jueves, 29 de diciembre de 2011

EGIPTO FRENA LA REVOLUCIÓN Y SIRIA LA ALIENTA

Publicado el lunes 5 de diciembre de 2011

Antonio Sánchez-Gijón.– Los resultados electorales de Egipto en las elecciones del 28 y 29 de noviembre parecen indicar que el país va a caer en manos de fuerzas que en un lenguaje político occidental llamaríamos contrarrevolucionarias. Por su parte, el conflicto interno sirio parece marchar hacia una guerra civil abierta y la probabilidad de una salida revolucionaria. El régimen recién instalado en Libia no acaba de arbitrar el sentido de su guerra civil: ni se decide a traer un régimen islamista conservador, ni se inclina por la modernización democrática con la ayuda de las potencias occidentales y las árabes que le ayudaron a derrotar al régimen de Gadafi.
Con todo, las fuerzas políticas de cada una de las naciones conmocionadas por la "primavera árabe" no sabrán definitivamente dónde están hasta que la Liga Árabe acabe de proponer y conseguir un nuevo consenso, en cuya formulación tendrá una enorme influencia la forma en que se desenlace la revolución egipcia, que parece abocada a encontrar un nuevo consenso político, que no va a alterar necesariamente la cosas en el sentido de la democracia y la libertad. Y entretelones Arabia Saudí mueve algunos hilos.
La victoria de los islamistas de Egipto fue rotunda: el partido Libertad y Justicia se ha convertido en la fuerza mayoritaria, con cuarenta por ciento de los votos, y el salafista al-Nour en la segunda, con veinticinco por ciento. El primero es la rama política de la conservadora Hermandad Musulmana, y el segundo lo es de la corriente más reaccionaria del Islam. Detrás de ellos se ha colocado una coalición de fuerzas liberales y democráticas, con algo menos del veinticinco por ciento. A primera vista, la "primavera árabe" no ha desembocado en un triunfo de la democracia, después de los éxitos de la más significativa de las revoluciones árabes.
Sin embargo el ambiente político egipcio está dominado todavía por la fluidez de las expectativas. Las elecciones se han celebrado en sólo 9 de las 27 provincias de Egipto. Quedan por celebrar dos procesos electorales más, por los que aún tendrán que pasar la mayoría de los candidatos elegidos en las primeras elecciones. Los hermanos musulmanes parecieron aceptar durante la campaña electoral la pretensión de los militares de seguir siendo por ahora el factor decisivo de última instancia; lo hicieron por temor a que la revolución adquiriera un nuevo impulso bajo las manifestaciones masivas contra los militares y el ministerio del Interior, que sacudieron El Cairo el pasado noviembre, poniendo así en peligro su previsible triunfo electoral.
Los hermanos no paran de dar señales de moderación, mostrándose dispuestos a formar coalición de gobierno con fuerzas más liberales. También se distancian de los salafistas: afirman que no quieren imponer, como éstos, la sharía en lugar de los códigos civil y penal vigentes. En tanto que los hermanos se acerquen a las fuerzas más centristas, aumentarán las posibilidades de que los militares les permitan acceder al gobierno.
Para lograrlo deben aislar la corriente de la Hermandad que ve su triunfo como una oportunidad de que Egipto rompa con Israel, los Estados Unidos y Occidente en general. Los centristas y liberales rechazarán a los hermanos en la medida en que éstos hagan socialmente obligatorias normas estrictamente musulmanas, como no beber alcohol y el papel subordinado de las mujeres. Es poco probable que los hermanos suscriban la exigencia salafistas de la prohibición de intereses en las transacciones crediticias, que les alienarían a los militares, muy metidos en el control de la industria y el comercio exterior.
Es poco probable que los militare toleren la imposición de medidas que hagan aparecer a Egipto como una sociedad atrasada. El jefe supremo, mariscal Tantawi, es inequívoco sobre los poderes que los militares se proponen conservar; el 28 de noviembre declaró que "la posición de las fuerzas armadas continuará siendo la que es, y no va a cambiar con la nueva constitución".
