martes, 15 de mayo de 2012

Francia, cada vez más lejos del liderazgo de Europa compartido con Alemania

Publicado el 9 de abril de 2012 en Capital Madrid

Antonio Sánchez-Gijón.– Las palabras del ministro de Economía, Luis de Guindos, sobre que España podrá salir sola de la crisis han tenido un fuerte impacto en "les unes" de los principales medios de información franceses. Todos los interpretaron como lo que eran: una réplica a las palabras del presidente Sarkozy, días antes, sobre los peligros de contagio de la crisis española sobre Francia. Sarkozy había dicho: "La situación en que se encuentran hoy día nuestros amigos españoles, después de la que hemos conocido de nuestros amigos griegos, nos despierta a la realidad".
Con esas palabras, Sarkozy lanzaba dos indirectas de una tacada: a su contrincante en las elecciones presidenciales, François Hollande, para quien soltó esta lindeza: "el país (España) ha estado dirigido siete años por los socialistas", y al electorado francés, al que de forma muy perifrástica advertía de que Francia se halla en el umbral de una crisis no muy diferente de la española o la italiana.
Esa es una opinión que empieza a ganar terreno en los medios informados y expertos de toda Europa. La primera señal de alarma sonó en enero, cuando la deuda francesa sufrió la degradación de su triple A por parte de Standard&Poor's, dejando en el aire la advertencia de que no podía excluirse otra degradación más en 2012 o 2013.
A finales de marzo pasado fue el primer ministro italiano, Mario Monti, quien focalizó la atención europea sobre las responsabilidades de Francia (junto con las de Alemania) en el origen remoto de la crisis: fueron esos dos países los primeros en saltarse el pacto de estabilidad con que se apadrinó el lanzamiento del euro, y subieron durante algunos años su déficit público por encima del 3% comprometido, rechazando con fiereza la posibilidad de ser sancionados como les correspondía.
Es evidente que este pasar el cáliz de la culpa entre los gobernantes europeos no es bueno ni da credibilidad a los proyectos políticos comunes o confianza en el futuro del euro. En una Europa donde hoy por hoy se da una hegemonía de los gobiernos nacionales de derechas ha habido consenso en señalar a los gobiernos socialistas predecesores como responsables de la crisis, por sus políticas de gasto público para estimular la economía y gastos sociales para sostener las obligaciones del "estado de bienestar". Lo llamativo es que algunos empiezan a caer en la cuenta de que el gobierno de Francia no tiene a nadie a quien culpar, pues lleva gobernada por la derecha desde hace más de tres lustros, y que en ese tiempo París ha jugado un papel de co-líder de Europa, junto con Alemania.
Sarkozy y Hollande no cambiarán mucho las cosas
Mientras la crisis se propagaba en los llamados países de la periferia europea, el presidente francés parecía una fuerza moderadora sobre el rigorismo "luterano" de la canciller alemana. La actual campaña electoral francesa ha centrado la atención europea sobre la capacidad de Francia de mantener el co-liderazgo. Uno de los dos candidatos principales, el socialista François Hollande, parece haber renunciado a ese co-liderazgo al mantener en su programa electoral medidas tan anti-Merkel como la defensa a ultranza de la jornada laboral de 35 horas, retrotraer el retiro de los 62 a los 60 años para los que comenzaron a trabajar más jóvenes, y subir los impuestos a los grandes beneficios hasta el 75%. Ha prometido reformar el pacto de estabilidad haciéndolo más flexible, y defiende la emisión de eurobonos, idea que Berlín aborrece. Si ganase y sostuviese esos criterios, es difícil creer que bajo Hollande Europa, o al menos la euro-zona, pueda seguir siendo gobernada por el eje París-Berlín.
Tampoco cambiarían mucho las cosas con un triunfo de Sarkozy. El humo de las sucesivas (y aún no decisivas) batallas para la salvación del euro (Irlanda, Grecia, Portugal, Italia, España, etc.) no ha permitido hasta ahora focalizar bien la mirada sobre la capacidad francesa de liderazgo. Ahora empieza a poder hacerse.
La primera constatación recae sobre las diferencias de las economías de Francia y Alemania. Por un lado el tamaño (mucho mayor la alemana), por otro su estructura básica: la alemana orientada a la exportación, la francesa más orientada al consumo interno. Actualmente el crecimiento económico francés está prácticamente parado, el alemán en aumento. El desempleo alemán se halla al 5,5% y el francés al 8,5%; el desempleo juvenil francés al 24% y el alemán entre el 8 y el 10%. El gasto público francés se halla al 57% del PIB, mientras que la media de la OCDE se sitúa en el 43%. Según el candidato presidencial François Bayrou, líder del movimiento por la democracia MoDem, Francia se halla en un estado crítico. "Posiblemente sea el estado europeo más amenazado por una crisis profunda".
Ni siquiera la campaña presidencial de Sarkozy augura sintonía con Berlín. El presidente francés ha expuesto planes de expansión del gasto, estimados entre euros 10.000 y 15.000 millones; sin embargo, el servicio de la deuda (55.000 millones) absorberá casi el 10% de los ingresos del estado. Para cumplir con sus promesas anuncia un aumento de los impuestos de sociedades y de la renta. Lo que ha mantenido la unión Sarkzoy-Merkel es la voluntad de la canciller de no aparecer sola en el papel de Madre Pellizcos. Pero las tareas más antipáticas ya han sido ejecutadas.
Se abrirá un debate sobre modelos
Las elecciones francesas presidenciales se celebrarán a primera vuelta el 22 de abril, y a segunda vuelta el 6 de mayo; entre el 10 y el 17 de junio se celebrarán las elecciones parlamentarias generales. Es dudoso que unas y otras arrojen resultados que muestren que Francia ha cambiado su modelo de pacto social, basado en la defensa a ultranza de los beneficios sociales, una inclinación proteccionista de su industria y comercio y una disposición a mantener a cualquier costo los atributos sensibles de su rango histórico en el mundo. Todas ellas cosas a las que la prosaica y ahorrativa Merkel ha renunciado, con aplauso general de los alemanes.
Cualquier candidato presidencial que gane (a excepción quizás de Bayrou, pero es improbable que lo consiga) se abrazará al dogma de que la única salida de la crisis del euro es empezar por crear empleo; después vendrá todo lo demás: desarrollo pago de la deuda, etc. Es una filosofía político-económica opuesta a la practicada por Alemania desde que, hace unos años y bajo el gobierno del socialista Schroeder, se le dio un vuelco a las leyes laborales para hacer posible un reajuste del empleo, que supuso un drástico aumento de la productividad, por un lado, y la creación de recursos de flexibilidad laboral como los llamados "mini-jobs", por otro.
Nada de esto está en el espíritu del electorado francés. Para Xavier Timbou, del Observatorio Francés de Coyunturas Económicas, el orden de factores está claro: "Es ilusorio pensar que por una liberalización brutal se va a resolver, como por magia, el problema en que estamos metidos. Lo que necesitamos es la secuencia inversa: primero que nada salir de la crisis, después reducir las tasas de paro y después introducir eventuales reformas estructurales que puedan aumentar el potencial de crecimiento".
Si en los últimos años las dinámicas políticas y económicas de la zona euro han girado en torno al control de daños bajo el liderazgo de París y Berlín, podemos estar seguros de que a partir de las elecciones francesas la dinámica económica girará en torno al modelo de solución de la crisis: o empezar creando empleo para producir crecimiento, o producir las condiciones para el crecimiento antes de crear empleo.
La tensión dialéctica entre esas dos filosofía no puede ser sostenida en armonía por un hipotético nuevo eje París-Berlín.

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