Publicado el lunes 26 de diciembre de 2011
Antonio Sánchez-Gijón.– La Primavera Árabe se ha vuelto invierno en Libia, Egipto, Siria, Yemen y Bahrein. La reacción de los poderes, paralizados al principio por la sorpresa, la ha hecho retroceder. Con todo, el historial de las revueltas populares llena una página brillante de la historia de cada uno de los pueblos árabes que la vivieron. Pero sólo eso: una página. Al menos de momento. La única excepción quizás sea Túnez. Gracias a las revueltas populares cayeron cuatro presidentes: Ben Alí, Gadafi, Mubarak y Salé (éste todavía puede resucitar); otro resiste a sangre y fuego, el-Asad. El rey de Bahrein aplastó en dos o tres días las revueltas, y sigue terne en su dictadura.
Las revueltas de las plazas árabes no han desembocado hasta ahora en revolución. Entendámonos: si revolución significa toma del poder por una nueva clase social, eso no ha ocurrido en ninguno de esos seis países. Pero si significa toma del poder por un grupo social portador de una ideología nueva, eso sólo ha ocurrido en Túnez y Libia (aunque aún no podamos definir la ideología de los rebeldes libios). Si significa el desplazamiento de una facción de los que detentan el poder por otra facción de ese mismo poder, eso ha ocurrido en Egipto y Yemen.
Pero todas esas son acepciones muy restrictivas del concepto de revolución. Crane Brinton, en su Anatomía de la Revolución, remite la idea que tenemos de ella a "las grandes mutaciones acaecidas en el pasado en sociedades políticas anteriormente estables". En ninguno de los países árabes desestabilizados por las revueltas ha acontecido, por lo menos por ahora, una "gran mutación", en el sentido de que las sociedades que surgen de ellas vayan a ser radicalmente distintas de las que había antes.
Túnez, donde el partido islamista Ennahda, calificado por todos como moderado, ganó las elecciones generales de octubre, es lo más aproximado a un éxito revolucionario. El más liberal y abierto de los países árabes, Túnez había visto a los islamistas crecer en popularidad durante la dictadura de Ben Alí. El pasado día 23 el parlamento eligió primer ministro a Hamadi Jebali, uno de los líderes de Ennhada. Para alivio de los sectores más liberales del país, el puesto de ministro de Defensa seguirá en manos de un independiente. Pero un movimiento islamista difícilmente puede ser llamado revolucionario pues su vocación es la restauración de unas leyes milenarias que se consideran pervertidas por la modernidad.
El caso que más puede inquietar a Europa es el de Libia, donde el gobierno provisional no se ha hecho todavía con el control de los grupos armados que derribaron al coronel Gadafi. Las columnas rebeldes de Bengazi que liberaron Trípoli se han establecido en la capital y no atienden las llamadas del gobierno provisional para que abandonen la ciudad y entreguen las armas. Por todo el país campean partidas armadas con fidelidades tribales antagónicas. No se descarta choques entre la policía, que se está reconstituyendo, y las partidas de guerrilleros que quieren hacer de su grupo la base del nuevo ejército nacional. Es posible que Al-Qaida esté recogiendo armas letales y reclutando voluntarios. En Libia ha caído un régimen, sí, pero no se sabe qué se ha instalado en su lugar.
Retrocede en Egipto, Yemen y Bahrein, se mantiene viva en Siria
En cuanto a Egipto, si los "hermanos musulmanes" ganan el actual proceso electoral, se sentirán legitimados para reclamar el poder. No parece probable, sin embargo, que el Consejo Supremo Militar se lo vaya a ceder. Puede, no obstante, que obtengan algunos jirones de él. Y dado que los "hermanos" son conscientes de sus limitaciones políticas (falta de experiencia de gobierno, falta de conexiones fuera del mundo árabe integrista), dan todas las señales de que están dispuestos a entrar en pactos de convivencia con los militares. Así que no llamaremos a lo de Egipto revolución entendida como "cambio de régimen".
Cosa parecida pero no igual ocurre en Yemen. Sus diversas facciones han combatido duramente durante un año, y se han infligido millares de bajas. Los recientes arreglos políticos entre las fuerzas enemigas contemplan que la oposición, liderada por el general Ali Mohsen, se hará cargo de los servicios de seguridad y de inteligencia, mientras que el hijo del presidente dimisionario Salé, Ahmed Alí Salé, comandará las fuerzas armadas. El 21 de febrero se celebrarán las elecciones auspiciadas por el Consejo del Golfo Árabe, y después Salé padre abandonará la presidencia. La lucha por el poder, pues, terminará, si todo marcha como está previsto, en match nulo o en reemplazo de una facción del poder por otra.
