Los gobiernos de Londres y Madrid
tienen otras prioridades
Publicado el
lunes 8 de abril de 2013 en Capital Madrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.– Las posibles salidas a las dos
crisis de secesión más candentes dentro de la Unión Europea, la de Cataluña en
España y la de Escocia en el Reino Unido, se hallan de momento metidas en
laberintos de difícil salida, debido a la confusión mental producida por el
choque de las respectivas opiniones independentistas, catalana o escocesa, con
la dura realidad de la crisis económica y el desconcierto europeo.
Mientras la unidad supraestatal europea por
excelencia, la UE, y su institución política de cabecera, el Consejo Europeo,
no dan la sensación de saber o querer ejercer el liderazgo necesario para
mantener la fe en el proyecto común, las unidades subestatales, esto es, los
gobiernos autonómicos de Edimburgo y Barcelona, y las opiniones públicas con
que éstos deben confrontarse, se hallan ante la amarga realidad de que las
pretensiones secesionistas de aquéllos no logran imponerse como agenda
prioritaria del Reino Unido o de España.
La agenda prioritaria a todos los niveles, en Europa,
es la crisis, y para los gobiernos de Londres y Madrid no hay en sus agendas
cosa más importante que la misma crisis. Sus gobiernos tienen las competencias
y recursos suficientes para aplacar las reivindicaciones nacionalistas con
concesiones compatibles con el catálogo de soluciones a la crisis, pero esas
concesiones sólo pueden ser, o no muy significativas, o incluso marginales,
permaneciendo ambos gobiernos en condiciones de frustrar las reivindicaciones
más extremas, como son sus respectivos proyectos independentistas. En este intento
contarán con la ayuda activa o subconsciente del instinto de conservación de
las opiniones y de los públicos respectivos.
De vuelta al pacto fiscal
Estas reflexiones vienen suscitadas, en cuanto a
Cataluña, por la "hipótesis" que el Centre d'Estudis d'Opinió ha
elaborado a partir de los resultados de las últimas elecciones autonómicas,
cruzados con el último barómetro del propio CEO ("La Vanguardia", 7
de abril). Combinando ese doble juego de consultas, resulta que la opinión se
inclina en un 49,7% por la independencia, pero un 71,8% se inclina por el pacto
fiscal con el estado. Esto es, por la no independencia.
Cuestión aparte es si el pacto fiscal con Cataluña es
viable o no, dado el peligro de que otras catorce comunidades autónomas se
alcen en armas contra cualquier nuevo privilegio fiscal para una región de
España, aparte de los ya logrados por el País Vasco y Navarra. No es probable
que el gobierno de Mariano Rajoy pueda sacar adelante semejante supuesto sin
una pérdida de muchos de sus apoyos regionales, a pesar de que el partido
popular catalán estaría dispuesto a dar un trato fiscal diferenciado a
Cataluña, con tal de conservar o mejorar sus señas de identidad catalanas.
Que la ofensiva nacionalista se halla actualmente
sujeta a las limitaciones económicas y fiscales del momento se observa en el
"impasse" en que parece hallarse el presidente de la Generalidad,
Artur Mas, quien hace una semana decía que "la situación financiera es de
emergencia y la del autogobierno de supervivencia". Lo que es más
significativo, también declaró que el pacto fiscal sigue siendo una opción,
cuando hace muy poco insistía en que éste ya no era una alternativa a la
independencia.
Esperanzas y espejismos en Escocia
En Escocia las limitaciones tienen características propias.
No en balde el soberanismo escocés está sobre la mesa por lo menos desde 2005.
Y no es un caso de "soberanitis aguda" como la declarada en Cataluña
el 11 de septiembre del pasado año. Los independentistas escoceses tienen sus
tareas más adelantadas. Ya han hecho consultas con la Unión Europea, con la
OTAN y con los Estados Unidos, por lo menos. Las opiniones recogidas hasta
ahora no son favorables a la independencia.
Además, los independentistas han hecho sus cálculos
económicos basados en unas expectativas que hoy serían consideradas un
peligroso espejismo: la explotación de los hidrocarburos de los mares que
rodean Escocia en provecho casi exclusivo.
