En la cartera el tratado de Libre
Comercio con la Unión Europea
Publicado el
jueves 20 de junio de 2013
Antonio Sánchez-Gijón.– Lástima que el discurso del
presidente de Estados Unidos, Barack Obama, no sirviera para emocionar a los
berlineses, cómo sí les habían emocionado los que les dedicaron en el pasado
los presidentes Kennedy y Ronald Reagan. Sin embargo, el que les dedicó este
miércoles Obama en la Puerta de Brandenburgo tiene un contenido práctico que no
tuvieron los anteriores. Si aquéllos discursos fueron desafiantes, el de Obama
ha sido propositivo. Si aquéllos sirvieron (sobre todo el de Reagan) para hacer
posible el trabajo de la piqueta sobre el Muro de Berlín, el de Obama se
propone nada menos que reducir y eventualmente destronar las armas nucleares
como ultima ratio de la seguridad de una serie de estados que las poseen
y con las que pueden amenazar (o defender) a muchas otras naciones.
En efecto, Obama hizo este miércoles una propuesta al
presidente ruso, Vladimir Putin, para reducir en un tercio los arsenales
nucleares de los Estados Unidos y Rusia.
Este es el segundo paso que el presidente ha dado en
busca de un ideal que expuso al inicio de su primera presidencia, el 5 de abril
de 2009 en Praga: "buscar la paz y la seguridad de un mundo sin armas
nucleares". El paso precedente al de este miércoles había sido el tratado
de reducción de Armas Estratégicas, de 2010, (New START en la jerga
estratégica) con Rusia, que puso a cada una de las dos potencias un techo
máximo de 1.550 cabezas nucleares y no más de 700 vectores. En Praga, el
presidente había reconocido que quizás su sueño no fuese alcanzado en el
transcurso de su vida.
"Aunque hoy no vivamos bajo el terror de una
posible aniquilación - concedió Obama en Berlín -, no estaremos enteramente
seguros mientras existan las armas nucleares". El presidente
norteamericano invitó directamente al ruso a "abandonar posturas propias
de la Guerra Fría".
Vladimir Putin ha respondido con un cauteloso
"sí". Su consejero de seguridad Yury Ushakov ha comentado el discurso
de Obama diciendo que, dado que "la situación no es como la de los 60 y 70
(del siglo pasado), cuando sólo los Estados Unidos y la Unión Soviética
mantenían conversaciones para la reducción de armas nucleares", hoy día
"otros países nucleares deberán reducir sus arsenales".
Negociaciones interminables y de incierto resultado
La cautela de Putin y Ushakov, sin embargo, hace
correr el riesgo de que la incorporación de otras potencias nucleares al
proceso lo vuelva tan complicado y arriesgado, que se haga interminable. Para
empezar, hacía muy pocas horas que Corea del Norte reclamó ser tratada con el
status de potencia nuclear. Es más, ¿no serán esas negociaciones un incentivo
para que Irán acelere su programa de armamento nuclear, al objeto de sentarse
en la mesa de "los grandes"? El discurso de racionalidad estratégica
que Rusia y los Estados Unidos pueden compartir, ¿vale igualmente para
potencias con tensiones históricas como India y Pakistán?
Las perspectivas de un tratado de eliminación de las
armas nucleares se estrechan aún más si se considera que Rusia y los Estados
Unidos se hallan diplomáticamente enfrentados por la construcción del llamado
"escudo antimisiles", que este último país está levantando en Europa
(con un componente "español"), para supuestamente confrontar
cualquier amenaza nuclear iraní.
Y alcanzado cualquier hipotético tratado de
eliminación de las armas estratégicas, aún quedaría el problema de qué hacer
con los miles de cabezas nucleares tácticas desplegadas en Europa. Se considera
que sólo los Estados Unidos guardan en sus arsenales 10.000 cabezas nucleares.
Su mantenimiento produce un gasto estimado en $31.000 millones anuales,
equivalente al 87% del gasto total de la administración en su diplomacia y
ayuda extranjera.
La elección de Berlín como escenario de este discurso
y oferta no es accidental; es decir, no es una ocasión sólo para que Obama se
mida, en la memoria de los alemanes, con Kennedy y Reagan. La canciller Merkel
es un buen conducto diplomático para todo lo que concierne a Rusia. Berlín se
opuso en su día, junto con Rusia, a la guerra desencadenada por el
presidente George W. Bush para derrocar a Sadam Hussein, en 2003. Se opuso
también a la ampliación de la OTAN en Ucrania y Georgia, lo que era visto por
Moscú como un guante lanzado por la alianza ante sus propias puertas. Alemania
rechazó participar en la fuerza que impuso la exclusión aérea a las fuerzas
armadas libias de Gadafi, en 2011. Y se ha mostrado expresamente partidaria de
que los Estados Unidos y Rusia cooperen en el despliegue del escudo
antimisiles.
Alemania, gran beneficiaria de un Tratado de Libre
comercio
Alemania es el principal socio energético de Rusia y
el segundo más grande exportador de mercancías a los Estados Unidos. A su vez,
las mercancías norteamericanas ocupan la cuarta posición en el conjunto de las
importaciones alemanas. El territorio de Alemania está abierto tanto al este
como al oeste de Europa, y esa condición, percibida en el pasado histórico como
una fuente inagotable de amenazas, es hoy vista por Berlín como una ventaja
geopolítica que nadie está en condiciones de disputarle.
El mayor potencial de las relaciones entre Alemania y
Estados unidos, sin embargo, reside en el proyecto de tratado de Libre Comercio
con la Unión Europea. Ese potencial depende no tanto de la reducción de tarifas
para su comercio (hoy se mantienen en un 3% de media), como en la posibilidad
de que a través de él se forme el mayor bloque comercial del mundo, que nunca
podría se contestado por cualquier otro bloque hipotético. Ese bloque estaría
en condiciones de establecer normas en una serie de actividades productivas de la
humanidad: medio ambiente, cambio climático, stándares para el tráfico, reglas
de competencia, normalización de magnitudes, sistemas de pagos, arbitraje de
diferencias y disputas, defensa de derechos de propiedad, patentes etc.
La apertura del proceso de negociación para el TLC ha
sido prácticamente aprobada en la reciente reunión del G-8 en Irlanda del
Norte. Las expectativas que se generen a lo largo de ellas pueden afectar las
actitudes de ciertos países con respecto a la Unión Europea. Por ejemplo, los
británicos tendrían menos incentivos para salirse de la UE, cuando se celebre
el referéndum sobre esta cuestión, si estuviera vigente el TLC. La misma
perspectiva sobre el TLC podría condicionar las ansias independentistas de
Escocia (hoy muy moderadas), que debe celebrar un referéndum sobre esa materia
en 2014.
El TLC tendería a armonizar los sistemas
económico-sociales a ambos lados del Atlántico, y desde este punto de vista
modificaría, bajo formas que no se pueden predecir, estructuras y hábitos de
organización de la producción, y de distribución del producto social, propios
de dos sociedades que, aunque comparten muchos valores y rasgos culturales,
siguen siendo muy distintas, si no contradictorias.
Pero como predijo el presidente Obama en Praga, esto tampoco
lo veremos (al menos gran parte de nosotros) en lo que nos queda de vida. Pero,
quién sabe, tampoco Kennedy pensaba que fuera posible la caída del bloque
soviético, ni Reagan que iba a ser tarea tan fácil y barata.
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