viernes, 5 de julio de 2013

Poca emoción en Berlín ante la propuesta de Obama sobre el desarme nuclear


En la cartera el tratado de Libre Comercio con la Unión Europea

Publicado el jueves 20 de junio de 2013

Antonio Sánchez-Gijón.– Lástima que el discurso del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, no sirviera para emocionar a los berlineses, cómo sí les habían emocionado los que les dedicaron en el pasado los presidentes Kennedy y Ronald Reagan. Sin embargo, el que les dedicó este miércoles Obama en la Puerta de Brandenburgo tiene un contenido práctico que no tuvieron los anteriores. Si aquéllos discursos fueron desafiantes, el de Obama ha sido propositivo. Si aquéllos sirvieron (sobre todo el de Reagan) para hacer posible el trabajo de la piqueta sobre el Muro de Berlín, el de Obama se propone nada menos que reducir y eventualmente destronar las armas nucleares como ultima ratio de la seguridad de una serie de estados que las poseen y con las que pueden amenazar (o defender) a muchas otras naciones.

En efecto, Obama hizo este miércoles una propuesta al presidente ruso, Vladimir Putin,  para reducir en un tercio los arsenales nucleares de los Estados Unidos y Rusia.

Este es el segundo paso que el presidente ha dado en busca de un ideal que expuso al inicio de su primera presidencia, el 5 de abril de 2009 en Praga: "buscar la paz y la seguridad de un mundo sin armas nucleares". El paso precedente al de este miércoles había sido el tratado de reducción de Armas Estratégicas, de 2010, (New START en la jerga estratégica) con Rusia, que puso a cada una de las dos potencias un techo máximo de 1.550 cabezas nucleares y no más de 700 vectores. En Praga, el presidente había reconocido que quizás su sueño no fuese alcanzado en el transcurso de su vida.

"Aunque hoy no vivamos bajo el terror de una posible aniquilación - concedió Obama en Berlín -, no estaremos enteramente seguros mientras existan las armas nucleares". El presidente norteamericano invitó directamente al ruso a "abandonar posturas propias de la Guerra Fría".

Vladimir Putin ha respondido con un cauteloso "sí". Su consejero de seguridad Yury Ushakov ha comentado el discurso de Obama diciendo que, dado que "la situación no es como la de los 60 y 70 (del siglo pasado), cuando sólo los Estados Unidos y la Unión Soviética mantenían conversaciones para la reducción de armas nucleares", hoy día "otros países nucleares deberán reducir sus arsenales".

Negociaciones interminables y de incierto resultado

 La cautela de Putin y Ushakov, sin embargo, hace correr el riesgo de que la incorporación de otras potencias nucleares al proceso lo vuelva tan complicado y arriesgado, que se haga interminable. Para empezar, hacía muy pocas horas que Corea del Norte reclamó ser tratada con el status de potencia nuclear. Es más, ¿no serán esas negociaciones un incentivo para que Irán acelere su programa de armamento nuclear, al objeto de sentarse en la mesa de "los grandes"? El discurso de racionalidad estratégica que Rusia y los Estados Unidos pueden compartir, ¿vale igualmente para potencias con tensiones históricas como India y Pakistán?

Las perspectivas de un tratado de eliminación de las armas nucleares se estrechan aún más si se considera que Rusia y los Estados Unidos se hallan diplomáticamente enfrentados por la construcción del llamado "escudo antimisiles", que este último país está levantando en Europa (con un componente "español"), para supuestamente confrontar cualquier amenaza nuclear iraní.

 Y alcanzado cualquier hipotético tratado de eliminación de las armas estratégicas, aún quedaría el problema de qué hacer con los miles de cabezas nucleares tácticas desplegadas en Europa. Se considera que sólo los Estados Unidos guardan en sus arsenales 10.000 cabezas nucleares. Su mantenimiento produce un gasto estimado en $31.000 millones anuales, equivalente al 87% del gasto total de la administración en su diplomacia y ayuda extranjera.

La elección de Berlín como escenario de este discurso y oferta no es accidental; es decir, no es una ocasión sólo para que Obama se mida, en la memoria de los alemanes, con Kennedy y Reagan. La canciller Merkel es un buen conducto diplomático para todo lo que concierne a Rusia. Berlín se opuso en su día, junto con Rusia,  a la guerra desencadenada por el presidente George W. Bush para derrocar a Sadam Hussein, en 2003. Se opuso también a la ampliación de la OTAN en Ucrania y Georgia, lo que era visto por Moscú como un guante lanzado por la alianza ante sus propias puertas. Alemania rechazó participar en la fuerza que impuso la exclusión aérea a las fuerzas armadas libias de Gadafi, en 2011. Y se ha mostrado expresamente partidaria de que los Estados Unidos y Rusia cooperen en el despliegue del escudo antimisiles.

Alemania, gran beneficiaria de un Tratado de Libre comercio

Alemania es el principal socio energético de Rusia y el segundo más grande exportador de mercancías a los Estados Unidos. A su vez, las mercancías norteamericanas ocupan la cuarta posición en el conjunto de las importaciones alemanas. El territorio de Alemania está abierto tanto al este como al oeste de Europa, y esa condición, percibida en el pasado histórico como una fuente inagotable de amenazas, es hoy vista por Berlín como una ventaja geopolítica que nadie está en condiciones de disputarle.

El mayor potencial de las relaciones entre Alemania y Estados unidos, sin embargo, reside en el proyecto de tratado de Libre Comercio con la Unión Europea. Ese potencial depende no tanto de la reducción de tarifas para su comercio (hoy se mantienen en un 3% de media), como en la posibilidad de que a través de él se forme el mayor bloque comercial del mundo, que nunca podría se contestado por cualquier otro bloque hipotético. Ese bloque estaría en condiciones de establecer normas en una serie de actividades productivas de la humanidad: medio ambiente, cambio climático, stándares para el tráfico, reglas de competencia, normalización de magnitudes, sistemas de pagos, arbitraje de diferencias y disputas, defensa de derechos de propiedad, patentes etc.

La apertura del proceso de negociación para el TLC ha sido prácticamente aprobada en la reciente reunión del G-8 en Irlanda del Norte. Las expectativas que se generen a lo largo de ellas pueden afectar las actitudes de ciertos países con respecto a la Unión Europea. Por ejemplo, los británicos tendrían menos incentivos para salirse de la UE, cuando se celebre el referéndum sobre esta cuestión, si estuviera vigente el TLC. La misma perspectiva sobre el TLC podría condicionar las ansias independentistas de Escocia (hoy muy moderadas), que debe celebrar un referéndum sobre esa materia en 2014.

El TLC tendería a armonizar los sistemas económico-sociales a ambos lados del Atlántico, y desde este punto de vista modificaría, bajo formas que no se pueden predecir, estructuras y hábitos de organización de la producción, y de distribución del producto social, propios de dos sociedades que, aunque comparten muchos valores y rasgos culturales, siguen siendo muy distintas, si no contradictorias.

Pero como predijo el presidente Obama en Praga, esto tampoco lo veremos (al menos gran parte de nosotros) en lo que nos queda de vida. Pero, quién sabe, tampoco Kennedy pensaba que fuera posible la caída del bloque soviético, ni Reagan que iba a ser tarea tan fácil y barata.

 

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