sábado, 12 de noviembre de 2011

Afganistán, alivio (temporal) gracias a la retirada

Pakistán espera su momento para llenar el hueco
Publicado el 10 de octubre 2011 en Capital Madrid
Antonio Sánchez-Gijón.– El pasado 7 de octubre se conmemoró el décimo aniversario del inicio del ataque norteamericano al régimen talibán de Afganistán. Después de una larga lista de acciones que resumiré aquí: una campaña de bombardeos masivos por aviones y misiles, una ofensiva de fuerzas especiales contra los reductos de al-Qaida, la formación de un gobierno elegido popularmente, la aprobación de una constitución formalmente democrática, varios procesos electorales a nivel nacional, la formación de una coalición internacional para defender y consolidar el nuevo régimen, la ocupación total del país por una fuerza aliada, la formación de una policía y un ejército nacionales de nueva planta, la inversión de decenas de miles de millones de dólares en programas de desarrollo (escuelas, hospitales, carreteras, parque móvil, edificios públicos, etc.), más el gasto de $500.000 millones en las fuerzas norteamericanas destacadas en ese país y la tercera parte de esa cantidad gastada por los miembros de la coalición; millares de víctimas militares y diez veces más de víctimas civiles.
Después de todo eso, los talibanes no tienen más que esperar a que las fuerzas norteamericanas y aliadas se retiren, como sus gobiernos tienen anunciado para antes del final de 2014, y lanzar su asalto a Kabul tratando de recuperar el poder.
Lo conseguirán si para entonces el ejército y la policía afganos no están preparados para resistir el asalto. Y es poco probable que lo estén, porque ambas fuerzas están trufadas de agentes y simpatizantes de los talibanes, muchos no visten el uniforme más que para recibir su paga, los conceptos de patria, nación y servicio al estado les son ajenos culturalmente, les da pereza la rutina militar, son en su mayoría semi, si no del todo, analfabetos, y no han logrado todavía por sus propios medios una victoria táctica o un combate digno de nota.
Apenas ahora, al cabo de diez años, los mandos y equipos de entrenamiento extranjeros empiezan a confiar el control de pequeñas porciones del territorio a algunas unidades del ejército afgano. Las deserciones con armas y bagajes son constantes. La vuelta de las armas de algunos soldados contra sus propios compañeros es un episodio cotidiano. De hecho, el ejército afgano se disuelve y reconstituye un poco, todos los días. Desde enero a junio del 2011, 23.000 soldados abandonaron el ejército o desertaron, y el ritmo crece: en junio lo hicieron 3% más que en mayo. No importa: siempre hay una masa de desocupados dispuestos a llenar los huecos. La misma noción de servicio militar obligatorio es ajena a la cultura política de los afganos, y el no tenerlo equivale a privarse de uno de los factores clásicos de integración nacional.
Primeros desafíos
Los padres de muchos de estos soldados formaron el ejército de la República Democrática de Afganistán (RDA), patrocinada por los soviéticos, y no tardaron en escuchar la llamada de la tribu y disolverse cuando los talibanes y la Alianza del Norte, del famoso guerrero Masud, presentaron los primeros desafíos serios al régimen pro-soviético de la época. Los que se habían convertido al marxismo-leninismo se reconvirtieron al Islam, y los que, al estilo soviético se afeitaban la cara se dejaron luengas barbas. La noticia de que los norteamericanos están ansiosos por encontrar interlocutores talibanes para pactar la pacificación del país no ayuda a sostener el esfuerzo militar. Los afganos son conocidos por oler muy bien de dónde sopla el viento y ponerse al pairo.
No se puede decir que los afganos sean por naturaleza medrosos o cobardes; al fin y al cabo los talibanes y la Alianza del Norte eran fuerzas aguerridas. Es que el ejército de la RDA y el actual han tenido por patronos ejércitos extranjeros, los cuales no lograron y no logran con sus abstractas ideas de progreso social y material revertir el sentido de las lealtades ancestrales de los afganos. Como los talibanes pertenecen en su mayoría a la etnia pastún, rival de todas las otras, es de prever que, si se debilita o disuelve el ejército afgano después de la retirada de la coalición internacional, el país vuelva a caer en la violencia que siempre le ha caracterizado.
