Se trata de una operación para
fortalecer a Rubalcaba y al socialismo europeo
Publicado el
jueves 27 de junio de 2013
Antonio Sánchez-Gijón.- El presidente del gobierno,
Mariano Rajoy, se presenta en el consejo europeo que comienza hoy en Bruselas
respaldado por el partido socialista español, en unos momentos en que los
compañeros ideológicos del PSOE en la presidencia y el gobierno de Francia se
hallan inmersos en una campaña ideológica contra el tipo de políticas que el
gobierno español ha seguido hasta ahora para salir de la crisis y recuperar la
senda del crecimiento.
Hasta ahora, esa política la había llevado a cabo el
gobierno español en estrecha colaboración y consulta con el gobierno alemán, siguiendo
las directrices de la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional, y
con la ayuda del Banco Central Europeo.
Bajo el pretexto de "una política de
estado", la declaración del 90% de los diputados del Congreso, aprobada
este pasado martes, respaldando que el gobierno solicite del consejo europeo la
modificación de algunas de las políticas de austeridad aplicadas hasta ahora a
la crisis, obedece a una estrategia diseñada, en sus líneas generales, por los
partidos socialistas de España y Francia.
Esta iniciativa empezó a diseñarse hace algo más de un
mes, y fue instrumentada por un diario de tirada nacional español, más un
instituto internacional (Berggruen, con intereses en el aludido periódico), con
dos objetivos: uno doméstico (sacar al secretario general del PSOE, Alfredo P.
Rubalcaba, de la sima de impopularidad en que se halla y detener la caída
en picado de la intención de votos del partido socialista), y otro
internacional (formar un frente europeo anti-austeridad, favorable al crecimiento
incondicionado y laxo con la deuda, y en última instancia opuesto a las
políticas de responsabilidad fiscal impulsadas por Alemania).
Este alineamiento se vio consagrado mediante la
coincidencia de los puntos de vista de Rajoy y el presidente Hollande,
expuestos en la conferencia celebrada en París bajo los auspicios de los ya
mencionados agentes sociales.
Barroso, cabeza de turco
La dirigencia política francesa se ha volcado en las
últimas semanas como un solo hombre a librar una batalla ideológica, dirigida
contra el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durâo Barroso quien,
según Claude Bartolone, presidente de la asamblea nacional francesa, representa
la "Europa del siglo XX, la de la libre circulación de mercancías y de
capitales, de la marcha forzada hacia la austeridad. Barroso - añadió - no
pertenece al siglo XXI, más protector, más preocupado por el crecimiento y el
empleo".
Menos circunspecto se ha mostrado el ministro de
Recuperación Productiva, Arnaud Montebourg, para quien Barroso "da
carburante al Frente Nacional", el partido de extrema derecha que no para
de subir en las encuestas. Esta idea la suscribe el ministro delegado para el
Consumo, Benoît Hamon, para quien Barroso "rompe el modelo social europeo
y contribuye a la desesperanza que conduce... al Frente Nacional".
Como suele ocurrir, debajo de los argumentos ad
hominem están las críticas a las instituciones, en este caso la Comisión
Europea. De forma más o menos directa, Hollande ha insistido en los últimos
tiempos en que su política de pensiones y el derecho de Francia a proteger lo
que llaman "excepcionalidad cultural francesa", no van a ser dictadas
desde Bruselas. Esta particular objeción puede ser un entorpecimiento en las negociaciones
con los Estados Unidos para firmar con la Unión un tratado de libre
comercio, ya que al otro lado del Atlántico se entiende como el intento de
poner cláusulas proteccionistas a sus productos audiovisuales.
Para ser justos, no es sólo una parte de la opinión
francesa o de la española las que se muestran reticentes o contrarias a las
políticas de contención del gasto como medio de superar la crisis de la deuda y
devolver la salud a las finanzas públicas y privadas. Gobiernos tanto
conservadores como socialistas de algunos otros países europeos abogan por la
pronta creación de estímulos al crecimiento, preferiblemente en la forma de
bonos del Banco Central Europeo, a lo que se opone terminantemente Alemania,
como quedó de manifiesto una vez más el pasado 23 de junio, al publicarse el
programa de la coalición demócrata-social cristiana (CDU-CSU) para las
elecciones generales de septiembre, una política que cuenta con el respaldo
incondicional del partido socialdemócrata.
Igual división entre Francia y Alemania se crea en
torno a la formación de un presupuesto particular para la eurozona, que la
primera apoya y la segunda, junto con muchos otros, rechaza. Idem en
relación con la idea de armonizar las políticas sociales de los miembros de la
eurozona, aunque ésta última se vea favorecida por la Comisión.
La cuestión de la productividad, divisoria ideológica
Aunque en Bruselas los jefes de estado y de gobierno
tratarán del funcionamiento del futuro mecanismo de supervisión bancaria, no
hay posibilidad alguna de que el consejo apruebe un plan de garantía de
depósitos, que es otro de los desiderata de los socialistas europeos. Es
posible, sin embargo, que se dé el visto bueno final al fondo de €60.000
millones para el rescate de bancos en crisis, que debe entrar en vigor el
próximo año.
En las preciosas pocas horas que los jefes de estado y
de gobierno de la eurozona pueden ocuparse de la crisis del euro, todo el
tiempo que se dedique a discutir de nuevos estímulos a la economía, como los
pocos fondos que se van a aprobar para un plan de empleo juvenil, no se emplea
en dar cuenta individualizada de esas reformas estructurales que la Comisión no
cesa de recomendar y, hasta donde puede, de exigir.
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