El ejército consiente un 'hermano
musulmán' en la presidencia
Publicado el lunes 25 de junio de 2012
Antonio Sánchez-Gijón.– Mohamed Morsi se ha hecho con
la presidencia de Egipto. La ha conseguido porque se ha avenido a que el poder
siga en manos del ejército; por lo menos de momento. Morsi era el candidato a
la presidencia propuesto por el Hermandad Musulmana. La elección presidencial
se había celebrado el 17 de junio. El triunfo de Morsi fue proclamado por la
comisión electoral ayer 24 por la tarde, y le atribuyó el 51,73% de los votos,
frente al 48% de su contrincante, el anterior primer ministro del presidente
Mubarak, Amed Shafiq, patrocinado bajo cuerda por el ejército.
La Hermandad tiene ahora unos años por delante, bajo
la tutela del ejército, para moderar el imperativo religioso que siempre le ha
inspirado con la pretensión de hacer de Egipto una sociedad observante de los
mandamientos del Corán. Los militares se asegurarán de que el gobierno formado
por Morsi no altera ni el status quo internacional, incluido el tratado de paz
con Israel, ni el papel institucional que el ejército se dispone a darse a sí
mismo en una nueva constitución. La religión recibirá menciones de honor en la
nueva ley fundamental, pero Egipto seguirá siendo una de las sociedades menos
rigoristas del mundo árabe.
La proclamación de Morsi sólo ha sido posible por un
compromiso con el ejército, que durante las últimas semanas le ha mantenido
atrapado en la red de las prerrogativas constitucionales de los militares. Unas
prerrogativas, por otra parte, espurias porque el propio ejército se las ha
atribuido en medio de un vacío constitucional alentado por él mismo.
Una serie de disposiciones legales
La maniobra envolvente comenzó el 14 de junio, cuando
la sala constitucional del tribunal supremo (considerado favorable al ejército)
declaró que un tercio de los escaños del parlamento elegido en enero pasado
eran inválidos. El parlamento estaba dominado por la Hermandad Musulmana y su
aliado el partido salafista (extremistas religiosos). Después del
pronunciamiento del tribunal, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA)
dejó correr el rumor de que el parlamento podría ser disuelto, y la asamblea
constituyente puesta fuera del alcance de la Hermandad. De hecho, dado el vacío
constitucional existente desde la caída de Mubarak, el país está gobernado aún
por el poder fáctico del ejército.
El mismo día en que el Supremo emitió su sentencia,
emitió un decreto que cualificaba como candidato a la presidencia al ex-primer
ministro Shafiq, a quien el parlamento se proponía despojar de tal derecho como
antiguo funcionario de la dictadura de Mubarak.
Así que los militares podían confrontar a la Hermandad
por dos vías: la candidatura de Shafiq y, en caso de que éste no alcanzase la
presidencia, la disolución del parlamento. El mensaje fue inmediatamente
captado por al Mursi: al día siguiente de las sentencias, el candidato de la hermandad
declaró a la televisión que las acataba.
Así quedó abierto el camino para la elección
presidencial, celebrada el día 17, cuyo resultado fue imposible declarar de
modo inmediato porque los votos obtenidos por los dos candidatos estuvieron muy
próximos. Aunque Mursi se declaró unilateralmente vencedor, la comisión
electoral rechazo esta pretensión, y anunció que daría a conocer el resultado
el domingo 24, como así ha sido.
Para asegurarse bien las cosas, el CSFA emitió el
mismo día de la elección presidencial un decreto constitucional interino,
asumiendo todos los poderes legislativos y reforzando su papel en la formación
de la asamblea constitucional. El decreto establecía la inmunidad
jurisdiccional de las fuerzas armadas. Para remachar aún más las cosas, un
decreto emitido el lunes 18 por el jefe del CSFA, teniente general Tantawi,
restableció el Consejo Nacional de Seguridad.
Cancelada la alternativa de Shafiq, los militares
tienen ahora que obtener la aquiescencia de la Hermandad para que el proyecto
de nueva constitución recoja el papel de las fuerzas armadas como garante del
orden constitucional, así como la naturaleza autónoma de su poder. Pocos dudan
de que el presidente Musir y su gobierno se acomodarán al estrecho margen
constitucional que les dejan los militares, y se dedicarán principalmente a
administrar lo mejor que puedan los recursos del estado, mermados seriamente
por dieciocho meses de alteraciones sociales y políticas. Pero eso sí, sin
entrar en el imperio económico que las fuerzas armadas han construido para sí
mismas y como fuente de ingresos para el presupuesto de defensa.
Ganadores y perdedores
La reafirmación del poder militar en un medio político
formalmente más democrático que el del presidente Mubarak satisface a algunos y
disgusta a otros. Entre los aliviados por la imposibilidad de un triunfo
aplastante de los hermanos musulmanes están los coptos, así como las élites de
los negocios y gran parte del profesorado universitario. No faltan tampoco
entre ellos jóvenes laicos que participaron en las movilizaciones de la plaza
Tahrir.
Israel también puede soltar un suspiro de alivio. El
territorio israelí fue objeto del ataque de 55 misiles desde Gaza el pasado día
20, en lo que se interpretó como una provocación que pretendía suscitar una
respuesta brutal de Israel contra Gaza, que obligara a las fuerzas armadas
egipcias a responder militarmente. Es dudoso que Hamas fuera protagonista de
una maniobra tan burda, aunque desde luego Hamas desearía que Egipto dejara de
sostener el status quo diplomático con Jerusalén.
La revolución egipcia acaba de entrar en su Termidor.
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