Antonio Sánchez-Gijón.– Las palabras del ministro de
Economía, Luis de Guindos, sobre que España podrá salir sola de la crisis han
tenido un fuerte impacto en "les unes" de los principales medios de
información franceses. Todos los interpretaron como lo que eran: una réplica a
las palabras del presidente Sarkozy, días antes, sobre los peligros de contagio
de la crisis española sobre Francia. Sarkozy había dicho: "La situación en
que se encuentran hoy día nuestros amigos españoles, después de la que hemos
conocido de nuestros amigos griegos, nos despierta a la realidad".
Con esas palabras, Sarkozy lanzaba dos indirectas de
una tacada: a su contrincante en las elecciones presidenciales, François
Hollande, para quien soltó esta lindeza: "el país (España) ha estado
dirigido siete años por los socialistas", y al electorado francés, al que
de forma muy perifrástica advertía de que Francia se halla en el umbral de una
crisis no muy diferente de la española o la italiana.
Esa es una opinión que empieza a ganar terreno en los
medios informados y expertos de toda Europa. La primera señal de alarma sonó en
enero, cuando la deuda francesa sufrió la degradación de su triple A por parte
de Standard&Poor's, dejando en el aire la advertencia de que no podía
excluirse otra degradación más en 2012 o 2013.
A finales de marzo pasado fue el primer ministro
italiano, Mario Monti, quien focalizó la atención europea sobre las
responsabilidades de Francia (junto con las de Alemania) en el origen remoto de
la crisis: fueron esos dos países los primeros en saltarse el pacto de
estabilidad con que se apadrinó el lanzamiento del euro, y subieron durante
algunos años su déficit público por encima del 3% comprometido, rechazando con
fiereza la posibilidad de ser sancionados como les correspondía.
Es evidente que este pasar el cáliz de la culpa entre
los gobernantes europeos no es bueno ni da credibilidad a los proyectos
políticos comunes o confianza en el futuro del euro. En una Europa donde hoy
por hoy se da una hegemonía de los gobiernos nacionales de derechas ha habido
consenso en señalar a los gobiernos socialistas predecesores como responsables
de la crisis, por sus políticas de gasto público para estimular la economía y
gastos sociales para sostener las obligaciones del "estado de
bienestar". Lo llamativo es que algunos empiezan a caer en la cuenta de
que el gobierno de Francia no tiene a nadie a quien culpar, pues lleva
gobernada por la derecha desde hace más de tres lustros, y que en ese tiempo
París ha jugado un papel de co-líder de Europa, junto con Alemania.
Sarkozy y Hollande no cambiarán mucho las cosas
Mientras la crisis se propagaba en los llamados países
de la periferia europea, el presidente francés parecía una fuerza moderadora
sobre el rigorismo "luterano" de la canciller alemana. La actual
campaña electoral francesa ha centrado la atención europea sobre la capacidad
de Francia de mantener el co-liderazgo. Uno de los dos candidatos principales,
el socialista François Hollande, parece haber renunciado a ese co-liderazgo al
mantener en su programa electoral medidas tan anti-Merkel como la defensa a
ultranza de la jornada laboral de 35 horas, retrotraer el retiro de los 62 a
los 60 años para los que comenzaron a trabajar más jóvenes, y subir los
impuestos a los grandes beneficios hasta el 75%. Ha prometido reformar el pacto
de estabilidad haciéndolo más flexible, y defiende la emisión de eurobonos,
idea que Berlín aborrece. Si ganase y sostuviese esos criterios, es difícil
creer que bajo Hollande Europa, o al menos la euro-zona, pueda seguir siendo
gobernada por el eje París-Berlín.
Tampoco cambiarían mucho las cosas con un triunfo de
Sarkozy. El humo de las sucesivas (y aún no decisivas) batallas para la
salvación del euro (Irlanda, Grecia, Portugal, Italia, España, etc.) no ha
permitido hasta ahora focalizar bien la mirada sobre la capacidad francesa de
liderazgo. Ahora empieza a poder hacerse.
