La iniciativa contra el régimen de
Assad está pasando a las fuerzas extremistas
Publicado el
lunes 3 de junio de 2013 en capitalmadrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.– Las opiniones públicas de los
Estados Unidos y de Europa dieron suspiros de alivio cuando el presidente
Barack Obama hizo saber, hace dos años aproximadamente, que no iba a imponer
una prohibición de vuelos sobre Siria, al contrario de lo que había hecho
contra la Libia de Gadafi. Esta prohibición dejó en tierra la aviación del
régimen, a consecuencia de lo cual su ejército se mostró incapaz de aniquilar
los reductos rebeldes, lo que tuvo como resultado la caída del régimen y la muerte
del extravagante dictador. Gracias a esa medida, Libia aún mantiene la
esperanza de que en su territorio podrá consolidarse algún día un régimen
razonablemente democrático.
El suspiro de alivio por la decisión contraria del
presidente Obama para Siria puede estar convirtiéndose ya en profunda ansiedad.
Aumentan las señales de que el conflicto civil sirio se está transformando en
uno de tipo internacional, con alineamientos cada vez más definidos de los
países y agentes políticos de la región y el ancho mundo. Lleva tiempo
funcionando la alineación Irán-Siria con un brazo en las fuerzas políticas de
confesión chiita del Líbano, y frente a ésta una alineación de Arabia Saudí,
Qatar y Turquía con el apoyo de la diplomacia político-militar de algunos
países occidentales. Mientras la primera coalición tiene el respaldo
político-diplomático de Rusia, la segunda no cuenta con un apoyo similar de los
Estados Unidos.
Las dos coaliciones adversarias confían cada vez menos
en que la resolución del conflicto pueda ser conducida a una mesa de
negociaciones entre las fuerzas políticas sirias - las del gobierno y las de la
oposición armada - para hacer salir el régimen baasista del presidente al-Assad
y dar entrada a un régimen constituido mediante procedimientos democráticos.
Estas alineaciones internacionales se desdoblan a su
vez en otras de tipo sectario, que enfrentan a poblaciones chiitas y sunnitas,
cada una apoyada por ramas extremistas de sus respectivas fes: el movimiento
libanés Hezbolá y el iraní de los pashdarán del lado chiita, y el movimiento
de la Yihad Islámica, los salafistas y la organización al-Qaida, por el
lado sunnita. Hezbolá figura en la lista que bastantes países occidentales
tienen abiertas para agrupaciones consideradas terroristas, mientras que
al-Qaida figura invariablemente en todas ellas. Los militantes sunnitas,
sectarios o no, están recibiendo apoyo económico de países del Golfo opuestos
al régimen de al-Assad.
Trípoli, arrastrada al conflicto
Ya se ha producido el desbordamiento internacional del
conflicto por la vía del sectarismo. En efecto, en la ciudad libanesa de
Trípoli facciones chiitas y sunnitas, que durante años se han mantenido
vigilantes y armadas contra la otra, entraron en combate a mediados de mayo. La
paz del Líbano depende del equilibrio entre las dos sectas principales. El
ejército libanés no es enemigo para las milicias armadas de Hezbolá, y rehúye
la confrontación armada. Hezbolá tiene un stock de decenas de miles de misiles,
y dispone de decenas de miles de combatientes, bien entrenados y armados.
El desbordamiento del conflicto a Trípoli se debe a la
agitación de los sunnitas de la ciudad, ayudados por rebeldes sirios, como
venganza y operación de distracción en respuesta a la ayuda de las milicias de
Hezbolá al ejército sirio para poner sitio a la ciudad de Qusair, en manos de
los rebeldes desde hace varias semanas. Qusair se halla en el valle del
Orontes, a pocos quilómetros de la frontera con Líbano, y es clave para el
control de la populosa ciudad de Homs, la cual a su vez es clave para asegurar
las comunicaciones entre Damasco y Aleppo en el norte, más la región siria con
mayoría de población alauita, y vía de acceso al valle de la Bekaa, la
fortaleza tradicional del chiismo libanés y de Hezbolá.
Qusair, una población de 40.000 habitantes en tiempos
de paz, se ha quedado reducida a 30.000. La situación militar ya no les permite
escapar. Se estima que hay 1.500 heridos, la mayoría sin asistencia médica ni
recursos sanitarios.
