Los socialistas europeos contienen
la respiración esperando un vuelco a la austeridad
Publicado el
miércoles 26 de abril de 2012
Antonio Sánchez-Gijón.– Tres hechos políticos
producidos en rápida sucesión han hecho surgir la esperanza en muchos pechos
europeos de izquierdas, y los de algunos populistas, de que por fin será
posible romper las ataduras de la austeridad que tienen amedrentados a
numerosos pueblos de la Unión y la euro-zona. El primero de ellos fue el
frenazo aplicado por las elecciones andaluzas del 29 de marzo a la hasta
entonces arrolladora derecha política española, y su secuela de la formación de
una coalición de izquierdas, formalizada hace dos días, para un gobierno regional
entre el partido socialista e Izquierda Unida.
El segundo fue el triunfo (relativo y provisional) del
candidato socialista François Hollande, en la reciente primera vuelta de las
elecciones presidenciales francesas, humillando al segundo más ferviente portavoz
de aquella temida política, el presidente Sarkozy, que en los dos últimos años
ha copatrocinado con la canciller alemana Angela Merkel las estrictas políticas
fiscales que frenan, inevitablemente, el crecimiento económico, hasta hace poco
basado, en parte, en contraer deudas públicas y privadas que están resultado
difícilmente reembolsables.
El tercero ha sido la crisis del gobierno de
centro-derecha holandés, anunciada el pasado lunes.
Esos tres hechos han hecho subir la fiebre
contestataria de la izquierda convencional y la extremista española, con
llamadas del PSOE a manifestar el descontento en la calle y con actos de
sabotaje (de momento blandos) en el metro de Madrid. No cabe esperar sino que
la fiebre reivindicativa contra la austeridad y los recortes presupuestarios se
propague por las ciudades españolas, en unos momentos en que los ojos de Europa
están puestos en España, como posible próxima ficha del dominó económico a
punto de caer.
La esperanza abrigada por la izquierda de capitalizar
el descontento europeo puede, sin embargo, ser sólo una ilusión. En la derrota
relativa del presidente Sarkozy ha tenido mucho que ver el descontento
populista y nacionalista, reflejado en el sorpresivo resultado del Frente
Nacional de Marie Le Pen, que ha detraído muchos votos de la derecha que en
circunstancias de bonanza económica hubieran ido a Sarkozy. El caso holandés es
aún más claro: el gobierno liderado por el liberal Mark Rutte ha caído por
haberle retirado la confianza el Partido por la Libertad, de Geert Wilders,
antieuropeo y acusado de tendencias xenófobas. Rutte se había distinguido por
su exigencia sin concesiones de que los países deficitarios dieran prioridad
absoluta a controlar y reducir sus deudas, en detrimento por ahora de cualquier
expectativa de expansión y crecimiento. Ha sido precisamente su decisión de
aplicarse el cuento lo que ha motivado su caída.
La ruptura del gobierno holandés tuvo su origen en el
plan de recortar en euros 14.000 millones el presupuesto del estado, y
pasar del 4,6% del déficit actual al 3% del PIB en un año, medida que también
se le exigió a España y que el gobierno del Sr. Rajoy logró dejar en 5,8% en
este año y 3% en 2013. Aunque el proyecto de presupuesto holandés debe ser
presentado a la Comisión Europea antes del 30 de abril, su aprobación
parlamentaria no puede darse por segura en estos momentos. No se espera que las
elecciones para un nuevo parlamento puedan celebrarse antes de septiembre.
Entretanto, Holanda deberá enfrentarse a una posible erosión de su prestigio
como nación solvente, merecedora de una confianza fiscal triple A, aunque ésta
se hallase ligeramente debilitada desde que, en 2009, dejó de cumplir el pacto
fiscal de la eurozona, de un máximo del 3%.
La izquierda sueña con Hollande
Por su parte, François Hollande ha comenzado a
maniobrar hacia el centro socio-económico, sin por ello definirse en exceso
respecto al pacto de estabilidad y otras obligaciones dentro de la euro-zona.
