El acuerdo de Ginebra rediseña el
mapa de Oriente Medio
Publicado el
lunes 25 de noviembre de 2013 en capitalmadrid.com
Antonio Sánchez-Gijón.– El acuerdo de Ginebra, de la
madrugada del domingo, para abrir negociaciones sobre el futuro del programa
nuclear iraní, debe entenderse a la luz del fracaso del mundo árabe en sacar
provecho social, político y económico de la serie de revoluciones nacionales en
Túnez, Egipto, Libia y Siria, que les hubiesen permitido ser agentes activos en
favor de la estabilidad y el desarrollo en sus respectivas áreas geopolíticas.
El conjunto del mundo árabe no es un socio confiable de las grandes potencias
occidentales, y ni siquiera tiene mucho que ofrecer a Rusia.
Actualmente esas naciones se hallan sumidas o en
procesos regresivos como Egipto, en guerra civil como Siria, en el caos como
Libia, o en la inoperancia del régimen constitucional como Túnez. Cerca de este
vasto arco del mundo musulmán, lo más aproximado a un régimen estable, con
firme control sobre sus recursos y razonable funcionamiento de sus
instituciones, además de un poder militar temible, es Irán, rodeado a su vez de
estados árabes inseguros, y menores en términos demográficos, económicos y
militares. Irán es una realidad demasiado abultada como para que se pueda
pensar en estabilizar la parte del mundo en que se halla con su oposición.
Desde un punto de vista constitucional, el de Irán es
un régimen más consistente que el de la mayoría de los regímenes árabes. Sus
políticas interna y exterior se realizan normalmente con un alto grado de
consenso entre las fuerzas políticas que cuentan. El régimen de sanciones ha
perjudicado tan seriamente la economía, que se empezaban a notar desacuerdos
dentro de la línea dura en torno al costo a pagar por el programa nuclear. El
‘líder supremo', Alí Jamenei, decidió la cuestión al respaldar al presidente y
el equipo negociador de Exteriores, como "hijos de la revolución".
Para valorar bien lo que significa el acuerdo en
términos de equilibrio de poder interno se debe tener en cuenta que el cuerpo
militar Guardianes de la Revolución goza de una implantación en la industria y
el comercio iraníes que le suponen $100.000 millones de ingresos anuales.
Cualquier rediseño de los esquemas de seguridad de Irán, el Golfo Pérsico y la
región del Cáucaso afectará profundamente a la posición de los GR en el
equilibrio político.
Garantías necesarias de las grandes potencias
Un presidente Obama, realista hasta la médula y
obsesionado por una difícil agenda política interna, busca un pacto con Irán
que le permita sobrellevar con menor costo el compromiso histórico de Estados
Unidos con la seguridad del Golfo Pérsico y Oriente Medio, ofreciendo a Teherán
un pacto tácito que asegure la estabilidad del régimen a cambio de un sistema
de equilibrio entre Irán por un lado y Arabia Saudí, Kuwait, etc., por otro,
bajo un programa de seguridad pactado con otras grandes potencias, sobre todo
Rusia y también la Unión Europea, y a ser posible garantizado por éstas mismas.
Este nuevo equilibrio es necesario si no se quiere que
los países del Golfo se embarquen en su propia carrera nuclear. Recientemente
ha habido intimaciones procedentes de Arabia Saudí en el sentido de desarrollar
una industria nuclear con la ayuda de Pakistán. Islamabad ya ayudó a crear el
incipiente programa nuclear del libio Gadafi, que éste desmanteló en 2003 bajo
intensa presión occidental a cambio de su rehabilitación internacional; ocasión
desaprovechada por él mismo, como es sabido.
Desde el lado del régimen iraní, el cálculo sobre el
costo y la utilidad del arma nuclear ha cambiado sustancialmente. Por un lado
están los grandes recursos económicos: aplicados directamente al desarrollo de
su programa nuclear, y los indirectos causados por las sanciones económicas
consecuencia de ese programa. El año 2012-2013 del calendario iraní registró un
descenso del 5,4% del PIB y la inflación alcanzó el 44%. El aumento de precios
fue más grave en el caso de productos alimenticios básicos. Las finanzas
públicas están sobrecargadas de compromisos para sostener bajos los precios de
los alimentos y de obligaciones de subsidios monetarios directos a las
familias.
