Mientras, arden las
hogueras en Plaza Taksim
Publicado el 13 de junio de 2013 en
capitalmadrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.- El humo de las hogueras
encendidas en la Plaza Taksim de Estambul por los revoltosos, y el de los botes
de gas de la policía, llevan dos semanas ocultando a la opinión interna e
internacional los problemas reales de Turquía. Estos son dos, y los dos son
graves.
El primero es que las negociaciones para el ingreso
de Turquía en la Unión Europea están tan estancadas que no sería extraño que
los turcos desesperen de ellas y que abandonen el proyecto de unir esta nación,
mayoritariamente de religión y cultura musulmanas, a una organización de
naciones culturalmente cristianas.
El segundo es que Turquía está perdiendo Siria en
favor de Irán. Hace tres años, la Turquía del primer ministro Erdogan era uno
de los pocos países, aparte de Rusia, con influencia sobre Damasco. Hoy Erdogan
no sólo es visto como un enemigo por el régimen de Bachar el-Assad sino que
Ánkara ha visto rota su ilusionada política exterior de “cero problemas con los
vecinos”, con la que esperaba restaurar su influencia histórica sobre esa
región del mundo..
Turquía declaraba hace pocos años no creer en las
ambiciones nucleares de Teherán, en contra del parecer de sus aliados
occidentales. Su proyecto diplomático consistía en mantener con Irán un
benevolente duopolio de hegemonías que permitiese mantener en paz una región
atravesada por la rivalidad sectaria entre chiitas y sunnitas. La guerra civil
de Siria ha roto este proyecto, y Teherán y Rusia ayudan a Damasco a aplastar
sus enemigos internos, mientras Turquía se ve reducida a sólo poder ofrecer
asilo a los opositores y refugiados del presidente sirio, al no recibir mas que
tibio respaldo político y militar de sus
aliados occidentales.
Las inquietudes de Turquía por causa de la crisis
siria son compartidas por Israel. Tamir Pardo, jefe del Mossad, el servicio
secreto israelí, se reunió el martes 10 de junio con su colega turco, Hakan
Fidan, para discutir el papel de Irán en Siria y acercar posiciones en relación
con la conferencia de paz a celebrar en julio próximo.
Europa ve con desconfianza
lo de la Plaza Taksim
El viernes de la pasada semana Erdogan dio voz a su
frustración con Europa, en una conferencia de Asuntos Ministeriales con la
Unión Europea. El primer ministro no se mordió la lengua: “Esperamos que los
que llevan las cuestiones del acceso de Turquía a la Unión hagan autocrítica”,
dijo. Para añadir: “la UE debe cesar de incumplir las promesas hechas a
Turquía. Turquía no es un país al que se le puede hacer esperar a la puerta”.
Erdogan se quejó amargamente del régimen de visados impuesto por la Unión a
Turquía: “un régimen que no existe en su acquis
legal”.
“La UE debe exponer honradamente por qué no ha
aceptado a Turquía. El público turco debe ser informado de por qué este proceso
toma tanto tiempo”, siguió quejándose el primer ministro. Sin embargo, Erdogan
reconoció que en algunos aspectos Turquía estaba en mejor situación con
respecto a la Unión que algunos países que pertenecen legalmente a ella. En el
plano de las expectativas económicas, sin duda tiene razón.
Los principales obstáculos a que Turquía concluya su
negociación con la Unión resultan de su conflicto político-territorial con
Chipre. Ánkara reconoce y protege la República Turca del Norte de Chipre, que
para la Unión es sólo una región secesionista de Chipre. El descubrimiento de
importantes yacimientos de gas en el Mediterráneo oriental crea un potencial de
conflictos sobre las jurisdicciones marítimas y la plataforma continental,
entre Turquía, Chipre y la República Turca de Chipre, que la Unión Europea no
está en condiciones de mediar.
La violencia policial contra los acampados en Plaza Taksim,
ejercida con variados grados de intensidad según los días, fue objeto de duras
críticas en una sesión del parlamento europeo el pasado miércoles, donde se
oyeron voces en favor de dar un portazo a las negociaciones de ingreso de
Turquía en la UE.
