Publicado el 19 de diciembre de 2011
Antonio Sánchez-Gijón.- El viernes 16 de diciembre la Organización Internacional del Comercio abrió sus puertas a Rusia como su miembro no. 154. Moscú deberá ratificar su tratado de acceso en el plazo de 220 días, y 30 días después será miembro de pleno derecho. Ésta quiere ser una oportunidad de Rusia para abrirse al mundo a través de la competencia comercial.
Ese mismo día era asesinado en la capital de Dagestan, una de las provincias rusas del Norte del Cáucaso, Gadzimurad Kamalov, director del periódico local Chernovik, conocido por sus denuncias de la corrupción de las autoridades locales. Es el décimo octavo periodista asesinado por parecidas razones bajo los mandatos del ex–presidente y actual primer ministro ruso. Esta es una de las formas con las que los aparatos de seguridad del estado se aseguran de que Rusia no se abre a la libre competencia política y que ningún enemigo político abrirá una brecha en el duopolio del poder Putin-Medeved.
Aunque la industria y el comercio de Rusia se ahogan en un régimen legal corrupto y controlado por el poder, el pueblo ha dado muestras en las últimas semanas de no soportar más las manipulaciones del sistema sobre el juego político. Las manifestaciones contra los resultados electorales a la Duma (parlamento de la federación rusa), del 4 de este mes, se repiten a lo largo y ancho de las provincias rusas, desafiando el aparato de poder.
El significado de la entrada de Rusia en la OMC y el de las protestas contra Putin hay que verlas bajo la luz de la verdadera naturaleza e intenciones del régimen ruso. Examinaremos primero lo limitado del poder liberalizador de la pertenencia a la organización de comercio, para pasar luego al caso de las protestas populares.
Privatización bajo garantías para el Kremlin
El director general de la OMC, Pascal Lamy manifestó en el discurso de bienvenida a Rusia con qué ilusión recibe la comunidad internacional la iniciativa rusa: “El acuerdo que acabamos de adoptar es el resultado de un duro trabajo técnico, conducido por un liderazgo político modernizador”. Y añadió: “El resultado permitirá a Rusia integrarse más firmemente en la economía mundial y hacer de ella un lugar más atractivo para los negocios”.
Pero veamos la “ilusionante” iniciativa a la luz de la pasada historia económica de Rusia y el control que sobre ella ha ejercido desde siempre el Kremlin. Hasta el 2010 Rusia llevó a cabo una política económica de cierre al exterior; expulsó a gran parte de las empresas extranjeras que tenían una posición sólida o dominante en muchos sectores de la producción; recuperó para el gobierno sectores industriales que habían sido privatizados por el presidente Yeltsin. Apresó y juzgó, o envió al exilio, a los más notables y poderosos nuevos capitalistas. La figura emblemática es Fedor Jodorkovsky, el multimillonario que lleva ocho años en la cárcel por no haber querido vender sus activos al estado.
Hoy el gobierno se halla en pleno control de los sectores clave. Con ellos en un puño, el pasado año el gobierno lanzó a bombo y platillo un plan de modernización de la economía y de privatización de la empresa. En teoría las reglas de la OMC no permiten al gobierno seleccionar los posibles concursantes a hacerse con empresas rusas más que por criterios objetivos y abiertos a la competencia, pero la OMC ya tiene en su seno a la segunda economía del mundo, China, que combina la actividad empresarial abierta al capital privado con el estricto control de las políticas industriales dictadas o permitidas por el gobierno. Lo que es más, el sector económico ruso más productivo, los hidrocarburos, escapan al régimen de la OMC, y es del petróleo y el gas de donde el gobierno saca para mantener aplacada a la población, cubriendo sus necesidades más básicas.
La crisis del euro, sin embargo, no proporciona el clima más favorable para que los capitales europeos busquen negocios en Rusia. En primer lugar por las escasas ganas de arriesgar capital fuera, cuando las empresas europeas se enfrentan a una posible recesión, y en segundo lugar por el alto coste de instalación de negocios en Rusia (cohechos, pleitos legales, etc.) Esto deja a Rusia más dependiente de las transacciones comerciales con los países del antiguo bloque soviético que, también a causa de la crisis del euro, no tienen esperanzas de una integración de sus economías con la de la Unión Europea, y por otra parte no están fuertemente capitalizados.
Una “fachada Potemkin” detrás de otra
Entrando en el tema político, el régimen no se halla tan conmocionado por las protestas continuas contra la alegada manipulación de las elecciones, como por el hecho de que, a pesar de esa manipulación, el partido de Putin, Rusia Unida, no ha podido apuntarse más que el 46,5% de los votos, catorce o quince puntos menos que en las últimas elecciones. En Moscú, el resultado fue menos del 30%, y en el mismo colegio electoral de Putin fue de 23,7%.
Esto es muy alarmante para el primer ministro, que pretende presentarse a las elecciones presidenciales de marzo próximo. Ante la protesta creciente en las calles de muchas ciudades rusas, Putin se ha puesto al frente de la procesión: ha anunciado que permitirá la celebración de una manifestación en vísperas de Navidad. Su mano de derecha, Vladislav Surkov, ha declarado que Rusia necesita “un partido liberal de masas, o más exactamente, un partido para las comunidades urbanas descontentas”.
El aparato político de Putin está ya manos a la obra: el 12 de diciembre el multimillonario Mijail Projorov anunció en conferencia de prensa que desafiaría a Putin en las elecciones presidenciales. Projorov es el líder de Causa Justa, un partido de ocasión favorecido primero por el Kremlin, que ayudó a lanzarlo en junio pasado, y luego dejado caer. Es también una persona apreciada en Occidente. Otro candidato para animar el juego del pluralismo es un antiguo ministro de Hacienda de Putin, y asesor suyo en el partido, Alexei L. Kudrin, que ha declarado su intención de presentarse a las presidenciales.
La prensa occidental ha saludado las protestas populares como la manifestación de una creciente masa de partidarios de la democracia y la liberalización. No es eso, sin embargo, lo que dijeron los resultados electorales. Los escaños perdidos por el partido de Putin han sido ocupados por nacionalistas rusos: Rusia para los Rusos, que también ha lanzado su campaña de protestas, y en una de ellas logró reunir a 50.000 personas.
Como se ve, para desentrañar la realidad rusa y determinar si camina de verdad hacia la modernización y la liberalización hay que derribar una “fachada Potemkin” detrás de otra.
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