La bajada de tipos del BCE fuerza a
Merkel a retocar su política económica
Publicado el
lunes 11 de noviembre de 2013
Antonio Sánchez-Gijón.– Parece que se ha puesto en
marcha una coalición de voces dirigidas contra el modo alemán de ver y dirigir
la crisis económica europea. La coincidencia de esos ataques con las
negociaciones entre el partido vencedor de las últimas elecciones en Alemania,
los cristiano-demócratas, y los segundos, los social-demócratas, para formar
gobierno no es casual. Muy cualificadas voces de este y del otro lado del
Atlántico están pidiendo al nuevo gobierno alemán que favorezca una seria
corrección de la política de austeridad, a través de las reformas de las
instituciones financieras de la eurozona e introduzca políticas internas
favorables al consumo y a la inversión.
Sintetizando la opinión de un amplio espectro
sociológico y político europeo, el académico y ex alto cargo del FMI, Paul de
Grauwe, llamó este fin de semana en Lisboa a la acción política: "Portugal
y los otros países del sur de Europa deben unirse para decir que la forma en
que se les trata no es aceptable. Cuando Portugal, Grecia, Irlanda y España
llevan a cabo medidas de austeridad, los otros países del norte deben hacer al
revés: estimular la economía".
Estas palabras no son más que un trasunto de otras más
resonantes, las del Tesoro de los Estados Unidos, en su último informe
semestral, con las que ataca la alegada pasividad alemana ante la crisis:
"Alemania mantiene un gran superávit por cuenta corriente durante la
crisis financiera del euro... El anémico ritmo del crecimiento de la demanda
interna y la dependencia respecto de las exportaciones han dificultado el reequilibrio,
en unos momentos en que muchos otros países del euro se hallaban bajo graves
presiones para frenar su demanda y restringir las importaciones en orden a
lograr el ajuste. El resultado neto ha sido una tendencia deflacionaria de la
zona euro".
"Alemania retrasa la demanda
global"
La desaprobación sin ambages de la política alemana
por esa autoridad del gobierno norteamericano ha sido seguida por otras voces,
académicas e institucionales a lo ancho de Europa. El académico Tomas Wolf, del
Grupo Bildenberg, piensa que Alemania está retrasando la demanda global. La
misma decisión del Banco Central Europeo, anunciada el pasado día 7, de rebajar
el tipo de interés al 0,25% y prolongar por otro año la concesión de liquidez a
la banca, puede verse como una medida para contrarrestar las restrictivas
políticas llevadas hasta ahora dentro de la zona euro, respaldadas
fervientemente por las autoridades alemanas. O al menos así han sido vistas en
amplios sectores políticos y bancarios de la República Federal, las cuales de
todas formas no pueden ignorar que la rebaja de la tasa de interés favorece más
al crédito alemán, que ya tiene unas tasas muy bajas del interés de su
deuda, que a los países del sur, que deban pagar altas tasas.
La medida anunciada por Draghi, aprobada por tres
tercios del consejo del BCE, encontró la resistencia de unos pocos, encabezados
por el representante alemán, Jens Weidmann. La prensa conservadora alemana se
lanzó a una voz contra ella, denunciando el daño que se hacía a los ahorradores
y los pensionistas alemanes. "Una baja tasa de interés como ésta, de las
que no hay precedentes, devaluará el ahorro en Alemania", denunció la
Asociación de Aseguradoras. El portavoz del SPD para el presupuesto, Carsten
Schneider, advirtió de que la medida exacerbaría dentro de Alemania "las
burbujas de precios creadas por el crecimiento del crédito". El presidente
de las poderosas cajas de ahorros alemanas, Georg Fahrenschon, declaró que
"las bajas tasas de interés causan a los ahorradores pérdidas duraderas
que se aproximan a un expolio".
Dada la fragmentación de los mercados bancarios
europeos, la nueva tasa de interés supone el 1% de reducción para las empresas
alemanas, austriacas y francesas, del 0,5% para las italianas y del 0,4% para
las españolas y portuguesas. Cuanto peor es la situación fiduciaria de los
países de la eurozona, más se reduce el índice de beneficio directo que
producirá a los créditos a sus empresas. Por tanto, la medida puede
interpretarse como una clara invitación a que los países "del norte"
estimulen su propio consumo y gasto.
Los crecientes superávits comerciales de Alemania, que
causan gran satisfacción interna, son vistos con preocupación por la Comisión
Europea por los desequilibrios que causan entre las diferentes economías. El
pasado martes, el vicepresidente Olli Rehn, expuso su análisis de las economías
de trece países bajo esta perspectiva, y en cuanto a Alemania afirmó que
"debe estimular su demanda interna y reducir los impuestos y las
contribuciones sociales asociadas a los salarios más bajos, aumentar las
inversiones en infraestructuras y hacer reformas que estimulen la competencia
en el sector servicios". Alemania ha acumulado superávits medios anuales,
durante los últimos cincos años, del 6% del PIB.
De deflación y competitividad
El debate en torno al impacto de la economía alemana
sobre las de otros países se subsume a su vez bajo el de los riesgos de
deflación en la zona euro, cuestión que no puede pasarse por alto cuando la
tasa de inflación en ella es del 0,7%, según anunció recientemente Eurostat.
Mario Draghi, en su justificación de la reducción de la tasa de interés, dio
muestras de preocupación por la deflación europea cuando señaló que entre
septiembre y octubre de 2013 la inflación había caído del 1,1% al 0,7%.
"Esta caída fue más fuerte que la que esperábamos, y se reflejó
especialmente en precios menores de los alimentos, caída de los precios
energéticos y un ligero debilitamiento en la inflación de precios en los
servicios". Ya en el verano de este año se registró esa tendencia, a la
que se añaden los índices de los dos meses mencionados.
Las previsiones de crecimiento de la Comisión para
2014 y 2015 no disipan, desde luego, la ansiedad por la deflación: en esos años
las tasas serán sólo del 1,1% y 1,7% respectivamente, un margen muy
estrecho para poner distancia de seguridad con cualquier imprevisto que pueda
empujar Europa a la deflación.
Y desde luego siempre queda la duda de si las
esperanzas puestas en una reactivación del consumo, y de las inversiones en
infraestructuras y en educación en Alemania, puede contribuir tanto como se
espera en algunos países deprimidos de Europa. Debe tenerse en cuenta que el
comercio alemán con la zona euro es ya menor que con el resto del mundo. El
aumento de la demanda alemana de productos del sur de Europa no puede sino dar
lugar a ligeros crecimientos del PIB de esos países. Está también el problema
de que los países del sur exportan a Alemania productos agrícolas e
industriales de gama media, en competencia con muchas economías emergentes.
Mejores rendimientos resultarían para los países
deficitarios y endeudados un pronto restablecimiento de sus balanzas fiscales,
por un lado, y de la terminación de las reformas que, o están todavía a medias
o ni siquiera se han emprendido. Cuando se den esas condiciones podrá
esperarse, justificadamente, que los extraordinarios superávits comerciales
alemanes generen recursos que puedan invertirse en mercados adaptados ya a una
alta competitividad.
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