sábado, 12 de noviembre de 2011

Los europeos, en desventajosa minoría entre los 7.000 millones de terrícolas

Cambios drásticos de poder demográfico y económico
Publicado el jueves 27 de octubre de 2011

Antonio Sánchez-Gijón.– Con una capacidad casi mágica de construir algoritmos, el departamento de Población de las Naciones Unidas nos asegura que el martes de la próxima semana, 31 de octubre, nacerá el habitante de la tierra número 7.000 millones. Habrán pasado entonces doce años desde que nació el habitante no. 6.000 millones, también en octubre. La proporción en que esos nuevos terrícolas habitarán una u otra parte de la tierra producirá un gran impacto en el reparto del poder político y económico entre continentes y civilizaciones. Europa no sale favorecida.
Miremos la estructura geoeconómica general del globo. Hasta hace unos veinte o veinticinco años la actividad económica mundial giraba en torno a tres polos de alto desarrollo industrial y científico: Norteamérica, Europa occidental y Japón. En torno a cada uno de ellos giraban como satélites grandes grupos de naciones más o menos dependientes: Latinoamérica giraba en torno a Norteamérica, África (de norte a sur) en torno a Europa; parte del este asiático lo hacía en torno a Japón.
El desarrollo demográfico y económico global registrado en esos veinte o veinticinco años ha cambiado el cuadro de la siguiente forma: Latinoamérica se ha convertido en un polo de desarrollo económico autónomo, que interactúa con Norteamérica unas veces como socio comercial e industrial, y otras como competidor. Oriente ha registrado el cambio más espectacular. No sólo han surgido gigantescos polos de desarrollo económico, como India y China, sino que simultáneamente en el Pacífico se ha configurado una región económica de rango mundial, en que figuran Japón, Corea del Sur, Vietnam, Taiwán, Singapur, Australia, etc.
Por su parte, Europa occidental, durante ese tiempo, ha incorporado a su esfera económica y política a unos cien millones de habitantes de una región, la de los países ex-comunistas, reducida a un gigantesco parque de chatarra industrial, y ha tenido que gastar ingentes cantidades de dinero en, primero, frenar su descenso al hambre y, segundo, transferirle recursos cuantiosos para reconstruir y expandir sus infraestructuras, de tal modo que puedan reemprender la vía del crecimiento.
En la antigua constelación de dependientes de Europa no europeos, formada principalmente por los países africanos de norte o sur, no ha surgido en este tiempo ningún polo de crecimiento significativo, si exceptuamos Sudáfrica, que tiene una proyección relativamente pequeña sobre el espacio europeo. Mientras tanto, la población del continente africano ha crecido de modo exponencial, pero las condiciones político-sociales de muchos países del África subsahariana han pasado por algunas de las más catastróficas situaciones producidas en el mundo: incontables guerras civiles, hambrunas y despilfarro de recursos naturales. Por su parte, la ribera norte de África, de población árabe, sólo ha representado, desde la era contemporánea, el papel subordinado de suministrador de recursos energéticos, pero últimamente ha entrado en un proceso revolucionario que ha interrumpido su poco o moderado desarrollo, y hará de esta región un recipiente neto de recursos financieros durante muchos años y un foco potencial de inestabilidad.
Demografía y civilizaciones
La posibilidad de que una agrupación de países conserve o cambie con desventaja su posición relativa entre la sociedad de naciones depende de modo crítico de factores demográficos. Europa se halla en el estrato de países por debajo del nivel de fertilidad necesario para asegurar el reemplazo de las generaciones, que hoy se produce en 2,1 nacidos por mujer fértil. La fertilidad relativa de África Subsahariana es de 4,64, lo que quiere decir que, dadas las tendencias actuales, en el año 2050 habría 2.000 millones de subsaharianos. Naturalmente, todo esto se predica sobre el supuesto de que las tasas de natalidad permanecen constantes, pero eso no es probable, ya que una de las tendencias que siguen al desarrollo es un descenso de natalidad. Por lo tanto, habrá que esperar cierta disminución de la población proyectada para África subsahariana.