Veamos algunos de los obstáculos que se alzan frente a
la independencia de Escocia.
La posición de la UE frente a este problema es
conocida. Tanto el presidente de la Comisión, Durao Barroso, como el del
Consejo, van Rompuy, han dejado claro que si Escocia se saliese del Reino Unido
debería solicitar su reingreso como estado independiente. En noviembre del
pasado año dos altos cargos del partido nacionalista escocés, Jim Sillars y
Gordon Wilson, acusaron al "first minister" Alex Salmond de dañar las
posibilidades del sí en el referéndum de independencia, previsto para el
próximo año, al minusvalorar ante el público los obstáculos previsibles en
Europa.
Un consejero jurídico de Salmond, Tom Mullins,
profesor de la universidad de Glasgow, sostiene la siguiente teoría: no existe
una disposición legal de los tratados que se oponga a que dos partes de un estado
miembro que deciden separarse puedan permanecer en la Unión. Esta pretensión,
como se habrá notado, es como pretender personarse ante las entidades soberanas
del mundo sacándose un duplicado de los instrumentos de legitimidad
internacional pertenecientes a otro estado.
Luego están consideraciones más profanas. Las
estadísticas del servicio de Gastos e Ingresos del gobierno británico
(2011-2012) afirman que la población escocesa goza del 9,3% del gasto público
británico, cuando su población representa sólo el 8,3%. También calcula en
cinco veces más la contribución que una Escocia independiente debería hacer al
presupuesto de la Unión, elevándolo a 550 millones de libras. Salmond tendría
difícil excusarse de esta mayor contribución al tesoro de la Unión, pues
siempre ha sostenido que una Escocia independiente sería uno de los países más
ricos de la Unión, como queriendo dar a entender que no sería una carga como
los pobres del Sur.
Una muestra de las limitaciones con que se encontraría
Escocia al momento de ejercer su soberanía queda de manifiesto en la voluntad
del futuro gobierno de negociar su unión monetaria con el Banco de Inglaterra.
Preguntado por qué el Banco de Inglaterra debería garantizar la política
monetaria de Escocia, el ministro de Hacienda escocés, John Swinney, adoptó el
mismo punto de vista de Salmond con respecto a la UE: el Banco de Inglaterra ya
es el banco central de Escocia. Extraña independencia. ¡Quieren seguir
compartiendo con otro soberano una institución que es epítome de soberanía!
Dejemos de lado las advertencias de portavoces de
grandes empresas instaladas en Escocia contra la independencia (predicciones de
Martin Beck, de Capital Economics), y vayamos al punto fuerte (por lo menos
hasta hace bien poco) de la racionalidad económica de la separación: el
disfrute de las rentas del petróleo y del gas del mar del Norte.
Los hidrocarburos propios reportaron al Reino Unido
10.600 millones de libras en el año fiscal 2011-12. Si esos recursos fueran
exclusivos de Escocia, sostiene Salmond, en los cinco primeros años habría un
ingreso de 50.000 millones de libras, un bonito fondo de independencia. Ocurre,
sin embargo, que su producción ha empezado a declinar y es improbable que se
localicen nuevas áreas en aguas escocesas. También está el problema del reparto
de las aguas territoriales, precisamente en una zona de gran importancia
geopolítica para una potencia naval y militar como el Reino Unido.
Como muestra de que el gobierno independentista
escocés está dispuesto a allanarse lo que sea necesario para lograr la
independencia está su cambio de posición sobre la OTAN. Hasta hace poco Salmond
rechazaba la continuidad de Escocia en la Alianza. En una reciente visita a
Nueva York, en la que se encontró, al parecer confidencialmente, con funcionarios
del gobierno norteamericano, el "first minister" anunció que había
cambiado de política y que Escocia podría continuar en la OTAN con tal de que
en su territorio no se almacenase armamento nuclear. Clara alusión a la base de
submarinos estratégicos que el Reino Unido tiene en las costas escocesas.
Como se ve, la situación de los independentismos de
Europa occidental no sólo es laberíntica, también es todo lo flexible que sea
necesario.