sábado, 7 de diciembre de 2013

El PSC se desmarca mientras ERC y CiU adoptan estrategias incompatibles


Ofensiva internacional del independentismo catalán

Publicado el lunes 18 de noviembre de 2013 en capitalmadrid.com

Antonio Sánchez-Gijón.– La resolución aprobada ayer en el consejo nacional del partido socialista de Cataluña (PSC) debilita la estrategia del frente soberanista encabezada por Convergencia i Unió y Esquerra Republicana de Catalunya, consistente en arrancar al gobierno español la autorización para convocar un referéndum legal y vinculante sobre el llamado derecho a decidir so pena, si no lo autoriza, de enfrentarse a una declaración unilateral de independencia.

La declaración socialista es un intento de moderar la tensión nacionalista que se viene observando en las últimas semanas, y de diferir todo lo que pueda la confrontación con el estado a la que se dirigen aquellas dos formaciones.

Uno de los escenarios de esa tensión es internacional. La creciente presencia de líderes e instituciones independentistas, con Artur Mas a la cabeza, en foros y medios internacionales de todo tipo tiene dos fines; uno secundario: explicar o dar a conocer las pretensiones soberanistas de esas fuerzas catalanas, y otro principal: explorar las reacciones y posible predisposición de gobiernos, parlamentos, partidos políticos, fuerzas económicas, etc., del extranjero (pero sobre todo de Europa) a otorgar un grado (aunque sea mínimo o simbólico) de reconocimiento de legitimidad a las aspiraciones de los soberanistas. Todos los movimientos independentistas que han tenido éxito en el mundo han debido pasar la prueba del reconocimiento por los otros de los motivos y fines de su causa.

El reconocimiento de unos estados por otros estados es la clave del sistema internacional. La forma más rápida, y a veces la más eficaz, de ser reconocido es una declaración unilateral de independencia. Desde ese mismo día los gobiernos extranjeros se ven obligados a tratar con las autoridades, unilateralmente separadas, todo tipo de asuntos. Cada trato para resolver una cuestión de interés para el estado extranjero o sus nacionales supone un goteo de factores de reconocimiento informal a favor del que se ha separado. La evolución del sistema internacional de estados, por más que se halle regulado por una serie de normas jurídicas, se transforma bajo la presión cotidiana de la praxis.

Población, territorio, gobierno... y coacción

La ciencia del estado como agente del sistema internacional gira en torno a tres elementos: población, territorio y gobierno (González Campos, Sánchez Rodríguez, P. A. Sáenz de Santamaría). Una hipotética declaración unilateral de independencia de Cataluña, después de un referéndum o plebiscito favorable, trataría de justificarse alegando que el nuevo ente se presenta al sistema europeo con  esos atributos de estatalidad ya logrados, al estar definidos y reconocidos por su ordenamiento jurídico interior: hay un pueblo que ha decidido su independencia en un referéndum o plebiscito, hay un territorio perfectamente delimitado y hay un gobierno formado mediante procedimientos legales.

Aunque sea cierto que el ordenamiento constitucional español no otorga a la población catalana la facultad de disponer de soberanía sobre el territorio en que habita, ni concede al gobierno catalán poderes para convocar referéndums, ni tampoco para cambiar la configuración territorial de España, no es menos cierto que cualquier respuesta del gobierno español se hallará condicionada, y hasta cierto punto modulada, por dos factores de naturaleza práctica que moderan y dan forma al vigente derecho internacional: por un lado la limitación o prohibición del uso de la fuerza (según los casos), y el respeto (hasta donde proceda) al derecho de autodeterminación. No son reglas absolutas; si lo fueran, ningún estado podría defenderse de la secesión de una parte de su territorio, y cualquier grupo humano que declarase su independencia tendría derecho a ella, incluso por alegaciones étnicas, religiosas o  económicas (Gibraltar, por ejemplo, no tiene derecho legal a la autodeterminación, ni siquiera bajo aquellos modernos criterios). Si esos dos principios prácticos fuesen llevados a su extremo, el sistema internacional colapsaría.

La mayoría de los movimientos independentistas que tuvieron éxito llegaron a un punto resolutivo cuando proclamaron el triunfo de la voluntad parcial sobre la general, y cuando dejaron de reconocer el gobierno preestablecido, incitándole implícitamente al uso de la fuerza. Declarada la insumisión y la desobediencia al antiguo gobierno, éste se ve obligado al uso de la coacción sobre el gobierno y las instituciones secesionistas, así como contra el tipo de prácticas políticas que han promovido la secesión. Si la coacción que pudiera ejercer el estado incluyese el uso de la fuerza (y eso es lo que esperan los secesionistas) producirá con mucha probabilidad la erección de una frontera moral y sentimental donde antes, probablemente, no la había. En ese escenario más o menos violento, el principio de continuidad del estado, que hoy por hoy garantiza totalmente la integridad constitucional y territorial de España, dejaría de funcionar tan favorablemente como hasta ahora.