El gobierno del presidente Karzai tampoco ayuda. Cada ministerio cuenta con una cadena de transferencias ilegales de fondos de la ayuda internacional a los clanes tribales o familiares, que iguala o supera el monto que se aplica a programas genuinos de desarrollo social o humano. La capital financiera de los afganos bien colocados se halla en los emiratos del Golfo. Las agencias del gobierno se han entregado a grupos tribales, en un intento vano de mantener una suerte de equilibrio de fuerzas. La producción y el comercio de opio es la principal fuente de ingresos. Recientemente estalló el escándalo del Banco de Kabul, cuyos directivos se prestaron para sus negocios particulares $1.000 millones con el consiguiente desfalco.
El cambio de rumbo militar
A lo largo de 2011 ha empezado a sentirse el alcance estratégico de la doble decisión del presidente Obama, anunciada en 2009, de reforzar el contingente de 70.000 hombres con otros 33.000, pero para empezar a retirar éstos últimos desde julio del 2011. La medida, contraria al parecer de los jefes militares y nunca explicada en términos de operatividad, produjo un auge temporal del control del territorio por la coalición, la recuperación del sur del país, un cambio del énfasis operativo desde la contrainsurgencia a la lucha antiterrorista, para pasar a la fase actual de abandono de muchas posiciones avanzadas y a la transferencia de comarcas o provincias enteras al ejército afgano. La consecuencia es que los talibanes controlan prácticamente el oeste del país, y operan por grupos numerosos o pequeñas partidas por todo el territorio, incluso en Kabul, donde se han permitido este año atacar el primer hotel de la capital y la propia embajada de Estados Unidos, así como mantener una campaña de asesinatos selectivos dirigidos contra figuras claves del régimen, como Walid Karzai, propuesto por el consejo político de Kandahar para gobernador de la provincia, y hermanastro del presidente, así como el del presidente de la comisión de pacificación, Burhanuddin Rabbani. El mismo gobierno ha enfriado, si no revertido, su impulso a las medidas liberadoras de la mujer, a las que ha retirado de sus contactos con los talibanes en su intento de llegar a un acuerdo de pacificación.
Es creciente el número de escépticos sobre la posibilidad de que el país se pacifique a través de la negociación. La Central Intelligence Agency (CIA) es un foco de incredulidad, a pesar de que su director, el general Paetreus, es el abogado principal de la política de hostigamiento a los talibanes. El anterior jefe de la misión militar alemana en la coalición, general Harald Kujat, cree que si se cumplen los planes aliados de retirada total de las fuerzas de combate en 2014 los talibanes tardarán unos meses en hacerse con el poder.
El presidente Obama ha prometido mantener después de la retirada de las fuerzas de combate algún contingente de fuerzas para la instrucción de, y apoyo al, ejército afgano. Esto equivale prácticamente a entregar toda la "Operación Afganistán" a Pakistán, deseoso de intervenir para ganar "profundidad estratégica" (algo así como el "lebensraum" hitleriano) que le permita mejor desafiar a la India. En términos socio-culturales es como un tuerto ayudando a un ciego. Pakistán es en muchos respectos un estado fallido, que encima posee el arma nuclear.
La sociedad pakistaní reúne muchos de los rasgos de la sociedad afgana: tribalismo, faccionalismo étnico, fanatismo religioso, barbarie antifemenina, corrupción rampante de la administración, el parlamento y la judicatura, aunque goza de minorías más ilustradas y preparadas que el país vecino. Los dos países forman el bloque más hostil a la modernidad, de entre las naciones que importan estratégicamente para el equilibrio mundial, y como tal siempre constituirá una base para que grupos audaces, fanatizados y aguerridos urdan ataques contra Occidente y otros adversarios socio-culturales.
Las sociedades occidentales esperan ansiosamente el día en que, con la retirada de sus fuerzas, empiecen a ahorrar vidas de sus jóvenes y masas ingentes de dinero. Probablemente el alivio durará poco.

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