La primera constatación recae sobre las diferencias de
las economías de Francia y Alemania. Por un lado el tamaño (mucho mayor la
alemana), por otro su estructura básica: la alemana orientada a la exportación,
la francesa más orientada al consumo interno. Actualmente el crecimiento
económico francés está prácticamente parado, el alemán en aumento. El desempleo
alemán se halla al 5,5% y el francés al 8,5%; el desempleo juvenil francés al
24% y el alemán entre el 8 y el 10%. El gasto público francés se halla al 57%
del PIB, mientras que la media de la OCDE se sitúa en el 43%. Según el
candidato presidencial François Bayrou, líder del movimiento por la democracia
MoDem, Francia se halla en un estado crítico. "Posiblemente sea el estado
europeo más amenazado por una crisis profunda".
Ni siquiera la campaña presidencial de Sarkozy augura
sintonía con Berlín. El presidente francés ha expuesto planes de expansión del
gasto, estimados entre euros 10.000 y 15.000 millones; sin embargo, el servicio
de la deuda (55.000 millones) absorberá casi el 10% de los ingresos del estado.
Para cumplir con sus promesas anuncia un aumento de los impuestos de sociedades
y de la renta. Lo que ha mantenido la unión Sarkzoy-Merkel es la voluntad de la
canciller de no aparecer sola en el papel de Madre Pellizcos. Pero las tareas
más antipáticas ya han sido ejecutadas.
Se abrirá un debate sobre modelos
Las elecciones francesas presidenciales se celebrarán
a primera vuelta el 22 de abril, y a segunda vuelta el 6 de mayo; entre el 10 y
el 17 de junio se celebrarán las elecciones parlamentarias generales. Es dudoso
que unas y otras arrojen resultados que muestren que Francia ha cambiado su
modelo de pacto social, basado en la defensa a ultranza de los beneficios
sociales, una inclinación proteccionista de su industria y comercio y una
disposición a mantener a cualquier costo los atributos sensibles de su rango
histórico en el mundo. Todas ellas cosas a las que la prosaica y ahorrativa
Merkel ha renunciado, con aplauso general de los alemanes.
Cualquier candidato presidencial que gane (a excepción
quizás de Bayrou, pero es improbable que lo consiga) se abrazará al dogma de
que la única salida de la crisis del euro es empezar por crear empleo; después
vendrá todo lo demás: desarrollo pago de la deuda, etc. Es una filosofía
político-económica opuesta a la practicada por Alemania desde que, hace unos
años y bajo el gobierno del socialista Schroeder, se le dio un vuelco a las
leyes laborales para hacer posible un reajuste del empleo, que supuso un
drástico aumento de la productividad, por un lado, y la creación de recursos de
flexibilidad laboral como los llamados "mini-jobs", por otro.
Nada de esto está en el espíritu del electorado
francés. Para Xavier Timbou, del Observatorio Francés de Coyunturas Económicas,
el orden de factores está claro: "Es ilusorio pensar que por una
liberalización brutal se va a resolver, como por magia, el problema en que
estamos metidos. Lo que necesitamos es la secuencia inversa: primero que nada
salir de la crisis, después reducir las tasas de paro y después introducir
eventuales reformas estructurales que puedan aumentar el potencial de
crecimiento".
Si en los últimos años las dinámicas políticas y
económicas de la zona euro han girado en torno al control de daños bajo el
liderazgo de París y Berlín, podemos estar seguros de que a partir de las
elecciones francesas la dinámica económica girará en torno al modelo de
solución de la crisis: o empezar creando empleo para producir crecimiento, o
producir las condiciones para el crecimiento antes de crear empleo.
La tensión dialéctica entre esas dos filosofía no
puede ser sostenida en armonía por un hipotético nuevo eje París-Berlín.
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