Publicado el jueves 1 de diciembre de 2011
Antonio Sánchez-Gijón.– En espera de la implementación de las decisiones del Ecofin, que tardarán en llega-, parece que España no puede esperar ayuda para afrontar su problema fiscal y el encarecimiento de la deuda, ni del Fondo Monetario Internacional, que en caso de prestarla la concederá globalmente a la zona euro; ni del Banco Central Europeo, al que por estatutos ningún estado puede pedir ayuda. Ni puede tampoco hacer un guiño a éste último para que siga comprando deuda española "de estrangis", so pena de hacer oficial el juego y arriesgarse a que los mercados pongan el grito en el cielo, denunciando la pérdida de credibilidad del euro por extender garantías a un país que, según ellos, está al borde del abismo.
Así, pues, el sr. Rajoy debe dar muestras de estar resuelto a que España enfrente la crisis por sus propios medios. Por eso es inevitable que su estrategia se plantee en dos tiempos, y aproximadamente en estos términos: primero parar el golpe de los "mercados", ofreciendo todo tipo de garantías de que España mantendrá sus compromisos de control del déficit. Como Rajoy tiene fama de hombre serio, nadie va a duda de que tratará de cumplir. Que pueda hacerlo es otra cosa. Los recortes al déficit público anunciados para el 2012 no cubren más que una fracción de las obligaciones que vencen en el año. Lo malo es, sin embargo, que satisfacer esas obligaciones hará enormemente difícil el éxito de la segunda fase de su estrategia, la que debe devolver a España a la vía de crecimiento que asegure de modo permanente el pago de la deuda. A menos que...
A menos que su gobierno se prepare, y él prepare al país, a una situación que se parecerá mucho a una economía de guerra. Es dudoso que el país lo vaya a aceptar pacíficamente. Para lograr sólo esto (que el pueblo español acepte los sacrificios) su gobierno, su partido y los miembros nuevos de las administraciones central, autonómicas y locales, deben anunciar sus propias medidas de austeridad, consistentes principalmente en recortes de sus sueldos y gabelas, aparte, naturalmente, de una reestructuración drástica de todos los programas del gobierno. El total ahorrado por esos sacrificios personales al erario público no aliviará sustancialmente las cuentas públicas, pero en momentos de crisis comparable a los efectos económicos de una guerra lo más importante es la fuerza de convicción que los dirigentes transmiten a la población por su solo ejemplo, para resistir entre todos lo que venga.
Hecho esto en los primeros días de su gobierno, deberá pedir (o imponer, según el caso) sacrificios fiscales dolorosos a las clases más pudientes. Esto tampoco reducirá sustancialmente los déficits, ni aliviará la deuda de modo decisivo. Tampoco la reducirá de modo importante lo que pueda aportar el combate judicial, político y legislativo contra los abusos cometidos por directivos de la banca y las cajas rescatadas por el erario público, al momento de su cese o retiro. También esto es necesario para mantener la moral colectiva, y para justificar el siguiente paso, más grave y de mayores consecuencias: la petición de sacrificios a la masa de la población, a los diecisiete millones de asalariados, ya que es de ahí de donde saldrá la inmensa suma de muchos pocos que permitirán allegar los recursos con los que pagar la deuda. Y porque también es el mundo del trabajo el que más aceleradamente ha aumentado sus ingresos en los años de prosperidad, sin aumentar su competitividad. Veamos.
El trabajo, en el corazón de la crisis
En la presentación de la evolución de la actividad empresarial en España, realizada el lunes por el director de Estudios del Banco de España, José Luis Malo de Molina, se pone de manifiesto la existencia en España de un mercado laboral dividido en tres segmentos. Primero está la segmentación por razón del empleador. De un lado están los salarios públicos y del otro los del sector privado. Mientras los primeros encajaron una rebaja salarial del 5% promedio en el pasado ejercicio, y una congelación en éste, los del sector privado tuvieron un saldo positivo: subieron una media de 0,8% en 2010.
El mercado de trabajo del sector privado, a su vez, se segmenta en los trabajadores que tienen régimen laboral permanente y los que lo tienen temporal. El segmento sometido a la contratación temporal paga las consecuencias de las rigideces del segmento de contratos fijos, según señala el informe del Banco de España. La resistencia de los salarios a bajar hace del crecimiento del empleo temporal "el principal mecanismo de ajuste de la crisis", según el estudio mencionado. Las expectativas económicas forjadas en 2010, y que fundamentaron los acuerdos de moderación salarial todavía vigentes, no se han cumplido en lo que a creación de empleo se refiere, y por tanto, "la moderación salarial es insuficiente para frenar la sangría del empleo", añade el Sr. Malo de Molina.
La tendencia sostenida de los salarios españoles a crecer desde que se creó el euro explica la pérdida de competitividad de nuestra economía. Se estima que el costo laboral por unidad producida en España creció un 36% desde 1999 hasta final de 2008, mientras que en Alemania lo hizo un 3%. Dada la pérdida de competitividad, el único mecanismo de defensa de la empresa es acudir al despido y al trabajo temporal, que acepta salarios más bajos y condiciones más precarias.
No hace falta recordar que esta ha sido una advertencia constante de observadores desinteresados de la economía española, y que el Sr. Zapatero ha tratado de corregir con una reciente reforma laboral, que esos mismos observadores consideran insuficiente. No deberíamos seguir engañándonos a nosotros mismos: las estructuras de nuestros sindicatos y de nuestra patronal son de naturaleza corporativa, heredadas de tiempos ya idos hace mucho. Si algunos pedían al Fondo Europeo de Estabilidad que se armase con un bazooka, imagínense el calibre del arma con que debe dotarse el Sr. Rajoy para abrir la muralla Sindical-Patronal.
No hay melodrama en comparar los efectos de la crisis con los de una guerra. Excepto que no corre la sangre, esta crisis es una trituradora de personas. Son los cinco millones de parados y sus familias. Como en las guerras, la juventud pasa a vivir a la intemperie, sin oficio ni beneficio social alguno: son el 40 o 50% de nuestros jóvenes desempleados y sin esperanzas de encontrar trabajo.
A la espera de que el Sr. Rajoy pueda encontrar el apoyo de la euro-zona para ayudar a España a salir de la crisis, urge que tome medidas que desde el primer día den aliento a los que se han quedado en la cuneta, sin ningún tipo de protección por vencimiento de subsidios de cualquier tipo. El equívoco movimiento 15 de Marzo por lo menos en una cosa no se equivoca: en señalarnos la tragedia humana de los que están siendo arrojados a la calle por el paro o por el desahucio.
Esa masa de personas debe recibir el tratamiento que se da a los damnificados y refugiados de una catástrofe natural o bélica: habitáculos provisionales, pisos alquilados, naves habilitadas, lo que crean necesario los expertos en este tipo de situaciones. Doña Ana Botella, que se está dejando querer como futura alcaldesa de Madrid, no debe perder ni un minuto en demostrar que se lo merece. Del mismo modo, todos los alcaldes de España, pero especialmente los del PP, cuyo gobierno va a imponer los sacrificios que todos tememos.
Solamente cuando se haya hecho lo posible por paliar el drama humano podrá entonces el gobierno entrar en la segunda fase de su estrategia: poner las condiciones paras el crecimiento de la economía, el aumento de la productividad y la reconstrucción del tejido industrial/comercial
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