El manifiesto electoral que acaba de hacer llegar a todos y cada uno de los
hogares franceses denuncia la política de Sarkozy: "Durante cinco años
habéis sufrido las injusticias y los fracasos: explosión del paro, amputación
de vuestro poder adquisitivo, agravación del endeudamiento, abandono de la
escuela y del hospital, privilegios para algunos y sacrificios para los demás,
aumento de la violencia y olvido de la moral pública".
Cuánto de este argumentario puede ser suscrito por la
izquierda española es cuestión debatible, habida cuenta de que la situación en
que se encuentra España se ha producido a lo largo de siete años de mandatos
socialistas, de que la relativamente escasa violencia ha sido ejercida casi
exclusivamente por extremistas de izquierdas y de que el olvido de la moral
pública tiene culpables a derecha e izquierda.
Un triunfo de Hollande en Francia, el 6 de mayo,
pondría en riesgo los fundamentos de la política económica que se está
aplicando ahora en la euro-zona. El problema no es si el nuevo presidente
aplicará sus promesas electorales de rebajar la edad de jubilación, mantener la
semana laboral de 35 horas y contratar 60.000 profesores, propuestas todas
ellas con las que no habría diálogo posible con Angela Merkel. El problema más
bien es si estará en condiciones de suscribir el cumplimiento del pacto de estabilidad
y renunciar, como ya había hecho Sarkozy tácitamente, a la ampliación del
mecanismo europeo de estabilidad y a la utilización del Banco Central Europeo
como garante fiscal de los estados miembros. En ese caso, el Hollande
presidente correría el riesgo probable de que las agencias de calificación
degradasen la calificación de la deuda francesa, con su consiguiente
encarecimiento.
Naturalmente, Sarkozy puede renovar su mandato si
consigue parte sustancial de los votos de la derecha nacionalista y xenófoba.
El primer rasgo inclinaría, paradójicamente, a los votantes del Frente Nacional
a apoyar a Hollande, por su defensa a ultranza de los buenos viejos hábitos de
beneficios sociales, altos salarios, largas vacaciones y pensiones en plena
madurez vital, todo ello tan francés como el croissant. El segundo rasgo, el
xenófobo, inclinaría a ese votante a Sarkozy, que ha amagado con restringir
o suspender el Acuerdo Schengen de libre circulación de personas, y se ha
erigido en portavoz de la necesidad de que los inmigrantes se identifiquen con
la cultura y las costumbres de Francia.
Posible conjunción fatal de acontecimientos políticos
El 6 de mayo, fecha de la segunda vuelta de la
presidencial francesa, coincide con las elecciones parlamentarias de Grecia. Si
el resultado es adverso a la actual coalición de gobierno, que está aplicando
las férreas medidas de ajuste impuestas por Bruselas y Berlín, la
deslegitimación de la política de austeridad en la zona euro se agravaría. En
estos momentos seis países al menos se hallan en recesión: Grecia, Italia,
España, Bélgica, Holanda y la República Checa, y sólo tres tienen asegurada la
triple A: Alemania, Luxemburgo y Finlandia.
La conjunción de un triunfo de Hollande, una derrota
del gobierno griego y la imposibilidad de sacar adelante el presupuesto
holandés daría aliento y ánimos a todas las fuerzas de izquierda, ansiosas por
dar un fuerte correctivo a la política económica vigente en Europa. Los efectos
se verían en España en el crecimiento de la contestación social y tensiones con
algunas autonomías, particularmente Cataluña, que reclamaría más imperiosamente
el pago de la deuda que alega, y Andalucía, con el desahogado programa de
gobierno de la nueva junta, que promete la creación de un banco público, la
renta básica para todas las familias, un Instituto de Crédito Oficial con euros
1.500 millones, impuesto sobre actividades bancarias y, cómo no, la creación de
empleo público.
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