martes, 15 de mayo de 2012

Turquía, más ocupada con sus vecinos que con la Unión Europea


Francia no necesitará ejercer su veto gane quien gane la segunda vuelta
Publicado el lunes 23 de abril de 2012

Antonio Sánchez-Gijón.– Gane o no gane Nicolás Sarkozy la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, es poco probable que el próximo presidente tenga que decidir sobre la pretensión de Turquía de ingresar en la Unión Europea, que el todavía presidente ha rechazado siempre. El Gobierno de Ánkara se halla en estos momentos hasta el cuello de urgentes problemas geopolíticos. Lo que es más desconcertante, la solución de cualquiera de ellos está en contradicción con la solución de cualquier otro. Sortear los peligros de esta situación mantendrá a cualquier gobierno turco distraído de Europa durante bastantes años, y si al cabo de ellos logra componer el rompecabezas se encontrará con que ya no necesita a Europa para definir su lugar en el mundo.
Turquía vive todavía bajo una sensación de seguridad en sí misma, resultante de haber superado con éxito, hace menos de diez años, una crisis económica que recuerda mucho la actual de Europa. Siguieron unos años de espectacular desarrollo, y hoy ha entrado de lleno en la fase globalizada de su crecimiento económico, captando inversiones de los ricos estados petrolíferos del Golfo y de Estados Unidos y Europa, al tiempo que se convierte en un importante inversor en los estados árabes y exportador a éstos y a Europa Occidental.
Para preservar a Turquía de cualquier riesgo mientras se fortalecía económicamente, Ánkara adoptó una doctrina de política exterior definida por el ministro de Exteriores, Davutoglu, de cero problemas con los vecinos. Hoy Turquía tiene problemas con un buen número de ellos, pero no por haber adoptado políticas agresivas o intervencionistas, sino porque esos vecinos están sumidos en dos focos de inestabilidad sistémicos: por un lado, las revoluciones árabes, con su actual epicentro en Siria, y la presión internacional para que Irán abandone las partes de su programa energético que le puedan acercar a la posesión del arma nuclear.
Hace menos de cuatro años Turquía estaba en condiciones de mantener a un tiempo relaciones especialmente estrechas con Jerusalén y Damasco, y aparecía como un factor de moderación en el conflicto israelo-palestino. Hoy las relaciones con Israel están congeladas debido al tratamiento dado por este país a Gaza, y en relación con la Siria de al-Assad Ánkara busca nada menos que el cambio de régimen.
La más reciente ruptura de la política exterior turca se ha puesto de manifiesto con relación a Iraq, y tuvo su expresión diplomática el pasado jueves 19 de abril, cuando el primer ministro Tayip Erdogan acusó al presidente iraquí Nuri al-Maliki de sembrar la discordia entre los chiitas, sunitas y kurdos de Iraq. Hizo esta declaración con motivo de la visita a Ánkara del presidente de la región autónoma kurda del norte de Iraq, Masud Barzani, quien le está ayudando a controlar y calmar el conflicto interno con el Partido Kurdo de los Trabajadores (PKK), que busca la secesión del Kurdistán turco. Al mismo tiempo los kurdos iraquíes mantienen un conflicto de intereses sobre los planes de Bagdad de arabizar tierras del Kurdistán iraquí, aparte de disputas sobre el reparto de los beneficios del petróleo. Ánkara resiente el acercamiento creciente de Bagdad a Teherán, así como las tendencias autoritarias mostradas por el presidente iraquí, que también siembran la alarma en Washington. Al-Maliki dictó recientemente orden de arresto contra el vicepresidente Tariq al-Hashemi, el vicepresidente del gobierno Salé al-Mullaq y el ministro de Hacienda Rafi al-Issawi. Hashemi logró escapar a Turquía. Al-Mullaq había acusado recientemente a al-Maliki de "ser peor que Sadam Hussein".
La cuestión nuclear acabará por enfrentar a Ánkara y Teherán
Donde de forma más evidente la política de cero problemas ha mostrado su inefectividad es en la cuestión nuclear de Irán. Aunque no está probado al cien por cien que Teherán busca el arma nuclear, las dudas sobre ello erosionan la caución extendida siempre por Ánkara a favor de Irán, de que no creía en la existencia de un programa militar iraní. Aunque eso fuera cierto, Turquía no puede negar el efecto desestabilizador que las meras sospechas sobre ese programa crea en la región del Golfo y en general en el mundo árabe, así como la creación de un estado continuo de alerta militar y la política occidental de sanciones contra el régimen de los ayatolás. Ánkara, con todo, no quiere aún agotar el crédito a Irán sobre esta cuestión, y aunque sí aplica las sanciones dispuestas por las Naciones Unidas, no sigue las decididas por los Estados Unidos y Europa. Irán, además, trata de mantener a Turquía contenta con sus ataques al PKK en territorio iraní.
Hoy día Turquía e Irán se hallan en campos opuestos, al menos en el plano ideológico, y Ánkara más cerca de Washington con respecto a Siria y Bahrein por motivos geopolíticos. Teherán ha expresado profundo resentimiento por el hecho de que Erdogan, con ocasión de su visita a El Cairo, recomendó al partido islamista egipcio Justicia y Desarrollo adoptar un perfil secular.
Al confrontarse con Irán en Siria, Turquía ha caído en la cuenta de que su política conciliadora no le ha reportado el beneficio diplomático de poder influir sobre Siria como país contiguo que es, al tiempo que ve que Damasco concede vía libre a los cuerpos represivos iraníes en territorio sirio.
La pasividad turca en la cuestión nuclear iraní puede estar llegando a su término. Por un lado, Irán ha criticado la decisión turca de aceptar en su territorio la construcción de un radar del escudo antimisiles, concebido para defender a Occidente frente a cualquier amenaza nuclear procedente de Oriente. Por otro lado, Turquía ha decidido incluir la energía nuclear en sus planes de desarrollo, y para ello espera contar con la ayuda de los Estados Unidos. No es concebible que Ánkara obtenga el apoyo de Washington para ese fin, si sigue haciendo de abogado del diablo nuclear iraní.
Desde un punto de vista histórico, Turquía, en su encarnación del imperio otomano (por no remontarnos a Bizancio y aún antes) y Persia/Irán siempre fueron antagonistas geopolíticos. Es lo que pasa cuando dos estados fuertes y contiguos se hallan rodeados de estados menores a los que pueden alinear según sus intereses y por lo tanto son motivo de disputas. Si añadimos a esto que uno de ellos al menos mete en la balanza su alineación religiosa como factor de influencia, es inevitable que tarde o temprano surja la confrontación geopolítica. El "tirón" de Oriente Medio sobre Turquía puede que ya sea más fuerte que el tirón de Europa. Pero desde luego lo que no consentirá a Turquía es una política exterior "cero problemas".

No hay comentarios:

Publicar un comentario