Hay un peligro latente de que
Alemania se desentienda
Publicado el
lunes 15 de abril de 2013
Antonio Sánchez-Gijón.– La retórica anti-austeridad
vigente hasta ahora se está transformando en esa retórica anti-Merkel que
empieza a recorrer Europa. Cuánto tiempo tardará esa retórica en convertirse en
anti-alemana lo sabremos sólo después de septiembre próximo si, como es previsible,
la Sra. Merkel y sus cristiano-demócratas ganan las elecciones generales. Desde
ese momento la canciller estaría en condiciones de cambiar su metodología
contra la crisis económica de Europa - que hoy consiste en imponer rigurosos
controles del gasto y duras medidas de austeridad a unos estados inmersos en
sus particulares crisis de deuda y productividad - a otra metodología que
permita enfocar la suma de los problemas de todos en conjunto, bajo el prisma
de la gobernabilidad del euro, al servicio de la productividad y la eficiencia
global del mercado único.
Que ésa es la metodología correcta resulta evidente si
ponemos la vista, por ejemplo, en los casos de Italia y España. Aunque a estos
dos países no se les han aplicado (por ahora) las más extremas medidas de
recorte del gasto y de intervención en sus sistemas bancarios y fiscales (como
sí se ha hecho con Grecia, Portugal y Chipre), los organismos de la Unión
perciben en la tercera y la cuarta economías de la eurozona no sólo problemas
fiscales, económicos y de productividad, sino una disfuncionalidad que afecta a
aspectos de naturaleza constitucional, y que en parte parecen por ahora
insanables.Cojamos el caso de Italia. Mes y medio después de las últimas elecciones generales, el país no ha logrado formar un gobierno que refleje el resultado electoral, y probablemente no lo hará aún en varias semanas, si es que no acabarán siendo necesarias nuevas elecciones. ¿Cómo es posible en estos momentos asegurar que llegado septiembre se darán la sintonía y el acuerdo necesarios entre Roma y Berlín para abordar la crisis del euro desde una perspectiva institucional europea? Es imposible. En esas condiciones, un canciller alemán no puede hacer otra cosa que marcar el paso sobre su propio terreno, hasta que Italia tenga un gobierno con su futuro asegurado y que esté al mismo tiempo comprometido con las reformas.
En España, crisis por arriba y por abajo
Cojamos ahora el caso de España. Tiene un gobierno estable con casi tres años por delante, pero por arriba y por abajo todo es inestabilidad, inseguridad y desafíos al status quo político-constitucional. El vicepresidente económico de la Unión lanzó hace pocos días una advertencia sobre la pérdida de ritmo en el programa de reformas exigido al gobierno y formalmente adoptado por él. Vemos cómo la crisis social derivada de la económica se está doblando rápidamente en otra institucional. Por arriba, la creciente puesta en cuestión del modo en que el rey ejerce sus funciones, que se traslada a la de la utilidad de la institución monárquica, y por abajo los actos y amenazas de insumisión de las autoridades subestatales de Cataluña, con su desafío soberanista y el desmarque fiscal respecto de todas las otras autonomías.
Se suma a todo lo anterior "la creatividad" legislativa de la Junta de Andalucía, destinada a interferir en el debate de la reforma de la ley de Desahucios, por el Congreso, con una medida de supuesta protección social que no hace sino agravar el síndrome de dependencia que tiene gran parte de la sociedad andaluza respecto de los recursos públicos. O la baja capacidad de reforma de los sindicatos, como demuestra la enésima reelección de Cándido Méndez como secretario general de UGT, o la implicación de los sindicatos en el desvío de fondos destinados a los expedientes de regulación de empleo, de Andalucía.
Por no hablar de que todos los cuerpos políticos del país están bajo la sospecha de que la corrupción forma parte integral e inseparable del sistema. Es decir, que el sistema, tal como está estructurado, no podría funcionar sin la corrupción.
No olvidemos el caso de Francia, cuyas finanzas públicas y pujanza económica están siendo cuestionadas, y donde empieza a ser demasiado evidente que el presidente Hollande no está en condiciones de servir de contrapeso a la canciller Merkel.
Y no dejemos en el tintero la imposibilidad, por lo menos hasta ahora, de contener los déficits públicos en varios países, o de aumentar la solvencia y liquidez de varios sistemas financieros nacionales.
Todo ello ocurre mientras crece lo que se ha dado en llamar la "austeriy fatigue" en la periferia europea (Nouriel Roubini). En el norte europeo se quejan de otro tipo de fatiga: de tener que salir repetidamente a cortar otra crisis del Sur, imponer recortes a los otros y poner dinero para "salvarlos de sí mismos", según no se recatan de alegar.
Cuando un nuevo canciller alemán esté libre, sin ataduras interiores, de contemplar posibles medidas para atacar los problemas del euro y la eurozona, lo más probable es que no encuentre socios de gran envergadura (Francia, Italia, España) que puedan sincronizarse para darles un tratamiento global y cooperativo, en un plano institucional y funcional superiores.
Por ejemplo, las sucesivas crisis bancarias en países
del sur muestran lo ilusorio de querer lograr en uno, dos o tres años los
eurobonos que, según esperan, devolverían competitividad a sus economías. El
temor de Francia a un choque con Alemania en esta cuestión hace que los
eurobonos no figuren en la programación económica de Hollande
Versatilidad geopolítica de Alemani
La urgencia de alcanzar la convergencia interestatal
dentro del euro queda subrayada por el aumento en el número de voces internas
que hablan en favor de que Francia y Alemania salgan del euro. Un partido, Alternativa
para Alemania, acaba de nacer con ese propósito, alegando que "el euro
divide Europa". Una forma más templada de ese mismo fenómeno se observa en
las estridentes llamadas del partido socialista y de los sindicatos españoles a
romper los compromisos ya contraídos por el gobierno en orden a la superación
de la crisis
El problema de la diacronía político-institucional de
la eurozona consiste en que donde no hay una integración en marcha prenden las
fuerzas de desintegración. Estas fuerzas están siempre latentes como tentación
en Alemania, y al acecho de una oportunidad para salir a la luz. Téngase en
cuenta que hoy día Berlín no sigue la orientación atlanticista de la mayor
parte de Europa occidental. Alemania se opone a la integración de nuevos países
en la Alianza Atlántica. Se negó a participar en la acción armada europea sobre
Libia. No quiere obstáculos a su relación desembarazada con Rusia. No pone
ninguna condicionalidad a sus relaciones con China, al contrario de lo que
hacen los Estados Unidos
Existe una versatilidad geopolítica a disposición de
Berlín, de la que están privados los países con riberas sobre el Atlántico o el
Mediterráneo. Lo que no reciba de Europa Occidental, siempre puede encontrarlo
en el Este. Y desde luego Europa occidental, al menos la del euro, no está en
estos momentos en condiciones de ofrecer ni seguridad ni confianza, ni a
Alemania ni dentro de ella misma.
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