Gracias a una iniciativa del
presidente Napolitano y los auspicios del BCE
Publicado el
lunes 1 de abril de 2013 en Capital Madrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.– Italia, una vez más, ha
fracasado en su intento de salir de su crisis institucional. Y otra vez más se
ha salvado del precipicio por los pelos. El tirón hacia atrás se lo han dado
dos manos italianas: una desde Francfort y otra desde Roma. Este es el guión
del film.
Italia está sin gobierno desde hace un mes. Las
elecciones generales no produjeron una clara mayoría, y era necesario un
gobierno de coalición. El presidente Giorgio Napolitano termina su mandato a
mediados de abril. Previo a las elecciones, Napolitano había anunciado su
propósito de dimitir el 2 de abril para que su sucesor en el Quirinal fuese el
encargado de investir el nuevo gobierno que saliese elegido por las cámaras.
Las cámaras han sido incapaces de formar un gobierno
entre las tres facciones políticas dominantes: el Partido Democrático (PD) de
Luigi Bersani, el Pueblo de la Libertad (PdL) de Silvio Berlusconi y el
Movimiento Cinque Stelle (M5S), inspirado por el actor Beppe Grillo. Barsani,
vencedor en la cámara de diputados, no tiene el apoyo del senado. El PD se
niega a la coalición de gobierno con el PdL, y viceversa, y el M5S se declara
incompatible con el PD y con el PdL. La gobernación del país sigue en manos de
un gobierno interino y sin apoyo político, presidido por el también dimisionario
Mario Monti.
En esas circunstancias, ¿qué clase de país sería una
Italia sin gobierno y sin presidente a un mismo tiempo? ¿Quién hará frente en
Roma a la resaca de la crisis chipriota? ¿Cómo reaccionarán los mercados al
bloqueo de la situación política italiana una vez que retornen a la actividad
después del receso de Semana Santa?
El guion dice que quien quizás sea el italiano más
influyente del mundo, el gobernador del Banco Central Europeo, Mario Draghi,
intervino para sacar a Italia del dédalo en que estaba metida. Seguramente las
cosas no son tan lineales como las relatan los medios de comunicación
italianos, pero su lógica es igual de dramática. Draghi telefoneó el 30 de
marzo a Napolitano y le convenció de que su salida de la presidencia, sin
haberse resuelto el problema del gobierno, representaba un contratiempo de
resultados impredecibles, y se crearía alarma en las cancillerías europeas, que
dudarían de la capacidad de Italia de regirse por la normalidad democrática,
aún en unos tiempos económicamente tan agitados como los actuales.
Ni tiempo ni oxígeno
El sucesor de Napolitano, ante la imposibilidad de
investir al nuevo gobierno, se vería obligado a convocar elecciones. Y con las
elecciones, nueva tormenta fiduciaria sobre el país, ya que la debilidad del
cuerpo político italiano invitaría al contagio de la crisis chipriota. En
opinión del presidente de Confindustria, la patronal italiana, Giorgio Squinzi,
"estamos a las últimas, no hay ni tiempo ni oxígeno".
Napolitano respondió a la demanda de Draghi. Y de
mucha otra gente sensata, por supuesto. El presidente se dirigió, el 30 de
marzo, a los ciudadanos con una declaración en que puso énfasis en "la
gravedad y urgencia de los problemas del país". Confirmó que Monti seguía
al frente del ejecutivo; y añadió: "El gobierno debe adoptar medidas
urgentes para la economía, de acuerdo con la Unión Europea".
Angustiadamente confesó "las dificultades con las que me enfrento para
reafirmar mi confianza en la posibilidad de una superación responsable de la
situación por la que Italia está atravesando".
Lo que ofreció, sin embargo, no es sino un senderillo
que aleja a Italia del precipicio sólo unos metros: el presidente convocó y
formó una comisión de diez consejeros con el encargo de formular una propuesta
de bases políticas que deben inspirar al gobierno que se forme, y sobre las que
todas las fuerzas puedan estar de acuerdo.
Se trata de dos "grupos de sabios", según la
expresión de Napolitano, que deben presentar "propuestas programáticas
precisas que puedan ser compartidas, sobre temas de carácter económico e institucional".
Las propuestas más ansiadas serán las de carácter institucional. Con la actual
ley electoral, el presidente del consejo elegido por la cámara de diputados
puede ser rechazado por el senado.
Bersani ha empleado casi un mes en negociaciones infructuosas
para formar gobierno, tratando de sacar provecho al estrechísimo margen de
apoyo electoral obtenido por el PD sobre la coalición de centro derecha (0,4%).
Sin embargo, la mayoría de sus diputados son opuestos a una alianza con el
partido de Berlusconi. Este no es el hombre para estos tiempos: todos sospechan
que formar un gobierno con el PdL significa mistificar cualquier reforma
económica o política prometida en las elecciones.
El momento de la antipolítica
El M5S se preocupa más de la pureza de su programa
antisistema que de las amenazas a la prima de riesgo italiana sobre una deuda
de dos billones de euros. El movimiento no quiere actuar como un partido, y
declara querer cambiar el sistema. Grillo es incluso más preciso:
"Queremos destruirlo todo" (las estructuras políticas, claro), según
declaró la pasada semana a la BBC. Y prometió redención para los hábitos
políticos italianos en veinte o treinta años, aunque para ahora mismo ofreció
más redes de protección social.
Su comportamiento en la elección del presidente del
senado fue totalmente antipolítico: Bersani había propuesto un candidato
irreprochable por su integridad, pero los líderes del movimiento ordenaron
votar en blanco. Sólo la desobediencia de 12 senadores, que votaron al
candidato de la izquierda, impidió que la presidencia cayera en la persona de
un berlusconiano. El nuevo presidente del senado, Pietro Grasso, ve en
Napolitano "la garantía de estabilidad de las instituciones, para los
ciudadanos y para los mercados". La única de momento, quizás se le olvidó
decir.
No muy diferentes eran los elogios que se dirigían a
Mario Monti cuando fue elegido, hace más de un año, jefe del gobierno de
gestión tecnocrática que salvó a Italia por los pelos del ataque de los
mercados.
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