jueves, 29 de diciembre de 2011

EL ERROR DE EGUIGUREN: LA IDENTIDAD NACIONAL V ASCA

Publicado el miércoles 7 de diciembre de 2011

Antonio Sánchez-Gijón.– El libro de Jesús Eguiguren, "ETA, las claves de la paz", pone en evidencia cuán lejos estaba el partido socialista de Euskadi (PSE) de comprender la fuerza que el mito de una Navarra vascona ejercía sobre el cuerpo ideológico de la banda independentista y terrorista ETA. Esta incomprensión es a su vez incomprensible, porque el PSE ya había tenido tiempo suficiente para saber que la cuestión navarra era la columna vertebral del argumentario etarra sobre el derecho de los vascos a poseer un estado. Por la potísima razón de que Navarra, según los independentistas, fue alguna vez el reino soberano de los vascos.
Una nota de Herri Batasuna, de una fecha tan antigua como enero de 1990, definía el alcance de su pretensión, al declarar ser fundamental "el reconocimiento explícito y respeto a la unidad política territorial - inclusión de Navarra - así como el reconocimiento de que no es cada territorio sino el conjunto de Hego Euskal Herría (Euskadi Sur) el sujeto de la soberanía política". Así que no le valía a los navarros decidir si querían unirse a no a Hego Euskal Herría, sino al pueblo vasco en su conjunto, del que los navarros eran una parte.
Las conversaciones entre Eguiguren y otros miembros del PSE con Batasuna, que se celebraron entre junio y noviembre del 2006, se proponían preparar dos mesas de negociación, una de ellas llamada "técnica" y la otra política. Desde el comienzo de las conversaciones los negociadores del PSE perdieron el control del lenguaje. Antes de empezar, Otegui había presentado a Eguiguren una agenda de las negociaciones, que deberían tener por objeto consensuar "el carácter y la identidad del pueblo vasco", para poder consensuar a continuación los mecanismos que permitieran a la ciudadanía vasca adoptar "libre y democráticamente" decisiones en torno a su futuro político e institucional.
A pesar de la naturaleza inconstitucional del concepto de "pueblo vasco", y a pesar también de que al otro miembro del equipo "conversador" socialista (Roberto Ares) este concepto no le gustase, el PSE siguió adelante con las conversaciones, y al final hubo concesión sobre el dogma de la identidad nacional vasca, aunque rechazó la fusión de Navarra en Euskal Herría, reducíendo esta pretensión a la colaboración institucional entre el País Vasco y Navarra, cosa ya prevista en la Constitución.
Felizmente para el PSE, Batasuna, después de que este acuerdo fuera verbalizado, presentó una exigencia que los conversadores se vieron obligados a rechazar: la de que el País Vasco y Navarra debían formar en el plazo de dos años una única comunidad autónoma. Eguiguren se negó a firmar el acuerdo; y así no quedó su nombre unido al ominoso reconocimiento de la identidad nacional vasca, que era la piedra angular de la pretensión de Batasuna sobre Navarra, basada a su vez en el supuesto de que el pueblo navarro se caracteriza por su identidad vasca.
Una historia que echa mano de mitos
No hay nada en la historia de Navarra y del País Vasco que avale esta tesis. Sus desarrollos históricos diferentes obedecieron a remotos y básicos imperativos de carácter geopolítico: el reino de Navarra se formó en torno al eje del Ebro y sus afluentes pirenaicos, y las provincias Vascongadas en torno a los valles de ríos de la vertiente cantábrica. Fue de la vertiente pirenaica de donde surgió el impulso foral original de Navarra, tomando su fuente del Fuero de Jaca.
Aunque es cierto que los vascos de Vasconia se mantuvieron mayormente libres de la dominación árabe (lo que los vascos antiguos siempre tuvieron como prueba de su limpieza de sangre, y por lo tanto justificante de sus privilegios en una sociedad estamental), no se puede decir lo mismo de los navarros: su dinastía primera tiene su raíz en familias principales convertidas al Islam, pero reconvertidas al cristianismo al ver el imparable progreso de la Reconquista en los territorios cántabros. Así que por este argumento etnicista, puramente aranista, los navarros serían o vascos de sangre impura o simplemente no vascos.
Luego ocurre que los reyes de Navarra fueron dueños de gran parte de lo que hoy llamamos País Vasco sólo durante algo más de cien años, y que a finales del siglo XII la gran mayoría de los señores vascos se pasaron a Castilla. Querían unirse a la lucha contra los moros, y esa lucha la llevaban sobre sus hombros León, Castilla y Aragón, no el rey navarro. Cuando los castellanos cercaban Vitoria en el 1200 el rey Sancho VII el Fuerte estaba en Sevilla, intentando entrar en pactos contra Castilla con el emir moro, Este rey, a pesar de su brillante papel en las Navas de Tolosa (1212), mantuvo a Navarra aislada del juego geopolítico peninsular, en el que los vascos estaban metidos hasta el puño de la espada, y a la postre, por una serie de políticas desatinadas, puso a Navarra en la órbita geopolítica de Francia, donde quedó situada hasta 1512, cuando fue tomada por el duque de Alba en nombre de los derechos de Fernando el Católico, mientras los vascos se lanzaban con su proverbial energía a la conquista de tierras, a medrar en la corte castellana, a nutrir la marina de Castilla y, con el tiempo, a unir su impulso conquistador al de los andaluces y extremeños que se hicieron con América.
El reino de Navarra y las provincias vascas de Castilla se hallaron durante siglos en una guerra permanente de baja intensidad por razón de los pastos y de los puertos. Una de las reclamaciones constantes de los guipuzcoanos a los reyes de Castilla era el mantenimiento y defensa de sus privilegios sobre los puertos, principalmente Fuenterrabía. Este control vasco sobre el puerto aislaba a Navarra respecto del mar, y daba a todos los puertos de la costa una fabulosa renta de situación, de la que también gozaban respecto de los castellanos, por cuanto sus aguas eran salida natural de las lanas y el trigo del interior. No es mero accidente que los movimientos nacionalistas y separatistas de España se proyecten sobre territorios que unen el grueso de los territorios peninsulares a la masa continental europea, por los que los demás deben transitar obligatoriamente para muchos de sus tráficos.
El conceder en unas conversaciones (o en cualquier negociación futura) la existencia de una identidad nacional vasca sería un error de impredecibles consecuencias. Históricamente no está fundamentada y tiene tanta solvencia como el mito de Túbal, fundador de la lengua vasca. Geopolíticamente es un hecho sobrepasado por la civilización moderna, adversa a los pontazgos y fielatos y de naturaleza capitalista, liberal y europea. Culturalmente es como un jardín botánico, bonito pero cerrado.
Volviendo a Eguiguren, al partido socialista y al gobierno que alentó las conversaciones y negociaciones con ETA: su derrota electoral ha evitado que siguieran por el camino ilusorio de una paz negociada a base de concesiones verbales, sin considerar las implicaciones semánticas que de ellas se derivan.

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