Siria, desde el punto de vista de la doctrina de la revolución, es el caso más prometedor. La lucha de los rebeldes sirios va dirigida contra una ideología, la del baasismo, versión siria del socialismo nacional; contra una dictadura, la de la minoría étnica alauita sobre el resto de la población, y contra una clase social, la burguesía de los negocios asociada al poder. Por eso son muchos los que se sienten amenazados por los revolucionarios, y de ahí su tenaz adhesión a la tiranía de Bashar el-Asad.
En cuanto a Bahrein, su rey puede decir a su protector el rey de Arabia Saudí, parafraseando al general Paskievich, que tomó Varsovia a sangre y fuego en 1831: "La paz reina en Bahrein". La mayoría chiita seguirá gimiendo bajo la dictadura de la minoría sunita.
Dejando de lado el resultado incierto de la revolución siria, que parece ser la más profunda y de mayores consecuencias, a nosotros los occidentales nos desconcierta la desorientación y pérdida de aliento de las que creíamos revoluciones de la Primavera Árabe. En todas ellas se observa un fenómeno de recesión histórica: el retroceso a formas quietistas de la piedad islámica, sencillas expresiones de caridad hacia los desfavorecidos, pero que ofrecen poco o ningún margen para la liberación de las conciencias. Por no mencionar la amenaza directa a las libertades que supondría el acceso al poder de los salafistas egipcios, que en la primera vuelta de las elecciones han obtenido el 25% de los votos.
Para comprender el alcance y la naturaleza de las revueltas de la Primavera Árabe, y para saber si en ellas se hallaba entrañada una revolución, he enfocado mi memoria sobre una lectura de nuestra experiencia europea..
La Revolución y el antiguo Régimen es, como se sabe, una obra de Alexis de Tocqueville. Es menos popular que su Democracia en América, pero no menos iluminadora, por lo menos en lo que a nosotros los europeos concierne. Su tesis es que cuando estalló la Revolución Francesa, la revolución ya había ocurrido: el poder económico ya estaba en manos de la burguesía; la tierra no estaba en manos de los nobles sino en las de nuevos terratenientes; las clases medias ocupaban las plazas de la administración que antes compraban los nobles para sus hijos; el pensamiento era libre, y la prensa mordaz y crítica. Y eso había sucedido sin alharacas, durante el reinado de Luis XVI, y aún antes de él, como un silencioso proceso de transformación orgánica. Uno saca la impresión de que el Juego de la Pelota, la Bastilla, la guillotina y todo lo demás no fue más que una escenificación tumultuosa, un delirio, muy del gusto de mentes agitadas por el torbellino de ideas desencadenado por la Ilustración.
No ha habido ninguna revolución de las sociedades árabes que haya precedido las revueltas de su Primavera. Ben Alí, Gadafi, Mubarak, el-Asad padre, Salé, todos habían salido del ejército. Los cuatros primeros eran hijos de las revoluciones nacionalistas y socialistas que siguieron a la descolonización. Desde el poder monopolizaron los negocios más apetitosos, y mantuvieron a la gran masa del pueblo en el atraso y la pobreza. Esos jefes militares y jefes de estado no eran ni benignos ni complacientes, a diferencia de Luis XVI. Sus burguesías no eran emprendedoras ni ilustradas, sino oportunistas y sicofantes.
Si seguimos el paradigma de Brinton, que una revolución es una "gran mutación", y a Tocqueville cuando sostiene que la que él estudió ya se había "producido en el pasado", antes de las revueltas, pensaríamos que una revolución sería irrealizable hoy por hoy en el mundo árabe.
Todo lo dicho, sin embargo, no da cuenta del coraje, la audacia y atrevimiento de unas masas de hombres y mujeres, generalmente jóvenes, impuestos muchos de ellos en las claves de la Ilustración de los derechos del hombre, la democracia y el estado de derecho, y que han dejado a veces la vida, otras su libertad, en pro de una "gran mutación" en sus vidas y en la de sus países, cuya naturaleza y destino aún no comprendemos.
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