Publicado el viernes 25 de noviembre de 2011
Antonio Sánchez-Gijón.– La revuelta popular contra el Consejo Supremo Militar de Egipto, que ha sacudido El Cairo toda esta semana, ha reavivado una "primavera árabe" que se estaba agostando. Los militares egipcios están saliendo de esta crisis debilitados, y han tenido que pedir perdón por los excesos cometidos contra los manifestantes que se oponían a la continuación de su tutela sobre el proceso político (decenas de muertos, gases tóxicos, etc.). La Hermandad Musulmana, que se desligó de las protestas, ha salido también debilitada, y además dividida. Las actuaciones represivas han puesto en evidencia una fractura entre el ejército y las fuerzas de seguridad.
Aumenta la posibilidad de que Egipto desemboque en un segundo Túnez, que ya cuenta con un gobierno elegido democráticamente, y se aleje de Yemen, donde el presidente Saleh, que por tercera vez prometió el miércoles marcharse, ha prevaricado tanto como los militares egipcios contra los compromisos por ellos mismos contraídos. El lunes 28 comienza el prometido proceso electoral egipcio, que los "hermanos" esperaban ganar al aceptar implícitamente la tutela militar sobre cualquier posible gobierno. Este juego parece ahora desbaratado.
Son seis los países barridos por los vientos de la llamada "primavera árabe". Sólo en uno de ellos, Túnez, las fuerzas populares lograron elegir e instaurar un gobierno formalmente democrático. En otros tres (Libia, Yemen y Siria) los movimientos populares desembocaron en guerras civiles. En uno más (Bahrein), el movimiento popular fue sofocado a sangre y fuego.
De los cinco países que aún no han conseguido un gobierno democráticamente elegido, sólo uno, Libia, ya no se ve forzado a seguir luchando con los epígonos del "ancien règime". En los otros cuatro cualquier paso adelante en el sentido de la "primavera árabe" ha de darse todavía contra los que hasta ahora han oprimido, torturado, exprimido o asesinado a la parte desafecta de su población. Las luchas se hallan en cada uno de esos países en diverso grado de maduración e intensidad.
En Egipto, el país que solía señalar el rumbo a las masas árabes durante los agónicos años que siguieron a la II Guerra Mundial y la Guerra Fría, el régimen militar ha intentado sembrar la discordia sectaria entre las fuerzas populares, y en dos ocasiones no ha dudado en hacer de la minoría copta el chivo expiatorio, consintiendo la quema de sus templos y haciendo pasar sus carros de combate por encima de los cuerpos de manifestantes cristianos. Creyeron que con este juego sucio se ganarían la aquiescencia de las fuerzas islamistas, sobre todo de la Hermandad Musulmana, para su pretensión declarada de instituirse, mediante una nueva constitución, en el poder tutelar de cualquier gobierno salido de las urnas.
Tan pronto como esta pretensión fue conocida la pasada semana, se reprodujeron las protestas populares masivas de la primavera, promovidas por fuerzas liberales, democráticas y laicas, en la plaza Tahrir de El Cairo. Hasta el gobierno interino, formado por civiles, se vio tan contrariado por la pretensión militar que dimitió poco después de conocerla. Privado de capacidad política, el gobierno militar acudió a la represión brutal, causando decenas de muertos a principios de semana y no dudando en emplear contra la población gases de combate. Esto convirtió la protesta ciudadana en un movimiento de masas, apoyado incluso por fracciones disidentes de la Hermandad. Carentes de apoyo abierto, un miembro de la junta se vio obligado ayer a presentar "disculpas" en nombre de ésta, aunque su presidente, mariscal Tantawi, que creó una situación que se le ha escapado de las manos, no lo hizo cuando habló al país. El impasse egipcio está a punto de convertirse en una crisis de subsistencia para millones de egipcios empobrecidos. Para desaliento de negociantes y empresarios, S&P degradó ayer la deuda egipcia a nivel B+.