Consciente de su techo de cristal ante Europa, el
primer ministro turco salió este miércoles 12 a colocar un cortafuego: convocó
a un grupo de representantes de la cultura, del periodismo y de la universidad,
y justificó su iniciativa de remodelar el parque Gezi, adjunto a la plaza, y
que ha servido de excusa para el movimiento de protesta. Esa remodelación,
recordó Erdogan, había estado incluida en su programa electoral; otras reformas
en la vecindad de la plaza, como la construcción del hotel Sheraton, y la de la
universidad Koç habían supuesto la tala de miles de árboles sin provocar un solo
tumulto.
Disidencia sí, vuelta a la
tortilla no
Es evidente que un movimiento popular que ha reunido
numerosas veces entre 5.000 y 10.000 personas en casi todas las ciudades del
país, no responde a una causa tan marginal como la tala de unos pocos árboles
en un pequeño parque.
El movimiento debe verse principalmente como un
choque cultural, en torno a símbolos. El proyecto de Gezi comprende la
construcción de un edificio de apariencia militar otomana, destinada a galería
comercial, y una mezquita. La acción sobre el parque Gezi sigue pocas semanas
después de una ley que restringe el consumo y venta de alcohol. Estas
iniciativas son percibidas por una amplia capa de la población como atentados
contra el legado laico y nacionalista que inspiró la naturaleza del régimen
constitucional desde los tiempos lejanos del fundador de la moderna Turquía,
Kemal Atatürk.
Es sintomático que las manifestaciones que han
acompañado a los choques con la policía han estado nutridas tanto por la
juventud como por militantes del partido popular republicano, de tradición laica
y kemalista. Pero esto no lo explica todo.
En los tres últimos años Erdogan y el gobierno del
partido Justicia y Desarrollo (AKP, sus siglas en turco) han infligido duros
reveses a dos de los más firmes soportes de la tradición kemalista: la
judicatura y los militares. Para mayor agravio contra estos dos colectivos,
Erdogan tiene en marcha conversaciones con Ocalan, el líder del Partido Kurdo
de los Trabajadores (PKK), el movimiento independentista autor, a lo largo de
muchos años, de innumerables actos de terrorismo y de la muerte de incontable
número de soldados. Erdogan lleva tiempo negociando con una rama democrática de
los kurdos (el partido Paz y Democracia)
la devolución de derechos políticos y lingüísticos a esa minoría. Cualquier
intento de pacificación por esta vía negociadora quizás exigiera el retorno a
territorio turco de gran número de guerrilleros del PKK, refugiados
principalmente en el norte de Iraq y Siria, una idea de la que los republicanos
abominan.
Otro motivo de descontento con Erdogan en amplias
capas de la población, incluso en su propio partido, es el proyecto de
convertir el régimen constitucional turco, de república parlamentaria a
presidencialista. Con Erdogan como jefe de estado, por supuesto, después de que
una nueva mayoría parlamentaria vote una constitución que permitiera a Erdogan
presentarse a la presidencia.
Otra fuente de oposición a las ambiciones políticas
de Erdogan es el movimiento Gulen, una nutrida organización de inspiración
religiosa pero de observancia estrictamente civil, que en el pasado dio su
apoyo a Erdogan y que hoy desconfía de sus ambiciosos proyectos. Un periódico
portavoz de este movimiento, Zamam, ha criticado duramente la conducción de la
crisis de Plaza Taksim.
La comunidad de negocios, que invariablemente ha
estado detrás de Erdogan porque le ha asegurado muchos años de estabilidad
económica, que ha permitido un desarrollo acelerado del país, empieza a tener
sus inquietudes. El CEO del Garanti Bank, Ergun Ozen, ha expresado su apoyo a
los manifestantes de Taksim.
Sin embargo, todos esos hechos constatables deben
ser contrastados con otros no menos contrastables: la gran popularidad de
Erdogan en las capas tradicionales y piadosas de la población, que siguen
siendo la mayoría, y sobre todo en el interior de Anatolia.
Desde esta perspectiva, los acontecimientos de Plaza
Taksim son representativos de algunos cambios, y buen material para los
telediarios. Pero desde luego no dan para una revolución o siquiera, como se
decía antes, para anunciar una “vuelta a la tortilla”.