Pero por otro lado está un cálculo militar más
realista que el que hizo que Irán, en su día, aspirara al arma nuclear: es
inútil amenazar a Israel con la destrucción, como hizo el anterior presidente,
Mahmud Amadinejad, si no puedes disuadir a Estados Unidos de que ejerza
las represalias, desde el momento y hora en que los Estados Unidos no estarán
nunca al alcance de los misiles iraníes.
Futuras agendas geopolíticas
Es evidente que en el texto del acuerdo de Ginebra no
hay nada escrito sobre ese hipotético nuevo mapa geopolítico. Pero éste sí será
parte del contenido de las agendas políticas y diplomáticas, paralelas a las
negociaciones técnicas sobre la cuestión nuclear, que llevarán en foros
distintos las grandes potencias más la Unión Europea. Pero reseñemos el acuerdo
de Ginebra.
Es un acuerdo provisional, y durará seis meses. En
esos meses se negociará la puesta de todo el programa nuclear bajo el control
del supervisor de la ONU contra la proliferación nuclear, e Irán contraerá
compromisos definitivos de limitación de sus programas. Como prenda de buena
voluntad negociadora, los Estados Unidos y la UE liberarán $7.000 millones de
recursos iraníes retenidos por los gobiernos y las instituciones financieras, y
en ese plazo no se impondrán nuevas sanciones, Irán podrá reemprender la exportación
de energía, pero todavía bajo el régimen de sanción.
Teherán conservará la facultad de enriquecer uranio
bajo estrictas medidas y límites. Una vez terminado el plazo, no se liberarán
nuevos recursos si Teherán no ha puesto bajo control internacional todos sus
recursos nucleares. La insistencia de Irán en conservar el derecho al
enriquecimiento de uranio ni ha sido rechazada ahora (Francia insistía en la
renuncia) ni se le ha prometido para el futuro (los Estados Unidos lo han
dejado en la ambigüedad). Irán alega que el Tratado de No Proliferación Nuclear
declara el "inalienable derecho" al uso pacífico de la energía
nuclear.
Los iraníes se comprometen a dejar entrar en sus dos
principales centros nucleares (Natanz y Fordo) los inspectores del Organismo
Internacional de la Energía Atómica, para una inspección permanente al objeto
de comprobar que el uranio del que dispone no se procesa a un índice superior
al 5%; el stock de uranio enriquecido por encima de este índice será
transformado en materia inerte; la mitad de las 18.000 centrifugadoras de que
dispone el país se pararán; el reactor de agua pesada de Arak no recibirá nuevo
equipamiento ni materia prima para la producción de plutonio (otro explosivo
nuclear); al final del semestre, no conservará más que siete toneladas de
uranio de bajo enriquecimiento, aunque provisionalmente podrá aumentar el stock
a 8tn. El régimen de inspecciones, sin embargo, no será tan exhaustivo como el
que la OIEA exigía en principio.
Como era de suponer, el acuerdo ha sido recibido con
rechazo por Israel. El gabinete del primer ministro denunció que Ginebra
permite a Irán enriquecer uranio, le deja al control de sus centrifugadoras y
no desmantela el reactor de Arak. El ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman,
insinuó que Israel se vería obligado a buscar otros aliados distintos que los
Estados Unidos, y "asumir responsabilidades sin tener en cuenta la
posición americana".
No es fácil imaginar a qué potenciales aliados puede
referirse Lieberman. La estrategia militar no permite concebir otro que
ofrezca mayores garantías que los Estados Unidos. Israel se encuentra bajo la
amenaza potencial de los misiles que Irán ya posee; el Sajjil-2 tiene
2.000 km. de alcance. Aunque los israelís han denunciado un supuesto programa
iraní de fabricación de un misil balístico intercontinental, capaz de alcanzar
los Estados Unidos, las características de uso de estas armas es tal que
cualquier decisión de usarla deja el tiempo suficiente para que una
superpotencia como los Estados Unidos supriman casi instantáneamente el
intento.
Como conclusión, se puede afirmar que Israel y los
países árabes, no menos que el mismo Irán, deberán reajustar sus políticas
internacionales a las realidades que pueden abrirse de resultas del acuerdo de
Ginebra. Entre otras cosas porque el acuerdo indica que la política de
independencia estratégica de Irán ha fracasado.
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