Modesto intento de elevar unas anécdotas a categoría económica
Publicado eñ 17 de octubre 2011 en Capital MadridAntonio Sánchez-Gijón.– Es raro que un periodista que no es reportero de actualidad ni corresponsal de guerra pueda aportar experiencias personales no profesionales que, sin abandonar su carácter anecdótico, puedan ser elevadas a la categoría de materia de información. Creo tener un par de ellas; ambas han sido puestas en valor por la crisis fiscal, financiera y política que sacude Europa. De otro modo yacerían en el fondo del baúl como cosas singulares pero insignificantes. Se trata de dos experiencias vividas de modo radicalmente distinto en Alemania y en Grecia. Desde hace muchos años asisto a principios del otoño a la reunión anual del llamado Consejo Científico de Europa Nostra.
Como es sabido, Europa Nostra es la institución del Consejo de Europa dedicada a la protección del patrimonio histórico y monumental europeo por medio de la legislación pertinente. El Consejo Científico (al que los miembros llamamos modestamente Comité Científico), por extraños giros de la historia de las instituciones voluntarias europeas sólo se ocupa del patrimonio castellológico, con gran disgusto del Consejo de Europa Nostra, que nos acusa de particularismo y reduccionismo, por atribuirnos un título genérico para un aspecto particular del patrimonio.
El Comité Científico está formado principalmente por arquitectos, historiadores, arqueólogos, etc., y algún que otro escritorcillo como yo. El Consejo de Europa Nostra ha llevado siempre una batalla sorda contra el Comité, pretendiendo que nos abramos a todas las otras ramas del patrimonio europeo, pero en el Comité creemos que el nuestro es un grupo ya formado, articulado, especializado, con experiencia y actividad de casi sesenta años, y que abrirlo a otras ramas del patrimonio sería disolver su cohesión y su experiencia.
Si hubiera otros grupos, tan preocupados como nosotros por otras ramas del patrimonio (por las catedrales, por ejemplo, o por el arte rupestre, o los museos, o los jardines), ya se habrían formado. Y como estoy seguro de que en Europa hay grupos dedicados a todos esos tipos de patrimonio, sin estar integrados en la estructura de Europa Nostra, creo que es esta última institución la que debe actualizarse y democratizarse, porque siempre ha estado bajo el alto patrocinio de miembros de la realeza europea que, como no podía ser de otra forma, por constituir para ellos una carga de representación institucional, tomaban su misión con un punto de generoso diletantismo. Cuando lo que necesita el patrimonio monumental europeo es dinero y planes técnicos de conservación, que es precisamente sobre lo que trabajan la mayoría de los miembros del Comité Científico. Pero vayamos a las anécdotas que espero elevar a categoría.
La actividad estrella del Comité Científico es su reunión anual, que suele durar de cinco a siete días, y se celebra en algún país cuyas autoridades u organizaciones particulares ofrecen hospitalidad. El presidente del Comité, Gianni Perbellini, arquitecto de Verona, y su mano derecha Ioanna Steriotou, arquitecta y profesora en Salónica, logran milagrosamente levantar los fondos necesarios para que nos reunamos, presentemos nuestras ponencias, recogerlas y editarlas en un boletín anual, que constituye la verdadera memoria histórica de los castillos europeos.
En 2005 nos reunimos en Braubach, un pequeño pueblo de Renania-Palatinado, a orillas del Rhin, en un magnífico castillo reformado y conservado por una sociedad local. Nos alojaron en pensiones modestas, nos dieron comidas frugales, debíamos pagar nuestra cerveza o vino, y como cumplido nos dieron una cena medieval en el castillo y una magnífica excursión por los castillos del Rhin vecinos a Braubach.
En el 2009 celebramos la reunión en Rodas, la magnífica ciudad fortaleza de la orden hospitalaria de San Juan de Jerusalén. Éramos huéspedes del ayuntamiento: hotel de lujo, y visitas guiadas por los castillos de la isla, más un viaje por mar a otra isla de cuyo nombre no me acuerdo. Lo que contemplamos desde el autocar en Rodas fue desolador: centenares de urbanizaciones a medio terminar e inactivas, naves de negocios a medio levantar, grúas paradas, el paisaje afeado quizás irremediablemente...
