martes, 15 de mayo de 2012

Detener el deterioro económico y político, tarea prioritaria del nuevo presidente de Francia


Es muy difícil que conserve la paridad con Alemania
Publicado el lunes 7 de mayo de 2012 en Capital Madrid

Antonio Sánchez-Gijón.– El presidente de la República que los franceses se han dado este domingo se verá obligado a introducir las reformas económicas, sociales e institucionales que Alemania llevó a cabo entre el 2003-2007, y los países mediterráneos emprendieron entre 2010 y 2012. En opinión del economista e historiador Nicolas Bavarez, Francia y Europa "deberán decidir en el curso de los próximos años reinventarse o salirse de la historia universal" (Le Monde, 6 de mayo). Las reformas de Alemania conllevaron una fuerte devaluación del costo de la unidad de trabajo: tomando 1999 como base 100, esos costos se habían reducido a 87 en 2011.
Con esto Alemania aumentó drásticamente su competitividad, lo que ha permitido a su economía crecer, crear empleo y producir excedentes comerciales y por cuenta corriente (euros 158.000 millones y 135.000 millones respectivamente en el último ejercicio). En ese tiempo la tasa de desempleo pasó del 12% al 6%. Y ha podido asumir el stress que causa sobre su imagen de solvencia el hecho de mantener en pie la arquitectura del euro, a pesar de las crisis de diversa naturaleza que aquejan a los países de la eurozona.
Durante este tiempo, Francia no realizó ninguna reforma significativa. Su producción se halla por debajo del nivel del 2007, su tasa de desempleo por encima de la alemana y sus bancos comprometidos con las deudas de otros países. Su déficit comercial alcanzó los euros 70.000 millones en 2011. Su deuda pública se espera que alcance el 90% del PIB en 2012. Para atenderla debe buscar en los mercados de capital euros 180.000 millones en 2012 y 200.000 en 2013. Su actual tasa de desempleo es del 10%. Es sabiduría convencional de los expertos que cuando un país pide dinero para sufragar sus gastos corrientes está indicando que ha entrado en crisis económica.
Pérdida global de la competitividad
Francia, sin embargo, ha logrado mantener su posición central en todas las grandes decisiones que han dado una nueva institucionalidad  al euro en los últimos dos o tres años. Este es un mérito que raramente se le ha reconocido al presidente Sarkozy, y que se explica por la influencia de que Francia goza en la arquitectura política de Europa, como contrapeso de una Alemania demasiado poderosa. Esta centralidad, esta vanidad si se quiere, ha sido perjudicial para la toma de conciencia de los franceses respecto de la pérdida global de competitividad de su economía. Es dudoso que pueda seguir manteniendo esa posición privilegiada si el gobierno no emprende el camino que muchos otros ya tomaron.
Se da por descontado que las reformas de los países mediterráneos tardarán mucho más en dar fruto que las alemanas. Pero para que lo logren es imprescindible que los países con economías mayores tiren de ellos con su demanda. Como básicamente el modo de que los países del sur salgan de su marasmo es a través de la devaluación de sus factores de producción (impedidos como están de recurrir a la devaluación de la moneda nacional, a la que renunciaron cuando aceptaron el euro), su principal esperanza de redención es que las economías grandes y las solventes tiren de la demanda de sus productos y servicios.
La fuerza de esta demanda está condicionada por la capacidad de producir una revaluación de los factores internos en otros países más saneados. Una vez más, Francia queda por detrás de Alemania a este respecto: mientras desde 2008/9 Alemania ha revaluado sus factores de producción 2,72%, Francia sólo lo ha hecho 1,87% (Paul de Grauwe, Center for European Policy Studies, 2 de mayo 2012).
Francia está recargada por un pesado sistema social que absorbe el 33% de la riqueza del país, y que no puede ser sufragado sin déficit para las cuentas del estado. El gasto público alcanza el 56,6% del PIB y los ingresos del fisco se llevan el 49% de la riqueza nacional. El saldo es sufragado por una deuda pública que crece, pero que no da para satisfacer las demandas de bienestar, especialmente las de los seis millones de franceses que viven descontentos en los suburbios de las grandes ciudades, con explosiones periódicas de violencia contestataria. Gran parte de esos problemas se originan en la dificultad de integrar plenamente más de cinco millones de inmigrantes, la mayoría de ellos musulmanes que se sienten excluidos de la promesa republicana.
El futuro de su influencia, en cuestión
Francia ha estado influyendo en Europa por encima de su peso específico durante el quinquenio presidencial de Sarkozy. Las razones económicas de  esto ya han sido mencionadas. Otras son de naturaleza histórica, como su influencia en muchos países del África Subsahariana. Otras son de naturaleza científica y tecnológica, con importantes empresas de rango global, en la autoindustria, la aeroespacial, la biotecnología, etc. Hay también razones geopolíticas. Una de ellas es el poderío militar francés, el mayor de Europa y que incluye el arma nuclear.
En esta esfera ha ocupado un terreno que Alemania no ha querido jugar; mejor dicho, del que Alemania no ha hecho sino retirarse. Este factor militar era también clave para asegurar un factor de equilibrio político con Gran Bretaña, a la que le une un tratado bilateral de fusión de muchos de sus recursos defensivos. Era y es también un factor de influencia en el seno de la OTAN, y por tanto de influencia suplementaria sobre Washington. Otro factor de influencia es la soberanía sobre un puñado de posesiones ultramarinas que le dotan de grandes zonas económicas marítimas exclusivas y bases para proyectar poder e influencia en el entorno.
Una pérdida de "punch" francés en Europa dejaría a Alemania más libre para imponer una interpretación restrictiva de la disciplina fiscal recientemente aceptada por los países de la euro-zona. Sin embargo, no puede haber comienzo de la recuperación económica de Francia si no se hacen explícitas las causas de su estancamiento. Reconocerlas producirá automáticamente una devaluación de su capacidad de influencia, pues ya no habrá razón para seguir pretendiendo que Francia tiene derecho a ponerse "au dessus de la mêlée" que afecta a tantos otros socios europeos, y autoridad para seguir refrendando las normas que promulga Berlín.
Lo paradójico, sin embargo, es que sin tomar una alta dosis de la medicina alemana que Sarkozy y Merkel han prescrito a los otros socios del euro, no será posible una recuperación de la salud económica de Francia. Si el paciente francés se niega a tomarla, entonces todos los socios del euro, incluida Francia, sufriremos una crisis aguda de euritis.

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