En conjunto, el mundo que hasta ahora llamábamos desarrollado (Europa y Norteamérica) declinará tanto en población como en poderío económico. Si hoy día su población es del 15% del total mundial, en 2050 será del 10%, y su PIB caerá del 50% mundial actual al 30% en ese mismo año (Jackson y Howe, The Graying of the Great Powers, pp. 6-8).
En cuanto a Europa, el desafío principal en estas relaciones demográficas debe esperarse del África subsahariana, con un aumento en flecha de los jóvenes en edad laboral. El estancamiento o retroceso de la población europea augura un agravamiento acelerado de la dependencia entre no trabajador/trabajador. Cualquiera podría sugerir que dada la bolsa creciente de mano de obra joven en África y su escasez en Europa, el ajuste lógico y natural vendría por la emigración del sur al norte.
Es aquí donde interviene un factor generalmente pasado por alto en los estudios sobre la economía mundial: el que tienen que ver con la naturaleza de las civilizaciones bajo las que viven las diversas sociedades. Todos hemos leído estudios y libros sobre el auge y caída de las civilizaciones. Si la civilización occidental, o europea, no está en auge en estos tiempos, parece que la civilización árabe sigue sumida en una etapa secular de estancamiento. Es muy conocida (aunque no sé si del todo exacta) la estadística que dice que en España se editan en un año tantas obras originales como se han editado en el mundo árabe desde que existe la imprenta. Si esto es así en una civilización como la árabe, con una historia literaria y filosófica larga, muy influyente en siglos pasados, imagínese el grado de nivel cultural de las sociedades subsaharianas, con culturas literarias muy pobres y cultura filosófica o científica prácticamente nulas. De ahí sus índices de educación básica mucho más bajos que los de los países árabes.
Esto quiere decir, en términos productivos, que cualquier déficit laboral europeo, debido a su desfavorable estructura poblacional, apenas podría ser cubierto con un suministro de mano de obra preparada, muy escasa en el conjunto de África pero vitalmente necesaria en sus países de origen. Como la vitalidad de la población joven no se marchita por la falta de oportunidades, además de la emigración tenemos que en África han empezado a surgir formas inquietantes de espíritu emprendedor, como la piratería en el Cuerno de África y el Golfo de Guinea, y la más novedosa de las iniciativas empresariales africanas: cárteles de la droga en Guinea-Bissau, Guinea, Ghana y Nigeria, que ha llevado a una reunión reciente de los ministros correspondientes del G-8 para intentar atajar este problema incipiente.
Estas percepciones están al alcance de cualquier persona medianamente informada, y son causa del malestar que recorre Europa en cuanto a lo que todo esto significa para el futuro de la economía, por un lado, y de Europa como civilización, por otro. La problemática rebasa la actual capacidad de resolución de los políticos y no goza de prioridad entre sus agendas. El mecanismo de control de migraciones de la Unión Europea está rebasado en Italia, España y sobre todo Grecia; este país no puede ni asimilar ni gestionar los 130.000 inmigrantes no autorizados que entran en un año con destino al resto de Europa. Los centros de acogida de inmigrantes clandestinos en España, Italia y Malta, y los más nuevos de Rumanía y Bulgaria no dan abasto, y son decenas de miles los inmigrantes que entran clandestinamente y se quedan flotando entre la población europea, sin oficio ni beneficio.
La misma población inmigrante legalmente establecida presenta problemas de asimilación, debidos más a disparidades culturales que laborales. De ahí el auge de los partidos de extrema derecha en Holanda, Francia, Dinamarca, o la incomprensible acción del noruego Breivik, revestida de fundamentalismo religioso pero ocultando una profunda paranoia cultural.
Europa debe aún encontrar el equilibrio deseable y exigible entre sus necesidades productivas, sus políticas de población y de inmigración, y su comprensión de sí misma como una cultura que no sólo debe luchar por conservar su posición relativa en la estructura mundial de poder, sino también contribuir a una elevación del bienestar y seguridad de los 7.000+ habitantes del único globo terráqueo que tenemos.

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