La crisis de Chipre, una chapuza sin
paliativos
Publicado el
jueves 28 de marzo de 2013
Antonio Sánchez-Gijón.– La Unión Europea, y más
específicamente la Eurozona, empiezan a ser percibidas como una experiencia
fallida o, en el mejor de los casos, un experimento tan condicionado por
problemas y contradicciones internas, que ya no sirve como modelo ni como
fuente de ayuda para los problemas de desarrollo de la mayor parte del mundo.
Las medidas tomadas en Bruselas y Nicosia el pasado
16, para hacer frente a la crisis chipriota mediante la puesta en cuestión, por
primera vez en la UE, de la garantía de los depósitos bancarios, ha sido vista
por muchas voces de la opinión a escala mundial, más como prueba de su
inadecuación institucional para sostener el proyecto europeo que como la
reparación de una "avería" de uno de sus miembros, que es a lo que
sin duda quería limitarse el Eurogrupo en su última reunión. De pronto se
pusieron de manifiesto dos cuestionamientos del proyecto europeo: su
legitimidad democrática y la calidad de su liderazgo.
Hay poco que añadir sobre la falta de legitimidad
democrática de lo dictado a Chipre en Bruselas. Sencillamente, ha equivalido a
repudiar el principio sobre el que se sostiene la legalidad de la industria
bancaria de ese país. El intento falló a la primera vez porque el parlamento
chipriota rechazó la medida y defendió el principio de legalidad, aunque de
todas formas debió "tragárselo", tal que un bando de guerra como, con
mucha sorna, lo han visto los rusos al compararlo con las expropiaciones y
confiscaciones de los bolcheviques cuando asaltaron el poder.
¿Es Alemania el centro del mundo?
En cuanto a la cuestión del liderazgo, hay que volver
la vista a Berlín. Alemania ha ido ganando una a una todas las batallas que ha
emprendido en pro de la rectitud presupuestaria, la contención y reducción de
los déficits, la reestructuración bancaria, la necesidad de tener instituciones
comunes antes de mutualizar los riesgos, etc. Todo, todo, ha sido admitido por
Europa, sobre todo la del Sur la cual, posiblemente, fuera la que más
necesitaba un buen "repaso" de todas esas asignaturas pendientes. Sin
embargo, nada ha servido hasta ahora para sacar a los países del euro de su
depresión económica y anímica. Es muy posible que aquélla sea la única
medicina, pero ello no refuta la aseveración sobre el liderazgo.
Liderazgo es convencer e inspirar. Italia se adentra
en la agudización de su crisis política sin que los gobernantes europeos le
convenzan de que debe atacar con mayor resolución las causas económicas de su
malestar social. Si lo sucedido en Chipre lo ponemos a escala italiana, la
crisis del euro y de la Unión bordeará la catástrofe. La Sra. Merkel, cuando
echaba una mano a los otros socios en situaciones críticas, se ganaba el
derecho a poner normas y condiciones. Hoy la canciller ha perdido visibilidad e
influencia, y hasta si se quiere inspiración, enfrascada como está en ganar las
elecciones de septiembre próximo. Quien no se cansa de predicar instituciones
comunes para todos no está ahora más que para sus intereses puramente
"nacionales". Y esto suscita la crítica del antiguo canciller Helmut
Schmidt: las instituciones alemanas actúan como si Alemania fuera el centro del
mundo.
El espacio de Merkel se ve ocupado con diversa (o
adversa) fortuna por algunos de sus ministros. El último, el de Hacienda, que
ha sucumbido al síndrome del "Niño Juanito": "Siempre ha sido
así - dijo recientemente Wolfgang Schäuble -. Es como en los colegios; cuando
tienes mejores resultados, otros con mayores dificultades se sienten un poco
celosos". Menos mal que no dijo "otros más torpes". En eso se ha
quedado esta temporada el liderazgo alemán: en pellizcos de monja. No todos han
perdido el oremus, sin embargo. El director del Fondo Europeo de
Estabilidad, Klaus Regling, ha puesto recientemente de relieve los avances
hechos por varios países en crisis, bajo sus planes de rescate, y ha dicho que
"no entiendo por qué este progreso no es percibido a veces en
Alemania".
Da la sensación de que la única figura de rango
europeo que sigue "de guardia" es Mario Draghi, gobernador del Banco
Central Europeo. Se le atribuye la presión decisiva para que Nicosia se plegara
al dictado del Consejo. Se ve que todavía goza del crédito que le da el hecho
de que bajo su mandato no se ha declarado aún ningún default de país.
Ahora le toca cumplir aquello del pasado verano: "créanme (lo que yo haga)
será suficiente". Pero también Draghi está a prueba: debe demostrar que lo
de Chipre no es una contradicción del principio - esencial a un mercado único -
de la libre circulación de capitales. Lo que a su vez remite a una circulación
"demasiado libre" de y hacia otros refugios fiscales asentados en el
seno mismo de la Unión, como Luxemburgo, o pegados a su riñón como
Liechtenstein.
Si Draghi esperaba alguna ayuda para sostener junto
con él el prestigio de la Unión por parte del nuevo presidente del consejo de
la Eurozona, Jeroen Diejsselbloem, el pasado día 25 se vio chasqueado. La
dificultad que este ministro holandés tiene para hacerse entender se ha puesto
en evidencia con la confusión en torno al uso que se le puede dar al modelo
chipriota: ¿template?, ¿blueprint? para otros países en
dificultades. Aun podemos estar maravillados de que no haya habido una carrera
a las cajas de los bancos por parte de los depositantes extracomunitarios,
aunque de todos modos su lapsus linguae se ha hecho notar en la prima de
riesgo y en las cotizaciones bancarias europeas.
Gran parte del mundo mira otros horizontes
Los años de crisis han debilitado a Europa como modelo
de desarrollo y como fuente de financiación para terceros países. Síntoma de
ello es la inauguración el miércoles 27 de la conferencia de los BRICS (Brasil,
Rusia, India, China, Sudáfrica), en Durban. Tratan de ponerse a sí mismos y a
una gran parte del mundo en desarrollo bajo la tutela de un organismo de ayuda
y coordinación financieras, que puede desplazar (o reemplazar según las
circunstancias) al Fondo Monetario Internacional, percibido por esos países y
muchos otros como centrado sólo en Occidente, y últimamente absorto en la
crisis europea.
En la medida en que este grupo de países
institucionalice su cooperación económica, su efecto se dejará sentir en las
relaciones de Europa con los Estados Unidos. Este país está saliendo de su
propia crisis sobre presupuestos contrarios a los reconocidos por Europa. Una
Europa inoperante reforzará el giro de Washington hacia Asia, adonde se ve
urgido a acudir si quiere que China no se alce como potencia dominante de
cualquier nueva institución multinacional. El desapego respecto de Europa se
siente también en las crecientes manifestaciones políticas y económicas en
Estados Unidos sobre la proximidad del gran despegue de México, y aún del
potencial de Argentina, además de Brasil.
Los países del norte de Europa, con Alemania a la
cabeza, están convencidos intelectualmente de que los sacrificios que se están
asumiendo son el precio de la redención. Los países del Sur ya no están tan
convencidos. De momento, sólo les sostiene la fe.
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