En la crisis del Yemen, el presidente Ali Abdulá Saleh, inició anteayer la última de las fintas con las que ha intentado (y conseguido hasta ahora) salvar el pellejo frente a una tenaz oposición y en medio de una guerra civil. En efecto, firmó en Riad, la capital saudí, un acuerdo propiciado por el Consejo de Estados Árabes del Golfo y los Estados Unidos, por el que transferirá el poder antes de tres meses al vicepresidente Abed Rabbo Mansour Hadi, a cambio de inmunidad por los crímenes que hubiera podido cometer durante las revueltas. Estas transmisiones formales del poder, sin embargo, poco significan en una sociedad tribal como la yemení, en competencia desesperada por los pocos recursos de un país empobrecido por un año de guerra civil.
El régimen de Asad, menos amigos
Más sanguinario que el régimen egipcio, y más metódico y competente que el de Gadafi o Saleh, el régimen de Bashar el Asad de Siria se mantiene en pie, desafiando cada día a un nuevo agente del sistema internacional. Primero a las potencias occidentales, que condenaron desde el primer momento su represión de las protestas populares desencadenas en marzo; luego a su ex-amigo Erdogan, primer ministro turco, que está a un paso de apadrinar la resistencia armada al régimen sirio; a continuación la Liga Árabe, que ha expulsado a Damasco de su seno, y por fin a Rusia y China, que habían resistido en la ONU toda censura al régimen por su sangrienta represión, y al final se han visto forzadas a abstenerse en la primera moción que el organismo internacional ha emitido contra el régimen de Asad.
De los cinco países árabes que aún deben sustanciar los resultados de sus "primaveras", sólo dos (Libia y Bahrein) han hecho algo que pueda llamarse rectificación de sus comportamientos habituales, caótico y tiránico el de uno, y despótico el del otro. El gobierno provisional libio ha dado la muestra de sentido común de oponerse a la extradición de Seif al-Islam, el hijo de Gadafi capturado hace pocos días, al Tribunal Penal Internacional. Seif será juzgado en Libia, y ésta podrá ser la primera prueba de que el nuevo gobierno libio controla el país y puede garantizar la administración imparcial e independiente de las leyes. "La justicia de la tierra debe ser la norma, y la justicia internacional sólo la excepción", ha dicho un miembro del Consejo Nacional de Transición.
Bahrein, por último, el pasado miércoles ofreció por televisión el espectáculo de cómo una monarquía medieval y absurdamente aparatosa, trata de lidiar con el mundo moderno, en un intento de remediar el deplorable efecto causado entre sus aliados y amigos por el aplastamiento, en febrero y marzo de este año, de las manifestaciones pacíficas de la mayoría discriminada chiita en la capital del reino, Manama, con 40 muertes, centenares de personas torturadas, 1.600 personas encarceladas y miles de trabajadores extranjeros expulsados del país. En presencia del rey Hamad, la comisión de investigación sobre los hechos, presidida por el profesor Cherif Bassiouni, con prestigio internacional en materia de derechos humanos, expuso el resultado del informe, que insiste más en las detenciones arbitrarias y las torturas que en dar cuenta de las culpas por las víctimas mortales de la represión.
El acto tuvo lugar en una sala inmensa, con los ponentes e invitados sentados, a una distancia de al menos diez metros, frente a un inmenso estrado ocupado por tres personajes, dos de ellos sentados a su vez a distancia de varios metros del rey, todo con la evidente intención de apabullar a los presentes con la sensación de majestad tan artificiosamente realzada en la figura de Hamad. En todo caso, el rey, en un gesto de arrepentimiento sin precedentes, aseguró "haber aprendido la lección" y prometió "no volver a juzgar a los civiles más que en los tribunales ordinarios".
En fin, que la incursión de los pueblos árabes por los caminos de la democracia y la libertad, que tantas veces hemos estado a punto de dar por frustrada o considerar imposible, aún recibe un soplo popular que aviva los rescoldos de esperanza. Seamos pacientes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario