Una crisis
con efectos comparables a los de una guerra
Un cambio de modelo que precisa
nueva estructuras y principios políticos
Publicado el lunes 20 de agosto de 2012
Antonio Sánchez-Gijón.– Los conflictos armados y las
crisis económicas de las potencias industriales se manifiestan a través de
fenómenos materiales muy parecidos. En ambos casos, millones de hombres (en
menor medida mujeres) se ven apartados de modo violento del mercado laboral,
para marchar a los frentes en un caso e irse al paro en el otro. El empleo y el
aparato productivo que continúan en pie deben aplicarse, en la guerra, a
producir armamento, suministrar pertrechos a los combatientes y alimentar con
el mínimo vital a la población, y en las crisis económicas a mantener en pie la
arquitectura administrativa y funcional del Estado.
Además, debe asegurarse el mercado de los productos
esenciales para la población y, sobre todo, ayudar a la masa de trabajadores
ociosos a estar en disposición de volver al trabajo en cuanto se supere la
crisis, para lo cual lo primero es asegurarles medios de subsistencia mínimos
que les permitan llegar con moral y preparación suficientes a los nuevos
tiempos post-crisis.
A lo largo de la guerra o de la crisis las sociedades
cambian su percepción de muchos de los presupuestos ideológicos y sociales bajo
los que han vivido, ya que éstos se han mostrado inservibles, lo cual crea la
necesidad de introducir nuevas estructuras y principios políticos bajo los que
gobernarse. Es decir, la superación de una crisis de guerra o económica debería
ser seguida por una gran crisis de naturaleza política, que aflore nuevas
gentes y modos de hacer las cosas, y nuevos hábitos institucionales que la
mantengan sana.
Un ejemplo de lo que se quiere decir es el de Gran
Bretaña durante los últimos años de la segunda guerra mundial. El sobresfuerzo
humano impuesto a todas las clases sociales exigió reflexionar sobre el modo de
repartir las cargas y los beneficios de la reconstrucción postbélica, de la
forma más equitativa posible. El informe Beveridge para un sistema de seguridad
social y salud, defendido por el viceprimer ministro Clement Atlee ante el
gabinete de guerra presidido por el conservador Churchill, no pudo ser aplicado
mientras duró el conflicto, pero quedó sobrentendido que sería de aplicación
obligatoria cuando llegase la paz, como modo de compensar el esfuerzo de guerra
realizado por la población.
Churchill, que ya era el vencedor de la guerra, se
veía además apadrinando algunas de las reformas sociales propuestas por sus
temporales socios de gobierno laboristas. No se había dado cuenta de que las
bases ideológicas y los presupuestos sociales prevalentes en Gran Bretaña
habían caducado con el conflicto. Los conservadores perdieron las elecciones
del verano de 1945 porque fueron percibidos como guardianes de los privilegios
de clase, y ya no más como el grupo que había aportado lo principal del nervio
político para conducir y ganar la guerra. Entraba así en Europa la fuerza
política de la socialdemocracia y el mito del estado de bienestar, un rasgo
definitorio de la Europa contemporánea.
La financiación del estado de bienestar, a su vez,
sólo fue posible gracias al aumento de la productividad inducido por los avances
tecnológicos espoleados por la guerra. Las transformaciones no se presentaban
de forma desagregada (por un lado las políticas y sociales, de otro las de la
producción), sino inextricablemente unidas, simultáneas, con efectos recíprocos
y exponenciales.
El estado de bienestar, comprometido por la clase
política
Son cada vez más las opiniones que entre nosotros
analizan la crisis económica que padecemos en términos similares a los arriba
descritos. En España se ha formado un ejército de casi seis millones de parados
(como combatientes sustraídos a la producción), mientras que muchas
instituciones, a la manera de frentes de combate que se derrumban, se declaran
incapaces de cumplir las obligaciones hasta ahora contraídas. Ayer Valencia,
hoy Cataluña, luego Murcia, Andalucía al caer, etc. En el centro, la
administración del estado recortando los que todos consideraban derechos
adquiridos. Hay la sensación de un gran fracaso colectivo, producido o
contemplado con impotencia por una clase política revestida de privilegios, que
impide garantizar el estado de bienestar, el principal producto social de la
Europa de la postguerra.
España padece una "enfermedad
institucional", nos dice un profesor de la universidad de Gotemburgo
(Víctor Lapuente). Hay una politización de la administración, al tiempo que la
administración se presta interesadamente a servir de plataforma para las
carreras políticas. Esa politización es "una metástasis", dice otro
profesor (J. A. Gómez Yáñez): "Un ejército de individuos ha ido ocupando
las capas superiores de nuestras instituciones públicas, desde el CGPJ a las
cajas de ahorros, pasando por cualquier nivel administrativo, entidad, empresa
u organismo político o semipúblico" (El País, 15 de agosto 2012).
Los cuatro niveles de la administración pública
(estado, 17 comunidades, dos ciudades autónomas, 50 diputaciones provinciales,
casi 8.200 municipio) son un vivero de organismos autónomos dependientes
(administrativos, comerciales, públicos empresariales, entes público, entidades
gestoras, agencias, fundaciones, sociedades mercantiles, etc.), hasta un total
de 8.894, todos con sus nóminas de funcionarios y empleados públicos, sus
presupuestos, sus facultades para contratar y gastar, la mayoría opacos a la
intervención de cuentas (véase la estadística detallada en Libertad Digital, 19
de agosto 2012). Ni siquiera la Intervención General de la Junta de Andalucía
fue capaz de identificar o impedir el gasto de más de mil millones de euros en
los expedientes de regulación de empleo fraudulentos, ahora bajo investigación
judicial.
Como la vieja clase conservadora inglesa, nuestros
modernos partidos políticos mantienen espacios de privilegio para sus fieles:
pensiones, gages de residencia y transporte, asistencia de personal, sentando
malos ejemplos que son copiados por representantes de las instituciones: un
Síndic de Greuges catalán que se hace pagar cincuenta viajes internacionales en
dos años, un presidente del Supremo y del Poder Judicial que pasa sus fines de
semana de ocio a cuenta del erario público, diputados cuneros que residen en
Madrid y cobran dietas por desplazamiento desde las provincias representadas en
las que no residen, etc. Los 17.000 asesores de que se sirven ministros,
alcaldes, presidentes de comunidades, consejeros autonómicos, presidentes de
diputación diputados, senadores, etc., cuestan, según quien lo ha calculado,
€850 millones al año (Roberto Centeno, El Mundo, 29 de julio 2012).
El paralelismo entre guerra y crisis económica nos
enseña que, desde el punto de vista material, todo crecimiento futuro depende
del potencial de desarrollo inherente a las restructuraciones producidas por
necesidad, en los transcursos de una y de otra. Pero desde el punto de vista
político y moral, ese crecimiento no será posible, o será insuficiente, si no
se produce una renovación de los hábitos de la clase política, o aún mejor, la
desaparición de la idea de la política como algo que pertenece a una
"clase.
No hay comentarios:
Publicar un comentario