Antonio Sánchez-Gijón.- La inauguración de la presidencia rotatoria del consejo de la Unión Europea solía ser una especie de puesta de largo para los países de nuevo ingreso cuando les llegaba el turno de ejercer su “reinado” semestral. Y veíamos a primeros ministros-presidentes contentos y excitados como niños que estrenan traje de primera comunión. Ya no más. El tratado de Lisboa ha vaciado de contenido el cargo temporal y ha traspasado sus competencias al presidente del Consejo Europeo. Polonia aún espera su momento de “pompa y circunstancia” que le muestre a sus socios europeos como uno de los grandes de entre ellos. El 1 de julio asumió la presidencia nominal del consejo europeo, y el hecho pasó sin pena ni gloria en Europa y en Polonia misma.
Pero no hay motivo de desconsuelo para el primer ministro polaco, Donald Tusk, quien renovó su mandato en las elecciones del pasado domingo día 9. Aunque los resultados no le dieron la mayoría absoluta, le permiten seguir al frente del gobierno. Es la primera vez desde la instauración de la democracia en Polonia en 1989 que un gobierno renueva su mandato en unas elecciones. Con el 39,18% de los votos ,su partido Plataforma Cívica obtuvo 207 escaños en el Sejm o cámara baja, y podrá contar con la mayoría necesaria para gobernar mediante su coalición con sus socios actuales, el Partido Popular Polaco, que obtuvo el 8,6% de los votos, asegurándose una mayoría de 235 en una cámara de 460 diputados.
Lo más llamativo de esas elecciones, sin embargo, fue el ascenso de un partido personalista y de características casi extraparlamentarias, el Ruch Paliota, del extravagante Janusz Palikot, un ex-miembro de la Plataforma Cívica, que ha logrado formar un movimiento ligeramente antisistema. Con el 10,02% de los votos, sin duda esta fuerza se convertirá en un factor a tener en cuenta en la política polaca, pues rompe los esquemas y convencionalismos de Polonia como una sociedad anclada en hábitos moderados liberales o conservadores. Ruch Paliota trata de hablar a una juventud poco esperanzada en alcanzar empleo estable e ingresos para formar una familia, y evitar la emigración.
Se estima que actualmente hay 1,2 millones de trabajadores en el extranjero. Pero esta situación refleja una notable mejora con respecto al día en que Polonia ingresó en la Unión, y dos millones de trabajadores emigraron a Occidente, principalmente a Alemania.
Polonia es uno de los pocos países europeos que crecen. Lo viene haciendo en los últimos años a un ritmo medio del 4% anual. Con una renta per capita de 9.300 euros, sin embargo, tiene aún mucho recorrido antes de sentir que se puede medir de tú a tú con una Europa occidental cuya renta media es de 28.400 euros. Cuánto tiempo podrá mantener Polonia el empuje de su crecimiento es, sin embargo, materia de preocupación. El estancamiento de las economías euro-occidentales frena el crecimiento de las exportaciones industriales y agrarias polacas.
De momento algunas cifras macroeconómicas van viento en popa: en los ocho primeros meses del 2011 las exportaciones crecieron 15,3% sobre el mismo periodo de 2010, aunque las importaciones lo hicieron prácticamente al mismo ritmo. Sus principales mercados son Alemania, Rusia y la República Checa. La favorable situación comercial viene estimulada por un zloty que se considera infravalorado. El desempleo se mantiene en el 12%. Hay motivos de preocupación, sin embargo. El crecimiento económico se ha logrado en parte gracias a una expansión del déficit público, que llegó el pasado año, según The Economist, al 7,9% del PIB. No obstante, la deuda pública polaca está por debajo del criterio marcado para la eurozona, del 60%. Un gran desafío al equilibrio presupuestario lo constituirá el programa, ya aprobado, para una central nuclear en servicio en el 2023, por un importe de euros 25.000 millones.
Proyectos para Europa centro-oriental
Polonia tiende a medirse en términos de influencia y economía con los países del centro-este de Europa. Sus referencias son los países liberados del comunismo en los años noventa que entraron en la UE más Bielorusia y Ucrania, y para algunos conceptos incluso Austria. Así Polonia se precia de poseer unos activos bancarios de 292.000 millones euros, superiores a los de la República Checa (173.000 millones) y Hungría (121.000 millones). Treinta y tres de los 200 mayores bancos de esa zona son polacos.
Uno de los empeños económicos del momento es hacer de la bolsa de Varsovia un punto de referencia para Europa centro-oriental. Actualmente, su capitalización tiene un volumen algo inferior a la de las bolsas de Viena, Praga y Budapest combinadas. La de Varsovia está en un proceso avanzado de privatización, aunque el gobierno se reserva algunos poderes clave. El 48% del capital jugado en bolsa es de origen extranjero. Las privatizaciones de empresas públicas juegan un papel importante en la expansión bursátil. El último gobierno de Tusk ha privatizado hasta ahora 535 empresas. Hay, sin embargo, una fuerte resistencia de la opinión pública a este proceso de privatización.
Las perspectivas de Polonia para su presidencia de la Unión no son muy brillantes: la crisis griega y sus secuelas lo tapan todo. Lo que se puede esperar, sin embargo, es una lucha a brazo partido por los fondos de cohesión.
Otro de los temas constantes de los gobiernos polacos es el refuerzo de la política europea de seguridad y defensa. Temerosa siempre de Rusia, e insegura sobre la duración del compromiso norteamericano con Europa, Polonia ha empleado mucho capital político para la formación de una fuerza plurinacional con algunos países ex-comunistas, con la intención de aportar un “grupo de combate” al Eurogrupo, la combinación de fuerzas formadas por algunos países de la Unión. Este modelo de configuración de las fuerzas occidentales es poco probable que pueda competir con la propia de la OTAN, de coaliciones ad hoc para crisis específicas, y que ha demostrado su operatividad en Libia. Pero Varsovia no ceja: con Suecia trata de formar una Asociación Oriental, que estreche las relaciones de seguridad con los países ex-comunistas de afiliación occidental. También sus fuerzas armadas colaboran con las de Rumanía, Hungría y República Checa en el llamado Grupo de Visegrad, que tiene una clara vocación adversa a Rusia.
Estos intentos de diversificación de la seguridad polaca deben contrastarse con la firmeza del anclaje atlántico de Polonia, puesto de manifiesto por la visita a Varsovia, en mayo último, del presidente Obama, para asegurar la participación de Polonia en el llamado escudo anti-misiles, y el emplazamiento futuro en Polonia de los misiles MS-3.
En conclusión, hay alguna parte de Europa donde todavía parece latir la esperanza económica y el espíritu que había inspirado, hasta la presente crisis, la construcción europea.
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