Por mucho que ello cause disgusto a las fuerzas democráticas y modernizadoras de Egipto, las fuerzas armadas siguen siendo la institución en que los egipcios más confían. Se las ve organizadas y disciplinadas, en contraste con el tono marcadamente caótico de la vida social común. Los sectores que en nuestra sociología occidental llamamos modernos son en Egipto, como ocurre en prácticamente todas las sociedades árabes, muy débiles, y se concentran en delgadas capas educadas de la población.
La clase media y la burguesía de los negocios son afines a un capitalismo de estado que hacen trabajar a su favor gracias a la mutua cooptación social con los militares. Estos son rasgos permanentes de las sociedades árabes, y tienen su origen en la fosilización de las ideas y la cultura públicas, que a su vez resulta de un dogmatismo religioso que desaconseja o persigue el libre examen por el individuo.
La alienación del régimen sirio
Si el prestigio y la unidad de la institución militar es en cierta forma el último recurso de la estabilidad de Egipto, no parece que las fuerzas armadas de Siria puedan garantizar la misma función en la revolución que el país está viviendo. El régimen de Bashar el Asad se halla aislado de la Liga árabe, que ha condenado la represión contra el pueblo. Se halla también aislado de casi toda transacción y tráfico con Occidente. Sus tarjetas de crédito ya no les sirven, al menos con relación a Europa y Norteamérica. Pronto puede ocurrir lo mismo con las transacciones con el Golfo Pérsico. Y con los vuelos internacionales a otros países árabes. La clase mercantil constituía hasta ahora, junto con las fuerzas armadas, la base de apoyo del régimen. Se estima que la economía se ha encogido en este año entre el 12 y el 20%; las inversiones decayeron en el año un 50%. El turismo ha perdido $6.000 millones, y está paralizado.
Las fuerzas armadas empiezan a estar divididas. Son frecuentes las defecciones de individuos o unidades, y combates entre desertores y fuerzas leales. Los desertores son sistemáticamente ejecutados si son capturados. Las Naciones Unidas estima que la represión y los combates con los insurgentes han causado ya 4.000 víctimas mortales. Los 950 muertos de noviembre atestiguan la resolución del gobierno de no ceder ni un ápice. Dado que no hay signos de que las fuerzas armadas se dividan de forma decisiva, la última esperanza para la caída del régimen es que la clase de los negocios retire su apoyo a Asad, ahora que se ve abocada a pérdidas irremediables.
El aislamiento del régimen es casi total: sólo está respaldado por Irán, Rusia y China, ninguno de ellos circunvecino. Turquía, que era uno de los puntos fuertes de la diplomacia siria hasta el año pasado, está considerando establecer, con respaldo de una resolución de las Naciones Unidas, una zona de protección dentro de Siria para acoger refugiados y desertores. Ayer domingo vencía el plazo dado por la Liga Árabe para que el régimen aceptara una misión de pacificación. A la hora del cierre de este artículo aún no se había producido la autorización del gobierno. En dos ocasiones anteriores al menos, el gobierno incumplió su promesa de autorizar la visita de una misión de paz árabe.
Estabilización contrarrevolucionaria
La fuerza de fondo que está minando el régimen sirio son las monarquías del Golfo, que ven en la revuelta popular la ocasión de derribar un régimen que funciona como un alfil de Irán. Si el más vocal de los regímenes del Golfo es Catar, el más decisivo es Arabia Saudita. La monarquía saudí se ha estado marcando a sí misma un curso que pueda mostrarse a un tiempo como opuesto a las revoluciones y a los extremismos religiosos. Respecto de lo primero, el experto en Oriente Medio Bruce Riedel opina que los saudíes están haciendo como los soviéticos en la época de Breznef: ninguna revolución en las fronteras del reino será tolerada. Y en el interior del reino ningún desafío del extremismo salafista o chiita será consentido.
Los límites y el alcance de la primavera árabe pueden haber alcanzado ya su desarrollo potencial. La cultura política de los países árabes, por lo menos en el grado de desarrollo alcanzado hasta ahora, no anima a pensar de otra forma

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