jueves, 23 de agosto de 2012


 
Nueva fase histórica en Egipto
Fin de la época creada por el nacionalismo de Nasser
Publicado el jueves 16 de agosto de 2012

Antonio Sánchez-Gijón.– El relevo, el pasado día 12, de la cúpula militar de Egipto por el presidente Mohamed Morsi pone fin a un ciclo histórico de Egipto, de casi sesenta años de duración, que va desde la caída de una monarquía caduca a un régimen nacionalista militarizado, el cual produjo explosiones revolucionarias en el mundo árabe, y acabó desgastándose a lo largo de un proceso en que vivió derrotas militares, alguna victoria parcial, algunos éxitos diplomáticos, y una larga decadencia de corrupción e inmovilismo.
Queda por ver si la aplastante victoria electoral de Morsi en las pasadas elecciones presidenciales abrirá un ciclo de mayor democracia y justicia social bajo el programa político-social de la Hermandad Musulmana. Los "hermanos" dicen inspirarse en el modelo democrático turco, y proponen un programa de intensas mejoras sociales.
La decisión de Morsi refuerza la legitimidad de su presidencia, puesto que con ese relevo muestra que no está hipotecado a los que han venido ostentando el poder constitucional mientras ha durado la transición entre el régimen del depuesto presidente Mubarak y su recién instituido mandato popular. Eso no quiere decir necesariamente que el alto mando militar ha sufrido una derrota política o psicológica.
Los militares seguirán estando en el centro de las decisiones cruciales en varias esferas de los intereses nacionales de Egipto: su cooperación con algunos de los fines estratégicos de los Estados Unidos en Oriente Medio, el armisticio permanente con Israel, el control de segmentos importantes de la economía (quizás más del 30% del PIB), y su papel de garante de la estabilidad interna.
Lo que se va sabiendo de esta sorpresiva medida de Morsi indica que el impulso para propiciar el relevo ha salido del propio seno de las fuerzas armadas, concretamente dentro de los segundos escalones del alto mando (véase el informe del servicio público de inteligencia Stratfor, del 13 de agosto). Si esto es así, es obligado pensar que los titulares del Consejo Supremo de las Fuerzas (CSFA) no opusieron resistencia, a pesar de que ninguno había dado muestras hasta entonces de poner en cuestión la continuidad de sus puestos en el Consejo y los ejércitos.
Ese segundo escalón de mandos es el de los generales que vieron bloqueadas sus promociones por la situación de crisis institucional nacional, y que han considerado que era llegada su hora de alcanzar el perfeccionamiento profesional de sus carreras mediante su acceso a las jefaturas del CSFA y al mando de los tres ejércitos. Desde este punto de vista, el relevo de la cúpula militar ha suscitado menos alarma o expectativas que el histórico relevo del general-presidente Naguib por el coronel Nasser, en 1954, en un verdadero "putsch" interno, y que abrió la puerta al nacionalismo revolucionario panárabe que está en el origen de varias guerras de Oriente Medio e incontables golpes de estado en casi todos los países árabes.
Los dos jefes superiores cesados, el presidente del Consejo y ministro de Defensa, mariscal Mohamed Tantawi, y el jefe del EM del ejército, general Sami Annan, lejos de irse al ostracismo han sido recompensados con los inocuos puestos de consejeros de la presidencia, pero los otros altos mandos han sido designados para puestos en principio muy influyentes: el ex-jefe del ejército del aire a la dirección de la industria de armamento, el de la marina a la presidencia de la Autoridad del Canal de Suez y el de la defensa aérea a la presidencia de la Organización Árabe para la Industrialización.
Las relaciones de poder entre el nuevo presidente y la nueva cúpula militar no están exentas, sin embargo, de trampas potenciales. No está claro si el presidente se excedió de su entendimiento con los militares cuando, al mismo tiempo, revocó recientes declaraciones constitucionales del CSFA, por las que éstas se autoinvistieron de jurisdicción sobre las instituciones del país en el curso de los tumultos que derribaron al presidente Mubarak y los periodos electorales para elegir el parlamento y la presidencia. Sigue todavía en el papel una asamblea constituyente que no pudo cumplir su tarea por impedimentos puestos por las fuerzas armadas. En la misma ronda de decisiones que la del relevo militar, Morsi declaró su derecho a nombrar una asamblea constituyente nueva.
Cambia el cuadro geopolítico de Oriente Próximo
El acomodo del presidente civil con el ejército no está asegurado, a pesar del consenso para el relevo de la cúpula militar. Cada nuevo paso normalizador seguramente será el fruto de negociaciones no exentas de tensiones. Mucho dependerá de la revisión de los intereses estratégicos de Egipto, a la vista de la aparición de la amenaza de los yihadistas internacionales en el Sinaí, que en la segunda semana de agosto realizaron una incursión contra el ejército en el norte de esa península que causó 16 bajas, seguidas de un ataque efímero contra Israel.
El Sinaí está prácticamente desmilitarizado, según obligaciones del acuerdo de Camp David de 1978, entre el primer ministro israelí Menachem Begin y el entonces presidente Sadat. Este acuerdo, así como el tratado de paz Egipto-Israel, es muy impopular en Egipto, y contrario al programa internacional de la Hermandad Musulmana. El 13 de agosto, un portavoz de Morsi, Mohamed Gadalá, declaró a la prensa que el presidente querría enmendar los acuerdos con Israel para ejercer la plena soberanía sobre Sinaí y estacionar fuerzas militares en su territorio.
Para llegar a un consenso sobre esa remilitarización habría que conciliar intereses con Israel y los Estados Unidos. En principio Israel no tiene por qué conceder este punto, a no ser que considere la instalación de fuerzas yihadistas en la casi desierta península una amenaza vital contra su territorio, en cuyo caso preferiría la presencia del ejército egipcio.
Los Estados Unidos, en el fondo garantes del tratado de paz, tienen en este deseo egipcio un instrumento de presión sobre el presidente Morsi y las fuerzas armadas egipcias, para que consoliden la institucionalización del régimen democrático, reduciendo aquéllas a su papel puramente militar y defensivo, y exigiendo a la Hermandad Musulmana mantenerse dentro de un programa político y social moderado. Para ello tiene un as en la mano: el programa de ayuda militar y al desarrollo, por $1.500 millones aproximadamente al año.
Desde el punto de vista de Israel, la oferta egipcia de controlar militarmente su propio territorio del Sinaí tiene la ventaja de que neutralizaría la ‘presente' amenaza yihadista, pero crearía una incertidumbre sobre la evolución política ‘futura' de Egipto bajo un gobierno de la Hermandad. Los ‘hermanos' no tienen ningún amor por Israel, y en su inmensa mayoría se solidarizan con los palestinos y Hamás. No obstante, el gobierno egipcio es consciente de que se halla bajo la doble caución de su ejército y, en gran medida, de la de los Estados Unidos.
La revolución siria añade una nueva incertidumbre a cualquier cálculo israelí sobre sus intereses diplomáticos y estratégicos. Jerusalén no avanza hacia la paz en el "frente" de la Palestina ocupada, y ve a Jordania bajo el peligro de ser desestabilizada por la crisis de Siria. La credibilidad de su repetida amenaza de atacar las instalaciones nucleares de Siria no ha hecho sino erosionarse en los últimos meses.
En resumen, la audaz maniobra de Morsi cierra un periodo histórico de Egipto y del mundo árabe, pero abre otro peligroso, aunque quizás también prometedor.

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