El lunes próximo se
empieza formar un movimiento popular por la independencia
Publicado el 2 de mayo del 2013 en capitalmadrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.- Durante esta semana el
gobierno de la Generalidad de Cataluña se ha preparado para subir otro peldaño
de su escalada soberanista. Espera poner el pie en ese peldaño el próximo
lunes, cuando el govern y todas las
fuerzas políticas catalanas, excepto el partido popular y Ciutadans, se reúnan con las instituciones de base (diputaciones,
ayuntamientos) para abrir el proceso soberanista a la sociedad civil.
Se pretende que sean las asociaciones de orientación
nacionalista (culturales, cívicas, económicas, deportivas y probablemente
también religiosas) las que asuman a partir de ahora el protagonismo y
dinamicen el proceso. Se espera suscitar de ese modo la aparición de un irresistible
frente de fuerzas populares, que venza la resistencia del gobierno español a que
se convoque un referéndum soberanista.
La entrada de esas fuerzas probablemente trasladará
el discurso nacionalista, de su actual dialéctica en pro del derecho a decidir,
a otra por el derecho a la (y la exigencia de) independencia. Se formulará así
un desafío total al estado español, ya que una consecuencia de la independencia
sería privar a ese estado de una parte sustancial de los atributos materiales y
jurídicos de que está dotado hoy día: territorio, población, economía, posición
geopolítica respecto de Europa, soberanía, etc.
Como todo conflicto capaz de traer consecuencias de
gran alcance, en éste hay que examinar dos factores capaces de determinar su
desarrollo y resolución. Primero está la geografía física y humana del escenario
del conflicto. La segunda cuestión se plantea en estos términos: con qué
estrategia se propone el liderazgo nacionalista alcanzar el objetivo marcado.
Este último aspecto quedará para otro
día.
Geopolítica y desarrollo histórico
Las geografías física y humana son los dos
ingredientes con los que se elaboran las especulaciones geopolíticas. Éstas
ponen a prueba su validez recurriendo a métodos propios de las ciencias
históricas. Podremos hablar de una geopolítica catalana en tanto que se dé una
historia catalana. La clave siempre estará en cómo comprendamos y expliquemos
(o nos expliquen) la historia de Cataluña.
Ningún grupo humano logra el ideal de su plenitud
geopolítica. Las geopolíticas particulares de los grupos nacionales o regionales
de Europa no pueden concebirse separadas de las geopolíticas de los pueblos contiguos,
o incluso de la de los lejanos. No puede hablarse de historia catalana sin
contemplar la historia de España, o la historia de España sin contemplar la
historia de la Península Ibérica. O la de la Península Ibérica sin contemplar
la geopolítica europea.
La Península constituye uno de los marcos geopolíticos
más definidos de Europa, gracias a la fuerte impronta de su geografía: se trata
de un territorio entre mares, separado del continente situado al norte por una
muralla natural, y del continente situado al sur por un foso no menos natural.
Jaume Vicens Vives, el autor por excelencia de la
escuela geopolítica de la historiografía española, nunca intentó explicar una
geopolítica de Cataluña diferenciada de la española, aunque siempre insistió en
los rasgos culturales con proyección eficaz sobre las condiciones geopolíticas
en que se formaron y desarrollaron el pueblo y la sociedad catalanas, dentro de
la Península y de España.
La suma de los intercambios y roces entre las
agrupaciones humanas de menor complejidad geopolítica determina la aparición de
formaciones geopolíticas superiores. Por ejemplo, los estados señoriales y sus
micro-geopolíticas, dan paso al estado propiedad de un rey, que es defendido en
sus fronteras por fortalezas reales. Esta configuración, a su vez, cede el paso
a una estructura geopolítica integrada por agrupaciones dinásticas, cuya
formulación diplomática es la búsqueda del equilibrio de poderes. La
Ilustración y el Romanticismo abren paso al sistema de estados nacionales, cuya
expresión diplomática es la formación de alianzas con vistas a resolver por
medio de la guerra la cuestión de la supremacía continental.
