere nocionalmente la reducción, armonización o en algunos casos supresión
de los factores de pluralidad. En el caso de la euro-zona, esto debería incluir
factores tales como regímenes fiscales, leyes laborales, beneficios sociales, formación
profesional, educación, etc., para conjuntarlos de tal forma que se logren niveles
parejos de competitividad entre las diferentes naciones y regiones de la
euro-zona, y para que ésta funcione como agente principal de la entera Unión
Europea ante los mercados internacionales. Y ello en unos momentos en que
Europa, por su falta de crecimiento, está perdiendo mercados y oportunidades
ante la competencia de otros bloques emergentes.
Azarosa
moralidad
Parte de la explicación
de la parálisis en que se encuentra el Eurogrupo se atribuye al temor al
llamado “azar moral”, según el cual los países más ahorradores y productivos temen
el ventajismo de los países más gastadores e indolentes. No hará falta evocar
quiénes son éstos últimos, porque han recibido denominaciones más o menos
irónicas o burlonas que todos recordamos.
Componente principal de
ese azar moral lo constituye el grado de probidad en las cuentas públicas. Estamos
asistiendo en España a una acumulación de casos de corrupción que en estas
semanas llegan a su maduración procesal. Sería consolador comprobar que muchos
de esos casos han salido al foro público debido al aguijón de la indignación
moral provocada por los sacrificios que la sociedad española se está viendo
obligada a asumir, bajo la presión de la austeridad, los recortes, la
aniquilación de los ahorros familiares, los despidos masivos, el crecimiento de
la pobreza, etc.
Muchos individuos de las
clases políticas de enteras regiones españolas se han entregado durante años a
formas de corrupción que, paradójicamente, podríamos llamar identitarias:
clientelar en Andalucía, comisionista en Cataluña, “festera” en la Comunidad
Valenciana, togada en Madrid y populista en el resto. ¿Existen técnicas
actuariales para calcular en términos de despilfarro y retraso económico el
costo de la corrupción? Debería haberlas, porque en los cálculos y opiniones
que los otros países se forman sobre el nuestro, condicionando sus respuestas a
nuestros reclamos de solidaridad, entra este tipo de consideraciones sobre los
niveles de responsabilidad pública, calidad de las élites, y probidad e independencia de las
instituciones.
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