jueves, 29 de diciembre de 2011

EL ABERTZALISMO Y EL ESPAÑOLISMO SE ENFRENTAN A UN NUEVO PRINCIPIO DE REALIDAD

Publicado el 22 de diciembre en Capital Madrid
Antonio Sánchez-Gijón.- Todo el que está inmerso en un conflicto existencial debería preguntarse de vez en cuando si “todavía” se está rigiendo por el principio de realidad. Porque todos solemos partir, para cualquier empresa humana, de un principio opuesto: “ya” estoy bajo el principio de realidad y por eso me empeño tanto en conseguir esto y lo otro.
Viene esto a cuento de cuánto tiempo tardarán los integrantes del grupo (informal) Amaiur en el Congreso en verse traspasados por un rayo de la tempestuosa realidad política, económica y social que nos fulmina cada día. En realidad, el conglomerado abertzale pro-etarra ya ha sido “atacado” alguna vez por el principio de realidad. El hecho mismo de que comparezcan en la escena política sin pistolas indica que han sacado la conclusión de que llevándolas no iban muy lejos.
Un estadio más en su inmersión en el principio que nos ocupa se lee en la declaración del portavoz del grupo, Sr. Antigüedad, en su intervención en el debate de investidura del Sr. Rajoy. Su grupo venía al Congreso, dijo, no en busca de la independencia, ni para exigir “los derechos nacionales de Euskal Herria sin obsesiones identitarias”, que solo reivindicaba, sino para ayudar a “la resolución integral del conflicto”.
Esas palabras pueden quizás indicar que ya se han dado cuenta de que la existencia de un ente que ellos llaman Euskal Herria no es tan evidente para el conjunto de fuerzas políticas que son parte decisiva en el llamado “conflicto”. La totalidad de las fuerzas constitucionalistas actúan bajo la presunción socialmente aceptada de que lo que existe son dos comunidades, País Vasco y Navarra, donde una gran parte de la población habla la lengua vasca y muchos tienen un sentimiento de identidad nacional que otros muchos no comparten. Estos últimos, a los que llamaremos constitucionalistas o españolistas, no ve la razón ni la necesidad de una Euskadi independiente, y menos de esa entidad de geometría variable que es Euskal Herria.
Legitimación del conocimiento
Los antecedentes históricos o ideológicos alegados por los independentistas de Amaiur para apoyar su pretensión no tienen, por la sola fuerza de convicción de que están poseídas sus mentes, suficiente legitimación para que les concedamos el estatus de conocimiento de la realidad. Hay muchas interpretaciones de los antecedentes históricos o ideológicos de la historia de esos pueblos. Algunas refutan o corrigen lo alegado por los etarras e independentistas como su fuente de legitimación, y no están dispuestos a conceder sin un serio debate de ideas el reconocimiento de la validez de sus convicciones.
No perdamos la esperanza de que Amaiur y los abertzales en general vayan cambiando algunos aspectos de su universo mental. El PNV ya lo ha hecho anteriormente. Hay una distancia enorme entre aquella declaración del parlamento vasco, de 1990, que afirmaba que “El ejercicio del derecho de autodeterminación tiene como finalidad la construcción nacional de Euskadi”, y esta otra del Euskadi Buru Batzar, que afirma: “La libertad que reclamamos es libertad para restaurar nuestra personalidad colectiva a partir de valores creados a lo largo de una historia de milenios”. No es lo mismo la áspera y generalmente violenta tarea de construir una nación y la pretensión de “restaurar nuestra personalidad colectiva”. Aunque hemos de observar que atribuir a una comunidad cualquiera la capacidad de crear valores que sean válidos a través de los milenios sería una hazaña que la mayor parte de los filósofos morales considerarían imposible y contradictoria. La historia en realidad tiene como uno de sus principales motores la destrucción y creación constante de valores.
El golpe de realidad sufrido por Amaiur consiste básicamente en el habérsele negado un grupo parlamentario propio, de acuerdo con la letra del reglamento del Congreso. Las reglas tienen carácter normativo, pero lo normativo no se agota en las reglas: es una norma social aceptada universalmente que el arrepentido de la violencia, o el que rechaza la violencia, o el que tiene virtudes o méritos reconocidos, tiene derecho a esperar que “se le incluya”, como al parecer ha ocurrido antes con otras fuerzas políticas que obtuvieron grupo a pesar de haberse quedado estatutariamente sin derecho a él por un escaso porcentaje de diferencia, lo que es una “norma” parlamentaria aceptable.
La declaración del diputado de Amaiur Rafael Larreina de que su grupo se abstuvo en la investidura del Sr. Rajoy “para no participar en la votación de un presidente del gobierno español” denota la falta de sentido de la realidad que todavía afecta a ese segmento del nacionalismo vasco. ¿Cómo se compatibiliza eso con la afirmación dirigida a Rajoy por Antigüedad, de que “estamos condenados a entendernos, no solamente a vernos y a oírnos”? ¿Como es posible tratar de entenderse con alguien cuyo estatus no se reconoce? Tengamos paciencia y esperemos mejores tiempos. Años ha, cuando la izquierda abertzale tenía un contratiempo en el Congreso, ETA pegaba unos cuantos tiros para que se les escuchara.
El debate inevitable
Pero el principio de realidad tiene otra vertiente. Es la que recoge la lluvia fina que disuelve el firme rechazo a hablar de presos, o sobre derechos nacionales del pueblo vasco, mientras hubiera derramamiento de sangre y extorsión por parte de una de las ramas de la izquierda abertzale.
Si desaparece ETA y el País Vasco y España viven un largo periodo de paz, las cuestiones tan irrealistamente planteadas por ETA, los independentistas (y hasta por el PNV como hemos visto), adquirirán toda la fuerza que en una democracia corresponde a un grupo ideológico y social cualquiera. En ese momento esas fuerzas se presentarán en la escena política del País Vasco y España como legitimadas para defender y luchar políticamente por sus ideales. Desde ese momento la batalla será de otra naturaleza, de interpretación de la realidad y la necesidad históricas, pero en su curso se deberá examinar críticamente la relevancia que tales interpretaciones históricas tienen para guiar las determinaciones políticas de una comunidad democrática, a la altura de una sociedad que se mueve en su doble dimensión de española y europea, y a estas alturas del siglo XXI.
Se trata de una confrontación ideológica, de una batalla que debe ser formalmente limpia y democrática, para ganar la voluntad de la mayor parte del pueblo vasco, en pro de una Euskadi española  que no necesita la independencia y cuyo destino está unido al de España a través de “una historia de milenios”. Esta batalla tiene su principal escenario precisamente en el País Vasco, con otro secundario en Navarra, y la debe dar desde ahora el Partido Popular con el apoyo del Partido socialista. Será una batalla enconada, y sería raro que no fuera pervertida por la violencia. Sólo cuando esta batalla ideológica, o de opinión, como se prefiera, haya sido dilucidada, podrá entonces ser elevada a su consideración por la totalidad del pueblo español.

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