Publicado el 28 de junio 2012 en Capital Madrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.– Criticar la política que
Alemania impone o recomienda a Euro-Europa (elija Vd. el verbo de su
preferencia) es un tic característico de la izquierda europea. Ésta pasa por
alto que una gran concentración de factores de poder en manos de un agente del
sistema internacional como Alemania, sobre todo si se da acompañado de un
pronunciado salto de potencia en relación con vecinos menos poderosos, se
refleja inevitablemente en la proyección de ese poder. Los agentes
internacionales se mueven, y el movimiento supone una dirección, y un ritmo
deliberado del paso.
Esa proyección puede ejercerse por vías geopolíticas,
como hizo Alemania una vez en el siglo XIX y dos en el siglo pasado, o bien por
vías geoeconómicas, como se puso a hacer Alemania una vez que asimiló el coste
de la unificación de los dos estados en que estaba dividida. Alemania puede
imponer su modelo de Europa porque, si sus imperativos geoeconómicos no son
atendidos, está en condiciones de atenderlos de forma independiente.
La salida forzada de cualquier otro país europeo del
euro sería considerada por su sociedad como una catástrofe económica y
financiera. No así en Alemania. Su salida del euro permitiría conservar intacta
la independencia e influencia de su moneda histórica, el marco, que seguiría siendo
la más fuerte de Europa por estar respaldada por factores (de momento
insuperables) de tipo económico (productividad, desarrollo técnico, formación
científica y profesional, planta empresarial) y sociales (población, educación,
institucionalidad, etc.)
Una Alemania fuera del euro sufriría la tentación del
mercantilismo, y se prestaría, como hizo durante sus intentos previos de
afirmación geopolítica en Europa y en el mundo, a jugar el juego inestable del
equilibrio de poderes o, en el peor de los casos, lanzar un proyecto
hegemónico. Este juego, desde el auge del nacionalismo en el siglo XIX, fue
minando Europa progresivamente, hasta que la destruyó por completo a la tercera
partida. El más probable resultado de una cuarta edición sería, por lo menos, el
desplome de la Unión Europea.
Rusia estaría encantada de que sucediera tal cosa
porque ello podría posibilitar el sueño geopolítico de sus zares y del propio
Stalin, y el deseo inexpresado del presidente Putin: realizar con Alemania una
alianza bicontinental terrestre, opuesta geopolíticamente a la alianza marítima
encabezada por los Estados Unidos. Otras potencias situadas más a Occidente de
la Europa continental no mostrarían necesariamente mucho pesar por la
liquidación de la Unión Europea, cuya eurozona ofrece ahora un flanco abierto.
Este tipo de consideraciones, aunque de momento son puramente especulativas, no
por ello son menos racionales.
No son caprichos de Merkel
La izquierda europea considera las restricciones y
condicionantes impuestos por la canciller alemana al rescate de las economías
de varios países europeos como un intento de hegemonía, envuelto en
santurronería moral. Resiente que Alemania no se avenga a la devaluación del
euro como estímulo al crecimiento, y a la comunitarización de los déficits de
los diferentes estados. A lo primero se opone la planta empresarial alemana,
porque reforzaría la posición exportadora de sus competidores europeos. A lo
segundo se opone una población avejentada que teme por el valor de sus
pensiones y de sus fondos ahorrados laboriosamente. Por lo tanto, estos son
frenos políticos objetivos a lo que la señora Merkel podría o querría hacer.
Están también las restricciones institucionales. El
caso más reciente es el del Tribunal Constitucional alemán pidiendo al
presidente Joachim Gauck que no refrende el plan de rescate europeo de largo
plazo y el pacto fiscal europeo, una vez que sean aprobados por el Bundestag y
el Bundesrat, al objeto de que puedan ser examinados por esa alta instancia
constitucional. El TC es bien conocido por sus continuas advertencias sobre el
margen de maniobra negociadora de que puede disponer la cancillería.
Los mismos gobiernos estatales de la Federación
quieren que los costes de los rescates europeos en que pueda incurrir Alemania
no perjudiquen su posición fiscal o comprometan sus propios pactos fiscales,
que les obligan a equilibrar sus balances antes del 2020. Por lo tanto,
exigirán un riguroso escrutinio de lo que pueda concederse a otros países, en
términos de ayuda del Fondo de Estabilidad Monetaria.
El sentido de todas las reticencias alemanas respecto
de los planes de rescate es el temor a que todos los países del euro puedan
alcanzar el premio de una comunitarización del riesgo una vez que hayan
armonizado sus prácticas económicas, fiscales, laborales, etc., y logrado un
equilibrio de sus factores de competitividad. Esto es precisamente lo que
propone el documento que será presentado hoy por el "cuarteto
europeo" al Consejo que se celebra en Bruselas, y que contiene muchas de
las previsiones que permitirían a Europa articularse como un poder geoeconómico
de rango mundial, obviando así cualquier deriva unilateral alemana.
Largo camino hasta los eurobonos
Idealmente, lo propuesto en el documento (un
superministerio de Finanzas, control por éste de los gastos, déficits y
préstamos de cada estado miembro, por lo tanto la creación de un
"pool" de la deuda respaldado por todos: no otra cosa son los
eurobonos) sería un verdadero instrumento de la afirmación geoeconómica de Europa.
Lo malo es que este plan requiere un desarrollo plurianual, mientras arrecian
en el corto plazo las crisis bancarias, de la deuda, hasta de las instituciones
en algunos países del euro. Esta es la pinza temporal en que la Euro-Europa
está empantanada en estos momentos. Cojamos el caso de España.
Rescatar sus bancos, cumplir los plazos para la
contención de la deuda (que se acaban de poner en peligro por insuficiencia de
ingresos fiscales), armonizar las políticas de las comunidades, algunas de
ellas sumidas en la bancarrota, algunas también embarcadas en arriesgados
desafíos constitucionales, efectos todavía superficiales de las reformas
emprendidas (trabajo, sanidad, educación, etc.), todo eso no puede lograrse
sino en el curso de varios años. Y todo puede ponerse de nuevo en cuestión con
cualquier peripecia electoral. Lo mismo podemos decir de Italia, quizás también
de Francia, por no hablar de Grecia, Portugal, Chipre, etc. La misma Alemania
empieza a sentir la erosión de su economía por la debilidad de la demanda
europea: "se afianza el consenso entre los empresarios alemanes sobre que
las turbulencias del área euro han dañado ya sus perspectivas para la segunda
parte del 2012", declaró la pasada semana una fuente del Instituto de
Investigaciones de mercado Markit.
Por lo tanto. la crisis que embarga a Europa es algo
más que una crisis de una moneda que es común a la mayor parte de sus miembros.
Es una crisis de imperativos geoeconómicos, que se han de cumplir
inexorablemente, de una forma u otra. Con Alemania dentro o por Alemania fuera.
Con el euro o con el marco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario