sábado, 7 de diciembre de 2013

Egipto bajo la dictadura y Libia en el caos


RIP para el diálogo euro-mediterráneo

Publicado el jueves 21 de noviembre de 2013 en capitalmadrid.com

Antonio Sánchez-Gijón.– Cuando el norte de África, desde Túnez a Siria, fue barrida por los vientos de cambio contra unos dictadores caracterizados por diferentes  grados de brutalidad y cerrazón, en los países de la Europa del sur corrió la esperanza de que, con un poco de suerte, las naciones del Mediterráneo meridional, bajo regímenes económicos y políticos más liberales, podrían convertirse en los socios comerciales y políticos tantas veces convocados por el llamado Dialogo Mediterráneo de la Unión Europea, que según se esperaba iba a dar profundidad y mercados a la eurozona, bajo la garantía de unas nuevas democracias y el estado de derecho.

Al contrario que los países del centro de Europa, que no tienen más que mirar a sus cuatro puntos cardinales para encontrar mercados, socios, inversiones y negocios, los del sur de Europa no podían sino dirigirse al norte europeo para lo principal de sus transacciones, y secundaria y transversalmente mirarse los unos a los otros para promover una parte bastante menor de sus intercambios. Con un poco de libre mercado, se vaticinaba hace tres o cuatro años, más inversiones e intercambios comerciales el Mediterráneo se convertirá en un floreciente polo de desarrollo que irá integrando las dos riberas. No pudo ser.

Ningún lugar encarna mejor esta frustración que Libia. Este país guardaba con Europa una relación de importancia estratégica para su seguridad energética, sobre todo para la de Italia. Los libios derribaron a su dictador Gadafi con la ayuda, costosa en dineros y armamento, de las potencias europeas más algunas del Golfo de Arabia. Pronto se comprobaría que Libia no iba salir mejor parada de su revolución interna que Egipto y Túnez de las suyas. Pero eso sí, a su manera anárquica y divisiva. Mientras Egipto vive estable bajo una dictadura y Túnez bajo una democracia inestable, Libia sobrevive en un caos político, sin dictadura ni democracia, y pendiendo para no morirse de hambre de sus reservas financieras, aún importantes, y de su industria energética, en un rápido deterioro, aunque éste todavía no es irreversible.

Caída en picado de la producción de petróleo

Libia logró, después de la revolución, mantener durante año y medio la producción de petróleo al ritmo de 1,5 millones b/d, hasta que en los primeros meses de este año la inestabilidad política se aceleró y las milicias encargadas por el gobierno para guardar las instalaciones comenzaron a bloquearlas para arrancarle ventajas políticas y económicas a su pagador. A mediados de noviembre la extracción de petróleo había descendido a 100.000 b/d. De las nueve terminales marítimas, sólo dos siguieron abiertas. El bloqueo se transmitió enseguida al consumo, generando escasez de combustible y cortes de electricidad.

Aunque existen una asamblea legislativa nacional y un gobierno en funciones, ambos llevan casi dos años tratando de dar al país los instrumentos necesarios para la paz, tales como una policía nacional, un ejército y un sistema judicial. Entretanto, el país sigue sujeto a la incierta y fluctuante dictadura de milicias partidistas o de obediencia tribal, las cuales representan un desafío que el gobierno no está en condiciones de neutralizar. Bajo este cuadro de difusa anarquía se lee la tensión estructural entre las dos principales ciudades, Trípoli al oeste y Bengazi al este, replicando los celos y recelos entre la Tripolitania y la Cirenaica históricas. En medio, la ciudad de Misurata, que aunque pertenece a la Tripolitania, es un obstinado foco semisedicioso dispuesto a cobrarse el precio de haber sido la ciudad más castigada por el coronel Gadafi en su guerra contra los rebeldes.

Con todo, el costo en sangre de la situación libia no es comparable con las sucesivas oleadas de violencia callejera y represión metódica de los militares egipcios, que han dejado muchos centenares de muertos antes, en y después de la dictadura de Mubarak, y su vuelta al poder. En Trípoli hubo ‘sólo' 43 muertos en los días 15 y 16 de este mes, cuando milicias de Misrata acuarteladas en la capital hicieron fuego contra manifestantes que se dirigían contra sus puestos para protestar por su presencia en la ciudad.

Aunque las milicias de Misrata acabaron saliendo de Trípoli, otras siguen dentro; no se han movido desde que entraron para liquidar el principal foco de resistencia gadafista. Una de ellas, la de la ciudad de Zintan, mantiene una relación ambivalente con el ejército en formación. Son frecuentes las luchas en algunos barrios entre las diversas facciones. Ha habido ocasiones en que determinadas milicias han ocupado edificios ministeriales, reclamando subsidios y rescates; también  han dirigido su violencia contra los planes del gobierno de reintegrar al ejército determinados grados de las fuerzas armadas gadafistas. Algunas de las milicias están implicadas en el tráfico de personas hacia Europa.

Otra muestra de la inseguridad reinante fue el secuestro, el pasado sábado, del segundo jefe de la inteligencia, Mustafá Nú, cuando descendió de un avión en Trípoli, aunque fue liberado al día siguiente. No mucho tiempo ha el propio primer ministro, Alí Zeidan, fue secuestrado durante unas horas y luego liberado. Las milicias ocuparon hace pocas semanas el ministerio de Justicia y echaron del edificio al ministro, Salá al-Margani. La situación no es mejor en Bengazi, donde se hallan activas varias brigadas de al-Qaida. Se les atribuyen los asesinatos de agentes del gobierno de Trípoli, así como el asalto al consulado norteamericano en el verano de 2012.

Un poder fragmentado y dos regiones en tensión

Libia se encuentra, desde agosto del 2012, en un proceso constitucional que no acaba de definir su forma. Trípoli ejerció siempre una fuerza centrípeta como capital histórica, tanto de la colonia italiana como de la ocupación británica. El rey Idris I lidió en su día con el problema regional, y asentó su corte de forma alternativa entre Trípoli y Bengazi.  Aunque ésta última, con una historia de resistencia anticolonial y anti-Gadafi, y su proximidad a Egipto, lucha por su autonomía, sin embargo no mantiene aspiraciones independentistas significativas. Pero su movimiento autonomista es poderoso, y tomó cuerpo en marzo del 2012 con la formación de un gobierno propio bajo una Unión Federal Nacional, a espaldas de la autoridad de Trípoli. Entre esas dos grandes ciudades se sitúan algunas otras que no se alinean con ninguna de las dos.

Las bases del poder, tanto de Trípoli como de Bengazi, se ven contenidas por una multitud de milicias radicadas en poblaciones menores y grupos tribales en competición por los recursos financieros resultantes del petróleo y el gas. Estos recursos, canalizados preferentemente por las compañías extranjeras hacia el gobierno central, dotan a éste de medios para mantener grupos clientelares que contrapesan el poder de Bengazi y Misrata. Igualmente, Trípoli paga a estas milicias el servicio de protección de las instalaciones energéticas. Bengazi, no obstante, siempre ejercerá gran presión sobre los ingresos por petróleo, ya que el 75% de esta producción libia procede de su territorio. Con el gas pasa al revés, Tripolitania capta el 75%, y en este mercado es la empresa italiana ENI la que lleva la voz cantante, sobre todo en razón de sus relaciones con la Corporación Nacional del Petróleo.

La actual asamblea constituyente libia se muestra impotente para dar forma territorial al estado mientras no se logre la supremacía y viabilidad de un gobierno central. A su vez, este problema depende de un difícil o improbable consenso sobre un gobierno representativo, noción apenas enraizada en las costumbres políticas libias. El presidente de la nación, el islamista Nuri Alí Abusamain, y el pro occidental primer ministro Zeidan se hallan en continua tensión. Cada uno trata de alinear a milicias y grupos tribales que ellos suponen afines a su causa.

Libia da signos de no poder superar sus divisiones políticas. El apoyo de los países occidentales a su democratización apenas se nota, y no llega mucho más allá de entrenar algunas unidades del ejército.

En lo que a Libia concierne (lo mismo que a Egipto) el diálogo Mediterráneo se ha acabado o, en el mejor de los casos, está bloqueado hasta mejor ocasión.

 

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