ERC y CiU, estrategias diferentes

Las fuerzas políticas soberanistas de Cataluña se acercan a la necesidad de resolver el dilema estratégico con que se enfrentan. Es evidente que ERC está en la senda de la confrontación (todavía no enteramente rupturista) con el estado: de ahí su insistencia en una fecha para el referéndum sobre la independencia; de ahí la insinuación de amenaza de una huelga económica de Cataluña en pleno; de ahí la advertencia de que las elecciones autonómicas próximas puedan producirse en clave plebiscitaria, seguida de una declaración unilateral de independencia, etc. En fin, una vía evocadora, con más o menos tintes dramáticos (eso lo dirá el momento),  de una insurrección.

Ésa no es la vía de CiU; sus bases sociales no están preparadas para la vía rupturista y para la insumisión. Su estrategia es más de fondo, más lenta, más de convencimiento hacia los estados y las opiniones de otros países, para ganar puntos legitimadores, y más de agotamiento psicológico de las fuerzas políticas españolas y de su voluntad de resistir las demandas o exigencias nacionalistas.

 Esta estrategia se conduce por dos vectores. El primero se dirige a la opinión interna, y actúa fortaleciendo el espíritu independentista mediante innumerables actos de estimulación de la imaginación y los sentidos; con ellos se condiciona o deforma la percepción pública de la Cataluña histórica y constitucional, y se la  reemplaza por lo que en epistemología se llama un "objeto psicológico", que no requiere particular contraste con la realidad empírica ni la observación de datos, porque el "objeto" es una construcción mental coherente, sin contradicción interna y, por lo tanto, impermeable a la refutación. Sus ‘leit motivs' son: fuimos independientes hasta 1714 y nuestra lengua nos hace culturalmente diferentes de los pueblos de España. Y como la democracia se basa en la voluntad del pueblo... etc. etc.

El segundo vector está dirigido a ensanchar la distancia emocional con los otros pueblos de España. El ejemplo más egregio es la convocatoria de una conferencia de historiadores catalanes titulada "Espanya contra Catalunya"; también se incluye en esta categoría la prohibición de los toros y el slogan populista ‘Espanya ens roba', así como las restricciones al despliegue de la bandera española en las instituciones, centros de enseñanza, etc. En esta categoría puede incluirse el menos que entusiasta interés de los nacionalistas catalanes en comprometerse con el ejecutivo español, al que se puede dar apoyo ocasional y negociado, siempre que no se le pida una asunción directa y personalizada de responsabilidades por las políticas que apoyan a distancia.

Volviendo al consejo nacional del PSC, el punto de la resolución que opera en contra de las urgencias y la estrategia independentista es aquel que exige que el nivel de aprobación de los cambios sea de dos tercios del parlamento de Cataluña: "no se puede pretender" - dice - que mayorías más débiles que las exigidas en su día para la reforma del estatuto de autonomía y el cambio de la ley electoral, determinen ahora lo que se ha de hacer después de que se practique "el derecho a decidir".

La resolución afirma que "somos heredero de los compromisos fundacionales del PSC, entre los que se encuentra el de preservar la unidad civil del pueblo de Cataluña", y declara que su "máxima `prioridad" es "impulsar un proceso de reforma constitucional federal inspirado en los acuerdos de Granada".

Esta posición rompe la unidad del bloque del "derecho a decidir". Su ala declaradamente rupturista se ve urgida a la acción por un momento psicológico marcado por el entusiasmo de sus huestes y la oportunidad que ofrece el descontento popular con la crisis, mientras su ala más calculadora prefiere consolidar los apoyos internos y externos hasta que crea haber formado un estado de opinión internacional favorable a dar algún grado de legitimidad a una decisión que en el interior no le es reconocida.

El PSC difiere todo el proceso a que se produzca una reforma constitucional, inspirada en unos principios federales que, en general, encuentran poca comprensión en la mayoría de las fuerzas políticas, y cuyo desarrollo necesitaría largas e inciertas deliberaciones. Decididamente, el PSC se ha salido de la estrategia y el cronómetro soberanistas. ERC y CiU están faltos de apoyos del centro del espectro político, y deberán encontrarlo en fuerzas menores, como Iniciativa/els Verds, o marginales como las CUP.

Observemos las reacciones de los independentistas al frenazo implícito en la resolución del PSC. El tiempo corre.

 

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