Los principales recursos económicos,
amenazados
Publicado el
jueves 4 de julio de 2013 en capitalmadrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.– Las fuerzas armadas egipcias
han depuesto al presidente Morsi, alegando que éste no atendió su requerimiento
de que negociase con la oposición una solución a la crisis que sacude el país
desde hace varias semanas. Los militares han encargado la jefatura provisional
del estado al presidente del Tribunal Constitucional, Adli Mansour, el cual
debe convocar elecciones presidenciales.
El lunes pasado, los militares dieron a las fuerzas
políticas 48 horas para iniciar las conversaciones. Al día siguiente Morsi
lanzó un discurso a la nación reafirmando la legitimidad de su poder, y dando
pocos signos de atender el requerimiento de los militares. Sin embargo,
miembros de su propio gabinete emitieron un comunicado desautorizando el
discurso.
En círculos internacionales no se excluye siquiera que
el presidente fuese detenido por los militares. Se han practicado detenciones
entre los seguidores de Morsi y de miembros de la Hermandad Musulmana. Al caer
de la tarde del miércoles el ejército empezó a desplegar efectivos mecanizados
en varias ciudades del país.
Las protestas de las últimas semanas han mostrado que
en Egipto existe un movimiento secular, acerbamente opuesto a la islamización
de la sociedad, cuya fuerza no se había manifestado con tanto vigor en los días
que llevaron, hace dos años, al derrocamiento del presidente Mubarak. Sin
embargo, los métodos empleados en las masivas manifestaciones de los últimos
días hacen dudar de la condición democrática de su intento.
Pero debajo del conflicto político, en Egipto existe
un descontento y unos temores que llegan más hondo que los que se han puesto de
manifiesto en los disturbios de los últimos días y en el derramamiento de
sangre.
Se cierran las fuentes de recursos
económicos
Detrás de los tumultos que sacuden Egipto está el
temor que embarga a todas las fuerzas implicadas (partidos, instituciones,
ejército, Hermandad Musulmana, jueces, campesinos, pequeños comerciantes,
jóvenes, industriales, etc.), de que la nación, que históricamente ha sido un
"faro" del mundo árabe, está decayendo en la impotencia y la
marginalidad, debido a un cruce de factores, entre los que se incluyen la
crisis del poder político, la ruptura de la paz social y la erosión creciente
de sus fuentes de riqueza.
Empezando por este último problema, Egipto ve cómo en
los últimos años se ha reducido el rendimiento de dos de sus sectores
económicos fundamentales: primero los hidrocarburos, por agotamiento de una
parte importante de sus yacimientos, después el turismo, cuyos ingresos se han
visto reducidos drásticamente a consecuencia de los disturbios
político-sociales que viene sufriendo el país desde la revolución que tumbó el
régimen de Hosni Mubarak, y la subsiguiente inestabilidad político-social, que
ha puesto a Egipto al borde de un estallido que en estas horas críticas tanto
puede conducir a una revolución democrática como a una involución que devuelva
el poder al ejército.
Encima de todo ello, una nueva amenaza empezó a
hacerse sensible en mayo pasado: la desviación de parte del curso alto del Nilo,
al objeto de continuar la construcción de la Gran Presa del Renacimiento
Etíope, que significará para Egipto la pérdida de una parte sustancial de los
aportes hídricos del rio, de los que la civilización egipcia ha dependido
durante al menos cinco mil años. En Etiopía se genera el 85 por ciento de los
aportes hídricos del Nilo.
Aunque Addis Abeba asegura que la construcción de la
presa beneficiará a los países situados aguas abajo (Sudán y Egipto), nadie
cree que los etíopes se reducirán a producir energía hidroeléctrica, sin
derivar un caudal importante para su propia agricultura.
En algo más de cincuenta años Egipto ha pasado de ser
el país con poder casi absoluto para regular los usos del Nilo, a verse
obligado a negociar con todos los países situados aguas arriba. En efecto, un
tratado de 1959 entre Gran Bretaña, Sudán y Egipto daba a este último el
derecho de garantizar el reparto del caudal del rio, que quedó establecido en
55.500 millones de m3 para Egipto y 18.500 millones para Sudán, de un caudal
total de 85.000 millones.
Este régimen se mantuvo incontestado hasta que en 1999
se instituyó la Iniciativa de la Cuenca del Nilo, en que participaron todos los
países ribereños. De momento no se alteró el régimen de reparto; hasta 2010, en
que cinco países del Alto Nilo (Etiopía, Kenia, Uganda, Ruanda y Tanzania)
reclamaron derechos sobres sus aguas, en un volumen equivalente al 90% del
caudal asignado a Sudán y Egipto. Naturalmente, no es posible mantener tamaña
desviación de recursos hídricos sin un poder militar que la respalde, del que
todos los países de la parte alta de la cuenca carecen.