Es decir, todo agente internacional vive bajo una
tensión geopolítica que cambia muchos de los presupuestos de su misma
existencia como entidad viable y soberana. La idea de que la Europa de hoy,
unida casi en su totalidad dentro de la Unión Europea, ha superado sus
históricas tensiones geopolíticas va en contra de la experiencia de la
historia. Las tensiones de antaño se han atiplado hoy día bajo una pila de
consensos y tratados, pero siguen latentes bajo la especie de intereses
económicos contrapuestos o contarios. No estamos aún seguros de si el proyecto
europeo de unidad saldrá indemne, o no, de la actual crisis.
Rasgos geopolíticos de
España
Volvamos a los fundamentos históricos. La
destrucción del estado visigótico por la invasión árabe pulverizó la unidad
geopolítica heredada del imperio romano. Esa unidad sólo pudo restaurarse
después de un largo proceso, casi milenario, que culminó en la unión de reinos
bajo una misma dinastía, con dos fases: la unión entre las coronas de Castilla
y Aragón primero, y entre las de España y Portugal después. La primera de
esas configuraciones de España contó con
el apoyo firme de la Cristiandad, es decir, de Europa.
Corroborando la tesis de que no hay geopolíticas
aisladas y permanentes, ni siquiera para un gran reino asentado en un espacio
geográficamente muy distintivo y bien demarcado, la ruptura de la geopolítica
ibérica (tras la unión de las coronas de España y Portugal) se debió a las
presiones y constricciones de la emergente geopolítica continental, cuya
directriz principal era la de evitar la emergencia de un poder hegemónico
asentado sobre cualquier porción significativa de la geografía europea. Es en
este contexto donde Cataluña se vio arrastrada a la competición geopolítica
entre grandes reino. Los dos intentos de encontrar un destino geopolítico
distinto del del resto de España acabaron en fracaso, primero al entregarse al
joven Luis XIV (mediados del XVII) y después al oponerse a los designios de ese
mismo Luis XIV sobre el sistema de estados europeos (guerra de Sucesión
Española, a comienzos del XVIII).
España sufrió, desde esta última época, sucesivas
mermas geopolíticas, que no hace falta siquiera mencionar a los españoles con
título de bachiller para que las tengan presentes. Pero aún no es una entidad
geopolítica inerte, insensible a pérdidas adicionales de sus capacidades
operativas como estado con una implantación multisecular en el sistema europeo.
Esto se comprende analizando la estructura geopolítica interna a España y a la
propia Península.
España se comunica por tierra con Europa (también lo
hace Portugal mediando el territorio español) a través de dos accesos
relativamente estrechos, que actúan como embudos de todo tipo de actividades: el
País Vasco y la parte nororiental de Cataluña, si descontamos algunos precarios
y accidentados pasos que cruzan los Pirineos.
Es decir, los tráficos de todo tipo con Europa que
interesan a casi cuarenta millones de españoles no vascos ni catalanes, así
como a todos los portugueses, tiene una dependencia (no absoluta, por supuesto,
pero muy significativa), respecto de unos territorios donde se asientan
poblaciones entre las que viven extensos grupos humanos que quieren separarse
de España, es decir, que en términos geopolíticos y jurídicos quieren tener
derecho a condicionar el acceso del resto de los españoles al continente
europeo (¿qué es un estado sino eso, conceder o negar el acceso a su
territorio?), por unas vías que han sido las tradicionales de la llegada a
España de los inputs europeos, y de la salida de sus mercancías y gentes al
ecúmene continental. Basta la simple mención de las calzadas romanas al este y
del Camino de Santiago al oeste, para ilustrar lo que se quiere decir. Por esas
franjas de comunicación llegó gran parte de lo que las sociedades peninsulares
necesitaron para formarse y para prosperar: lenguas, derecho, fe, técnicas,
comercio, ideas, guerra, paces, etc. Todo, absolutamente todo, transitando por
esas dos franjas de contacto físico entre España y el territorio de lo que hoy
es Francia.
No es una casualidad de la historia que los dos
movimientos nacionalistas (o separatistas) de España se hayan asentado a
caballo de esas precarias vías de acceso. Sus estrategias tienen raíces
históricas, y encuentran modelos e inspiración en el pasado. Tanto los señores
vascos como los condes de Barcelona labraron gran parte de sus bases de poder en
la España medieval sobre la función de gozne o puerta entre el resto de la Península
y la Europa al norte.
