lunes, 6 de agosto de 2012




Finlandia, celosa en extremo de su prosperidad
A propósito de las condiciones del crédito a la Banca española
Publicado el jueves 19 de julio de 2012 en capital Madrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.– El aval que España se ha visto obligada a depositar en favor de Finlandia para poder acceder a una línea de crédito a sus bancos por euros 100.000 millones, a cargo del Mecanismo Europeo de Estabilidad, prueba la existencia y reforzamiento de tendencias centrífugas dentro de la Unión europea, que tratan de contrarrestar de forma mecanicista la fuerza centrípeta ejercida principalmente por Alemania y dos o tres estados más, de los tenidos por fiscalmente "virtuosos". Aquí me ocuparé del caso de Finlandia, después de dedicar unas líneas a otra muestra de potenciales tendencias centrífugas dentro de la zona euro, que queda para cualquier otro día.
Aludo al extremo sur-oriental de la Unión, donde Grecia y Chipre (especialmente este último) son atraídos por las oportunidades que se les abren por el rápido cambio en la región del Levante mediterráneo, donde Rusia puede extenderles una financiación que Europa no está dispuesta a dar. Chipre, en particular, espera de Rusia no sólo financiación sino algún tipo de asociación estratégica que permita a esta última mantenerse como potencia mediterránea, caiga o no caiga la Siria de Assad, y a Limassol explotar sus derechos sobre el potencial petrolífero de aquella región con la ayuda rusa.
Pero volviendo al tema del crédito a España, lo que llama la atención de la actitud del gobierno de Helsinki es el modo de garantizar sus intereses. El gobierno es una coalición de seis partidos formada a mediados del 2011, y que debe cuidar su flanco derecho, donde ha surgido con fuerza el partido nacionalista Fineses Auténticos, que se opone a participar en los rescates.
Prenda en metálico
Los países grandes de la zona euro (por no hablar de los pequeños) confían, para este tipo de operaciones, en las estrictas garantías legales a que se comprometen los estados beneficiarios de los créditos, las ayudas, los rescates, etc. Exigir entre ellos el depósito de una "prenda en metálico" sería considerado, si no ofensivo, al menos fuera de los usos y prácticas de unas naciones soberanas que han formado parte, durante siglos, de un mismo y cerrado sistema de estados. Cada uno de los acuerdos con que daban fin a sus innumerables guerras confirmaba que, a pesar de las pérdidas y ganancias que cada uno pudiera alegar, las cuentas se saldaban mediante las obligaciones mutuas de un tratado internacional. Este sistema, además, reforzaba en la memoria de los diversos pueblos la conciencia de mutua dependencia. De ahí el rechazo a la idea de que cualquier estado europeo pueda salirse de la eurozona, o mucho menos que sea expulsado.
Finlandia no pertenece a esa tradición histórica. Durante los siglos XVIII y XIX, los de auge del sistema de estados territoriales europeos, era un principado del Imperio Ruso y formó parte de él hasta 1917, en que alcanzó la independencia. Esta independencia, entendida en el sentido de plena soberanía, se vio mediatizada desde 1948, cuando Rusia, con la que Finlandia había estado en guerra pocos años antes, le impuso la neutralidad, impidiéndole entrar en la órbita occidental de seguridad, esto es, en la Alianza Atlántica. Desde esa condición restrictiva, Finlandia pudo hacer una contribución fundamental a la paz entre los bloques militares, proponiendo y creando prácticas de coexistencia pacífica, basadas en exigentes criterios democráticos. Era el "espíritu de Helsinki", que comprometió a la Unión Soviética a asumir algunos de los estándares de comportamiento civilizado entre naciones y bloques, propios de la experiencia occidental.
Una prosperidad celosamente guardada
Mientras la voluntad de unión de los países occidentales de Europa se debió a causas tanto emocionales como racionales, las de Finlandia caen más bien del lado de la pura racionalidad. La pérdida de la estabilidad de sus relaciones con Rusia a causa de la disolución de la Unión Soviética, y su propia crisis económica a principios de los noventa, crearon una fuerte depresión en Finlandia. Entre 1990 y 1993 el PIB se contrajo un 10%; el desempleo pasó del 5 al 18%; la deuda exterior se cuadruplicó. El drástico plan de estabilización a que los sucesivos gobiernos sometieron la economía constituyen la misma receta que los finlandeses prescriben hoy a los países deficitarios del sur. A ellos esos planes les han reportado la prosperidad actual, con una renta per capita de más de 35.000 euros, déficits públicos bajo el 3% y deuda pública menor del 60%. También pueden alardear de éxitos tecnológicos de alcance mundial, y de un acreditado sistema educativo, así como de una ambiciosa industria nuclear.
Finlandia no se siente excesivamente dependiente de la UE para su desarrollo económico. El mercado único representa sólo el 30% de sus exportaciones. Otros socios comerciales importantes son los países nórdicos. En estos meses en que se observa un descenso de la actividad económica en la zona euro, sobre todo en Alemania, los fineses miran las boyantes finanzas de los otros países nórdicos, que cada vez atraen más capital a sus mercados de valores, sean bonos o moneda.
Otro polo de atracción del norte sobre Finlandia es el interés en contrarrestar las apetencias hegemónicas de Rusia sobre el Ártico. Finlandia se propone unirse al mecanismo de Cooperación Defensiva Nórdica, que se pondrá en vigor en 2015, junto con Dinamarca, Noruega e Islandia. Las fuerzas armadas finlandesas han realizado algunos ejercicios con fuerzas de la OTAN, lo que ha provocado la advertencia lanzada a primeros de junio por el jefe del estado mayor de la defensa rusa, Nikolai Makarov, sobre que una posible entrada de Finlandia en la Alianza sería considerada como una amenaza militar.
Finlandia, no obstante, mantiene unas cautas relaciones con Rusia. No en vano los dos países comparten una frontera de 1.300 km. Los rusos son 140 millones y los fineses sólo 5,4 millones. Las bravatas de Makarov no tiñen del todo el tono diplomático que Moscú y Helsinki quieren dar a sus relaciones. Hace pocos meses se inauguró el tren de alta velocidad Helsinki-San Petersburgo.
Las tensiones centro-periferia dentro de la Unión, y más aún dentro de la eurozona, son el resultado natural de una decisión, más emocional que racional, de mantener bajo un mismo patrón de unidad entidades nacionales que pertenecen a realidades geopolíticas diferentes y experiencias históricas contradictorias. La economía común sólo puede proporcionar la plataforma para intentar la unidad. La Unión, sin embargo, sólo es posible con voluntad política. Por ejemplo, la que mantiene a Grecia dentro del euro, a pesar de todo. La puntillosidad finlandesa sobre el crédito a España parece un particularismo, y quizás también sea un signo de las cosas por venir si se debilitan la cohesión económica y la voluntad de mantenerse unidos.

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