Pero el mismo criterio se puede aplicar a Egipto, que
necesitaría un poder militar mucho más allá de sus capacidades financieras y
técnicas, para la defensa de sus derechos históricos. Este es, pues, un desafío
agónico para las fuerzas armadas y la sociedad egipcias, que debiendo
prepararse para afrontar cualquier amenaza vital al propio ser de Egipto, se
ven arrastrados a las luchas políticas y la pérdida de la paz civil necesaria
para atacar los problemas económicos y de seguridad que atenazan el país.
Crece igualmente la inseguridad financiera. La
inestabilidad política es la principal causa del rápido descenso de las
reservas monetarias egipcias. Antes de la revolución que derribó a Mubarak, las
reservas alcanzaban los $36.000 millones. Actualmente se cifran en menos de
13.000 millones. En los últimos meses, Egipto ha recibido de Qatar préstamos
por $3.000 millones y $500 millones de Arabia Saudita.
Esa misma inestabilidad está en el origen de la
incapacidad del gobierno y del Fondo Monetario Internacional en llegar a un
acuerdo sobre un préstamo de $4.800 millones. Ese préstamo está sujeto, como
todos los del FMI, a la condicionalidad de un programa de reformas, que el
gobierno apenas puede abordar si no quiere encontrarse con un estallido social,
pues entre ellas se halla la obligación de reducir subsidios de productos
básicos, liberalizar partes del sector industrial y el comercio, y recortes del
gasto de la administración. Los colosales embotellamientos de vehículos ante
las gasolineras de recientes semanas reflejan los recortes a los subsidios
energéticos, lo que ha generado la subida de precios y el acaparamiento. Se
esperaba que el acuerdo con el FMI asegurase recursos adicionales, hasta un
paquete de $10.000 millones, y ayudase a reactivar la producción industrial y
el comercio.
Insospechada fuerza del laicismo, y
resistencia de Morsi
La insatisfacción popular ha dado lugar a un rápido
desgaste de la autoridad del presidente Morsi, de la Hermandad Musulmana, a
quien los militares han dejado en el retortero: asándose en el descontento
social, pero sin ganas de reemplazarlo en su puesto de mando.
El movimiento de protesta contra el presidente y su
gobierno ha vuelto a dar a los militares el protagonismo que se suponía iban a
ceder, al quedar elegido Morsi hace un año exactamente, en una elección
razonablemente democrática.
Hoy, gran parte de las mismas fuerzas populares que se
opusieron a que las fuerzas armadas prolongaran un solo día más su control del
proceso post-Mubarak, son las que buscan su apoyo para obligar a Morsi a
abandonar la presidencia.
Además del deterioro de la economía y del bienestar de
la población, la principal queja es la incipiente islamización de la vida
política, social y cultural de los egipcios. Desde este punto de vista, el
movimiento contra Morsi es también una protesta contra los hermanos musulmanes,
cuya sede central en El Cairo fue asaltada y saqueada por los manifestantes. Si
la amplia victoria electoral de Morsi y la Hermandad el pasado año suscitaban
dudas sobre la fuerza social del laicismo, el movimiento de estas semanas
obliga a revisar esa percepción.
Como desencadenante del movimiento de protesta se
halla una organización informal, llamada Tamarod (rebelde), que reúne a un
grupo de pequeñas formaciones empeñadas en derribar a Morsi. A su vez, sus
promotores tienen su origen en unas células puramente laicas, opuestas a
Mubarak, y que empezaron a organizarse en 2004. Lo revelador de este movimiento
es su capacidad de movilización, que ellos ponen en más de veinte millones de
manifestantes y el ejército ha cifrado en quince.
La habilidad de ese movimiento ha consistido en unir
el descontento popular a las muestras de desafección de las instituciones
respecto del gobierno de Morsi. Para empezar, las elecciones al parlamento ya
tenían que haberse celebrado. El Tribunal Constitucional a primeros de junio
declaró ilegal el Consejo de la Shura, que ejercía el legislativo
provisionalmente. Incluso el movimiento ultrarreligioso salafista, Al-Nour, se
ha unido a las fuerzas seculares para derribar a Morsi. A éste se le ha caricaturizado
en algunas protestas como marioneta de los Estados Unidos e Israel.
Con todo lo expuesto, no es fácil sentenciar si Egipto
está viviendo una revolución, o un proceso de involución