Esto se observa más nítidamente en el País Vasco que
en Cataluña, porque aquél se integró en el reino de Castilla desde comienzos
del siglo XIII. Los fueros son esencialmente el resultado de acuerdos entre los
reyes castellanos y el señor de Vizcaya para asegurar el tránsito de mercancías
y personas entre la meseta y el valle del Guadalquivir, por un lado, y el sur
de Francia, por otro, a cambio de exacciones fiscales sobre los tráficos. Sin
esos tráficos el interior de España no se hubiera desarrollado lo suficiente para
terminar la Reconquista y realizar sus grandes aventuras ultramarinas.
El estado borbónico redujo en gran medida la función
separadora/unidora que por derecho habían tenido durante siglos las dos
formaciones autóctonas a un extremo y otro de los Pirineos. Las guerras
carlistas reavivaron la nostalgia por las ventajas derivadas de la vieja función
separadora/unidora. En el caso del País Vasco, el final de los sucesivos
conflictos armados tuvo como precio la entronización constitucional de su
privilegio fiscal, es decir, un a modo de peaje para que las Vascongadas
mantuvieran abiertas y en paz los puntos de acceso fronterizo entre la masa del
territorio español y los centros de desarrollo técnico, mercantil y educativo
europeos, indispensables para el desarrollo económico de España.
En Cataluña, el régimen liberal favoreció su
desarrollo industrial y su rápida expansión en el resto del mercado español, y
no mucho más tarde produjo un florecimiento cultural, la Renaixença,
fuertemente teñido de una impronta modernizadora y españolista, que adquirió
enorme prestigio en el resto de España.
Lo que pasó después es cosa que no necesita mucho
recordatorio. Cada uno tendrá su opinión sobre por qué apareció en el País
Vasco un nacionalismo violento y en Cataluña un nacionalismo basado en la
hegemonía cultural y lingüística.
Separatismo de rico,
separatismo de pobre
El problema de la España actual se puede describir
acudiendo a relatos muy diferentes, pero uno imprescindible es el de la
sostenibilidad de los rasgos geopolíticos que le son necesarios para su
continuidad histórica como sociedad y como estado.
Hay, sin embargo, una forma de separatismo que no es
esencialmente nacionalista. Se caracteriza por reivindicar usos y derechos
políticos, sociales y económicos distintivos respecto de los del resto de la
sociedad. Por ejemplo, la Liga Norte, de Italia, es un movimiento separatista
no nacionalista, propio de región rica.
Andalucía está gobernada desde la reinstauración de
la democracia por fuerzas partidistas que, como consecuencia de sus políticas,
han dado lugar a que se produzca una brecha de desarrollo social y económico
con relación a la mayor parte del resto de España. La superación de la crisis
económica está lastrada por el deficiente impulso reformador de esta región,
que es la más populosa de España y también, potencialmente, una de las más
ricas.
Andalucía se caracteriza por un separatismo de
región pobre, debido a la empeñosa entrega y fidelidad de la mayoría de su
población a políticas que han demostrado ineficacia y nulo efecto redentor de
su histórico retraso económico y educativo, con relación al progreso registrado
en la mayoría de las regiones españolas.
La resistencia al cambio de la mayor parte de la
población andaluza, bajo el estupefaciente patronazgo de un gobierno y una
forma de gobernar invariables durante más de treinta años, denotan un alto
grado de inadecuación para responder a los desafíos que llueven sobre España,
bajo la presión del entorno geoeconómico europeo.
Así que entre los separatismos del norte y la
peculiar forma de separatismo socio-económico del sur, mantener España unida es
una tarea tan azarosa que no es extraño que sea ahora cuando uno de los
separatismos del norte, el catalán, se apresure a plantear desafíos que
considera que no podrán ser neutralizados o combatidos por una sociedad y un
gobierno españoles sumidos en una profunda crisis, que se manifiesta en la
superficie como crisis económica, pero que de forma subyacente es de naturaleza
político-social. Esto es, a la vez histórica y geopolítica.
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