Sancho en la hora del yantar
Supongo que para levantarnos el ánimo y convencernos de que lo que habíamos visto era sólo una crisis pasajera, el ayuntamiento nos dio una cena en un gran restaurante, con vocalista y todo. Nuestro grupo sería de unas veinticinco personas, pero allí había cubiertos para el triple por lo menos. Empezaron a servirnos: aperitivos de todo tipo, langosta, langostinos, quesos, jamones, luego los platos; uno de pescado, seguido de otro de otro pez, luego carne seguida de otra carne, todo con vinos blancos y tintos. En un momento determinado, todos las plazas no ocupadas del banquete empezaron a llenarse de gente, supongo que del pueblo. Y venga de nuevo otra ronda de platos para todos, nosotros incluidos, aunque ya no podíamos más. Carnes y pescados con otro guiso y de otra guisa. Luego los postres (¿tres, cuatro?) y los licores. Sólo faltó que nos dijeran como el cocinero a Sancho: "Pues llevaos la cuchara y todo, que la riqueza y el contento de Camacho todo lo suple".
Los invitados genuinos (¿o éramos una excusa?) nos hacíamos guiños: ¿quién pagará esto? Estuvimos de acuerdo en que el banquetazo lo habían pagado los fondos de cohesión europea. No sé si es cierto. Seguro que no. Quizás el gobierno griego. Quizás aún peor, el propio ayuntamiento de Rodas, entregado a un exhibicionismo de esplendidez, para simular la bancarrota perceptible desde una ventana de autocar.
Es difícil no ver en Braubach y Rodas dos estilos culturales, dos modos opuestos de ser europeos. De un lado estirar los recursos, de otro tirar los recursos. Desde una perspectiva geocultural, un sólo modo de mirarse: de reojo, e insinuar juicios recelosos sobre el otro: qué tacaños, piensa el griego del alemán; qué manirrotos, piensa del alemán del griego. O quizás todo sea el autoengaño de que cada uno de nosotros los europeos poseemos un carácter acendrado, irremediable, con consistencia ontológica: los alemanes ahorrativos y trabajadores, los mediterráneos vitales y dadivosos.
La crisis europea nos hace mirarnos con ojos o anteojeras culturales: es Durán y Lleida hablando de los andaluces que se gastan el PER en los bares, soy yo mismo que trato de entender la crisis en clave de ágapes austeros o pantagruélicos. Este, desde luego, no es el modo de abordar los graves problemas de confianza y credibilidad que nos afectan.
Pero de alguna forma hay que contemplarlos, si queremos resolverlos. No podemos pasar por alto que Grecia y Alemania, y España y los otros países de la euro-zona, cada uno a su manera cultural particular, han contribuido a la crisis. En el caso de Grecia, son los 1,5 millones de trabajadores públicos en una población laboral de 4,4 millones, o las setenta corporaciones profesionales de todo tipo que cierran el paso a la competencia, y protegen los intereses de sus clanes, o las trece mil piscinas particulares no declaradas al fisco en la ciudad de Atenas, o el haber perdido la tradición griega de industria naval a favor de otras razas que trabajan por menos, o la más baja tasa de impuestos de la eurozona, o el 25% del PIB atribuido a la economía sumergida.
Y qué decir de Alemania, el Pepito Grillo de nuestros días, que supo hacer compatible su deseo y necesidad de anclar al país fuertemente en Europa con la necesidad que tenían los otros dieciséis del euro de contar con un liderazgo económico fuerte y una solvencia fiscal a toda prueba, que no tardó Berlín en debilitarla al saltarse, antes de que estallase la crisis, los límites del pacto de estabilidad en cuanto a déficit fiscal y deuda pública.
Así que sí, la cultura debe entrar como input en los cálculos económicos. Y es mejor que lo reconozcamos nosotros mismos y enmendemos algunos de nuestros peores hábitos, antes de que los otros nos saquen los colores.
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