La Cruz Roja internacional lanzó a finales de semana
un llamamiento a dejar salir a la población atrapada; un llamamiento suscrito
por el secretario general de las Naciones Unidas. Rusia acaba de oponerse a una
declaración de "preocupación" del consejo de seguridad por la
situación de Qusair. Este último fin de semana se consideraba inminente el
asalto del ejército sirio, ayudado por Hezbolá, para tomar la ciudad.
Si Qusair cayera en poder de las fuerzas leales al
régimen, es previsible que los combatientes que logren escapar se desplacen a
Líbano, para obligar a Hezbolá a retirarse de Siria.
Hezbolá está pagando un precio muy alto por su apoyo
al régimen sirio. Hasta ahora ha gozado de un prestigio inmenso en todo el
mundo árabe, chiita o sunnita, debido a sus éxitos tácticos y políticos sobre
Israel. Ahora Hezbolá es visto por la mayoría de los árabes como un aliado de
su enemigo secular, Irán, además de agente de la tiranía assadiana. Aunque el
líder del movimiento, Hassan Nasralá, describe su lucha en Siria como un
combate contra al-Qaida, todos saben que su intervención es una medida
desesperada para conservar el régimen de Damasco, que siempre le ha dado apoyo
y le ayuda a mantener su hegemonía en Líbano y armarse hasta los dientes para
contener a Israel.
Una actitud equívoca con dos lecturas
Del lado opuesto de la frontera sectaria, al-Qaida
trata de erigirse en portavoz de la ira sunnita, debido al hecho de que la
guerra civil ha producido 80.000 víctimas mortales, la casi totalidad civiles
de la mayoría oprimida, esto es, sunníes. Actualmente "al-Qaida en
Iraq", que en las últimas semanas ha conducido una campaña de terror que
ha causado 300 víctimas mortales iraquíes, intenta su fusión con los yihadistas
sirios en una "al-Qaida en Iraq y Siria".
Los intereses tácticos compartidos por las guerrillas
yihadista, salafista, y las de al-Qaida, pueden convertirse en el factor
determinante de la orientación que ha de tomar el movimiento anti-Assad. Los
Estados Unidos se excusan para no ayudar a los rebeldes por el temor a poner en
manos de esas fuerzas extremistas recursos militares que puedan volverse contra
Occidente, si llegan a ganar.
Los acontecimientos más recientes parecen demostrar la
hipótesis contraria: que es la falta de apoyo directo de Occidente a los
rebeldes lo que ha causado su debilitamiento militar, el cual está siendo
corregido por los extremistas.
Es muy probable que ese efecto se agudice en las
próximas semanas. El régimen sirio ha encendido los ánimos del mundo árabe por
la brutal represión, a primeros de mes, de las poblaciones de al-Baida y
Baniyas, recuperadas por el ejército. En lo que ha sido calificado como una
"masacre" se estima que perdieron la vida 200 hombres, mujeres y
niños. Baniyas está muy cerca de Tartus, donde Rusia dispone de una base naval,
la única que posee fuera de su territorio nacional. Rusia, pues, conoce
perfectamente de lo que es capaz el régimen al que apoya con municiones, armas,
créditos y cobertura diplomática.
El objetivo estratégico de Rusia llega más lejos que
lo que se juega en Siria. Moscú y Washington podrían fácilmente ponerse de
acuerdo en dejar caer a Assad después de una conferencia entre las fuerzas
moderadas del régimen y las de la oposición, pudiendo Rusia conservar la base
de Tartus, sus relaciones comerciales y asegurar el cobro de sus créditos. Pero
Rusia no está tan interesada en Siria (que es mucho) como lo está en conservar
intactos los intereses estratégicos de Irán, en cuanto son contrapuestos a los
de Occidente.
Una prueba de que el juego geopolítico podría ya estar
siendo sobrepasado por el conflicto sectario es el llamamiento efectuado el
pasado viernes por un conocido clérigo sunnita, jeque Yusef al-Caradawi,
egipcio asentado en Qatar, convocando a los fieles de todo el mundo a acudir en
defensa de Qusair y calificando a Hezbolá e Irán peores enemigos del Islam que
judíos y cristianos.
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