sábado, 12 de noviembre de 2011

HAY UN FACTOR CULTURAL EN LA ACTUAL CRISIS EUROPEA

Publicado el 7 de noviembre de 2011
Antonio Sánchez-Gijón.- Las facultades de Económicas no lo tienen en cuenta. Las escuelas de negocios suelen prestarle un poco más de atención. Es el factor cultural. La cultura de un pueblo, de una sociedad, como factor clave, si no determinante, del comportamiento de su economía. Lo vemos ilustrado en los casos extremos de Grecia y Alemania.
Grecia lo muestra tratando la economía con la parsimonia propia de una transacción de su bazar político, y viene a decir: ya que me apretáis tanto con la deuda, someteré vuestras condiciones a un referéndum. Pero si no os gusta el referéndum, no os vayáis, porque voy a formar un gobierno de unión que acepte vuestras condiciones. Y si soy un impedimento para el gobierno de unión, no os apuréis, que voy a dimitir. Aunque si no tengo socio para que se forme ese gobierno de unión antes de yo irme, tampoco os preocupéis, porque voy a convocar elecciones.
Alemania lo hace con metodología filosófica. Trata de sujetar el comportamiento económico de los gobiernos y pueblos de Euroeuropa al kantiano imperativo categórico, aquel que dice: obra de manera que tu comportamiento pueda ser elevado a la categoría de ley universal. Sé morigerado en la contracción de deudas y págalas aunque sea quitándote el retsina del almuerzo.
Con un salto tan grande de potencial cultural entre un país y otro, no es extraño que el salto entre los potenciales económicos de Alemania y Grecia sea también tan grande. O el de Alemania y España. Este tipo de especulación, en contra de lo que pueda parecer, está presente en el subconsciente de los europeos, y conforma sus juicios sobre los valores culturales de los otros y lo que los otros valen en la economía europea y mundial. No otro origen tiene la sigla PIGS aplicada poco gentilmente a los también llamados, con algo más de elegancia, países periféricos.
Y sin embargo el euro no puede negar su clara filiación política y su no muy convincente racionalidad económica. El euro fue una audaz jugada política, un proyecto para que Europa pudiese personarse en la liga de las potencias globales, ante Rusia (entonces) y Estados Unidos, y hoy ante China. Esa jugada satisfacía los intereses de Alemania, que con la moneda común sobrellavaba el costo de la reunificación de sus dos estados, y llenaba de contento a Francia, que sabía que todo el mecanismo giraría sobre el eje París–Berlín. Era su única forma de jugar a gran potencia mundial. Para agrandar el peso político de ese núcleo en el mundo era deseable integrar una constelación de estados, hasta los 17 de hoy. Los cálculos de los otros eran que con la moneda única se derivarían  beneficios tales como costos de transacción cero y un acceso al crédito en una moneda sólidamente respaldada por fondos soberanos de algunos de los países más ricos del mundo, lo que permitiría cubrir los déficits públicos creados por la demanda de bienes y servicios sociales.
Aquello se parecía más a una proposición hegeliana que a una kantiana: era optimista, arrolladora, marchando en el sentido de la historia, todo ello hecho posible por el triunfo del liberalismo y el capitalismo sobre el otro gran sistema, el social-comunista, y acreditando de pasada algo del propio triunfo a la socialdemocracia.
El momento hegeliano del euro terminó con la crisis financiera de los Estados Unidos. No se tardó mucho en descubrirse que los mecanismos crediticios europeos ocultaban un gigantesco Lehman Brothers. Ahora se ponían al descubierto las debilidades culturales del proyecto del euro. Los compromisos nacionales de déficit no se cumplían (primero, paradójicamente,  por Alemania y Francia, luego por muchos otros). La banca estimulaba la economía financiera, en detrimento de la productiva. Aquello era un desorden. Fue la Alemania de Merkel la que recondujo la situación: la eurozona no podía seguir siendo tratada como un proyecto político; debía ser también un proyecto sometido a los rigores de la cuenta de resultados, como una empresa. Todos los socios debían equilibrar sus cuentas. Entonces empezaron a manifestarse los talantes culturales de cada uno de los socios: Portugal, con estoica resignación, casi sin protesta; Grecia con tragicómica resistencia; Italia con desahogada displicencia; España con renuente sometimiento.
La eurozona vista como empresa
Así que el problema es cómo sujetar la rica variedad cultural de los europeos (que no lo olvidemos, condiciona su productividad económica) a un mismo patrón, a una misma “ley universal”, que unifique, que homogeneice su rendimiento productivo, su competitividad, que diluya las resistencias al cambio; en resumen, que integre sus economías en un mecanismo financiero, industrial y comercial común, que vaya reduciendo las diferencias entre regiones ricas y pobres, entre grupos humanos bien formados intelectual y técnicamente, y grupos humanos socialmente atrasados.
Como la eurozona está siendo tratada como una empresa, es preciso saber dónde está el dinero que le permita seguir operando. No parece estar, en las cantidades suficientes, en unos bancos abrumados por los fallidos de diverso género. Tampoco la suma de las reservas soberanas del conjunto puede dar cuenta de las deudas globales.  Al ser tratada la zona euro como una empresa, no se le debe pedir cuenta de resultados positivos si no se le da el principal instrumento para crecer, es decir, si no recibe créditos.
Hay dos propuestas básicas de adquisición de crédito: la primera es que el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera funcione como un banco, y amplíe su capacidad con complejos mecanismos de garantías, que de momento no parece convencer a los inversionistas. Tampoco a Alemania, que ve obstáculos constitucionales a su creación.
Como alternativa habría que buscar en el armario institucional de la Unión Europea. Un grupo de políticos y economistas allegados a Jacques Delors, antiguo presidente de la Comisión Europea, propone acudir al Banco Europeo de Inversiones, que cuenta con dos veces los fondos del Banco Mundial. Aunque los recursos de que dispone no son muy grandes (80.000 millones de euros), sí cuenta con la capacidad técnica para crecer, si acude a los grandes yacimientos de recursos financieros poseídos por los cincuenta grandes fondos soberanos existentes en el mundo. Los localizados en el Golfo se estima que disponen de $1,4 billones. China, con unas reservas de $3,2 billones, cuenta con un fondo soberano (China Investment Corporation) de 300.000 millones. Un informe del International Institute for Strategic Studies estima que el 40% de los fondos soberanos existentes estaban invertidos en Europa, por lo menos hasta la crisis de junio del  2010. Desde entonces, se ha producido una fuerte desinversión con pérdidas.
Resumiendo, en el mundo hay dinero suficiente, Una parte de él está en los bancos y las empresas europeas, pero sujetos a la falta de confianza, derivada a su vez de la falta de coherencia cultural de Europa y sus consecuencias financieras. Otra gran parte de él está fuera, esperando a ser tentado por unos mecanismos institucionales europeos convincentes. Quizás lo que le falte a Europa en este momento sea un poco de optimismo hegeliano y le sobre un poco de sequedad kantiana.

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