lunes, 27 de febrero de 2012

La ciber-revolución y la primavera árabe, fenómenos muy limitados

Condiciones poco favorables a la democracia
Antonio Sánchez-Gijón.– El 2012 traerá un amargo despertar a todos aquellos que se dejaron llevar por el entusiasmo provocado por dos fenómenos de gran resonancia mundial: la aparente capacidad de las redes sociales tejidas entre los usuarios de internet para agitar las aguas de sociedades estancadas, y el efecto contagioso de la revolución de un país árabe sobre sus vecinos físicos y culturales del norte de áfrica y Oriente Medio. En realidad las dos anteriores proposiciones se pueden resumir en una: los individuos, generalmente jóvenes, y los grupos amistosos que estimularon a lo largo del 2011 la creación de esas redes sociales (tweet, facebook, blogs, etc.) crearon un clima de rabiosa oposición al status quo social y político de los países árabes, sus dictadores y sus camarillas. A partir de ahora hay que medir sus efectos.
Muchos sociólogos de las nuevas tecnologías sacaron la conclusión de que allá donde penetrase internet y con ella el acceso a las redes sociales, las sociedades se volverían, paulatina aunque necesariamente, más abiertas, y los tiranos menos seguros. En consecuencia, la movilización instantánea de masas convocadas por esas redes sociales hizo pensar a los observadores, sobre todo a los occidentales, que las sociedades árabes asistían a una serie de revoluciones.
Nada más lejos de la realidad. Contra la primera presunción se levanta el nuevo libro del profesor de Stanford y ciber-guru Evgeni Morozov, The Net Delusion: the Dark Side of Intenet Freedom. Contra la segunda presunción (por lo menos para un caso concreto de las supuestas revoluciones árabes, la egipcia) se levanta el estudio de Robert Springborg, antiguo director del Middle East Institute, de Londres, titulado The precarious Economics of Arab Springs.
El libro de Morozov es un desmentido a las tesis que él mismo había mantenido dos años y medio antes, cuando calificó una revuelta en Moldavia (abril del 2009) de "Revolución Twitter". Cuando el término se popularizó con motivo de la revolución iraní contra la manipulación de las elecciones presidenciales del verano de ese mismo año, él ya había perdido fe en el potencial transformador de la red. Como dice en un blog suyo de Foreign Affairs, las autoridades también leen los mensajes que se pasan los tuiteros, y saben dónde van a reunirse y con quién.
En realidad, viene a decir Morozov, las autoridades están deseosas de que te apuntes a las redes sociales, porque así saben, sin necesidad de más pesquisas, que eres su enemigo. Otro peligro de la movilización a través de las redes es que todo el esfuerzo y el talento se concentran en conseguir convocatorias numerosas de protestantes, descuidando los aspectos organizativos del movimiento, la planificación de las acciones provocativas o conspirativas, etc. Así, los activistas de red se convierten, en palabras de Morozov, en "cautivos digitales", o "ciber-utópicos".
Otro aspecto limitador de la capacidad subversiva de las redes  es la complicidad inconsciente que los tecnólogos digitales y de la comunicación tienen respecto de los poderes establecidos, al crear herramientas de censura contra posibles usos de la red por terroristas y otros criminales, herramientas que a su vez son usadas por los gobiernos para censurar los grupos hostiles.
La democracia no está en el horizonte
De las dos grandes corrientes de ciber-utópicos a los que se les han calentado los cascos con la llamada Primavera Árabe, la europea y la norteamericana, la segunda es la más ilusa. Ello puede deberse a que los estadounidenses sólo han conocido una revolución, la de la independencia, mientras que los europeos ya ni podemos contarlas, pues han sido tantas.
Desde esta columna (bajo el antetítulo Geopolítica) se ha mirado con escepticismo el potencial revolucionario de la dichosa Primavera, y hasta casi se ha llegado a sugerir en varios artículos que las sociedades árabes de cultura musulmana son inmunes a nuestra idea y modelo de lo que es una revolución. El estudio de Springborg antes mencionado parece confirmar, por lo menos en lo que a la Primavera Egipcia se refiere, este prejuicio.
Para Sprinborg, la idea de Primavera Árabe refleja ansias de amplios grupos sociales de alcanzar la democracia. El autor identifica los factores sociológicos que la hacen posible. Éstos, o no se dan en el mundo árabe, o lo hacen en un grado demasiado incipiente como para poder derribar unos regímenes autoritarios, represivos y socialmente injustos. Lo que él describe de forma detallada para Egipto es extensivo, nos advierte, a las otras sociedades árabes.
Estas sociedades árabes son demasiado jóvenes (sólo las del África subsahariana son más jóvenes). Por eso son muy volátiles y poco socializadas. Donde más éxito ha tenido la Primavera es en Túnez, que precisamente tiene le edad media de población más alta en el mundo árabe.
Son demasiado rurales. Hay una sima cultural y de expectativas que separa las poblaciones urbanas de las del mundo rural. Egipto, incluso, aumenta su población rural, al observarse una corriente desurbanizadora. En las urbes no se ha creado la suficiente industria como para retener o allegar población, y la vida rural es más benigna para los pobres. La noción de democracia se difunde bien en las ciudades y apenas es tenida en cuenta en el campo.
Hay demasiados pobres. Bajo Mubarak, y entre 2004 y 2009, la población pobre pasó del 19,6% del total a 21,8%. Hoy, 18 millones de egipcios viven con menos de $1 al día.  La democracia no es la primera preocupación del egipcio pobre.
La clase media es muy débil. Su principal foco de empleo es la administración. Desde hace diez años los empleos públicos de Egipto se mantienen al mismo nivel: 5.500.00, mientras que la fuerza en edad laboral ha pasado de 17 a 27 millones. El sector privado ha perdido entre 2000 y 2009 un 5% de empleos y ha reducido la masa salarial en 9%. El gobierno militar, en orden a aplacar el descontento popular, decidió convocar 450.000 nuevos puestos en la administración.
La educación es muy pobre, incluso a nivel universitario. La formación profesional está a la cola del mundo en desarrollo.
La estructura del empleo es adversa a la socialización. Dos tercios de la mano de obra que entra en el mercado laboral egipcio lo hace a la economía informal. La estructura empresarial está atomizada: dos tercios de los empleos se dan en empresas con menos de 5 trabajadores.
La sociedad está altamente subsidiada por el estado. El estado asistencial incluso beneficia a los más pudientes, algunos de cuyos consumos están subvencionados, como alimentos y energía. En 2000 los subsidios del estado equivalían al 26% del presupuesto; en 2009 habían subido a 45%. Retirar los subsidios provocaría una catástrofe.
Las pobres condiciones de la infraestructura productiva de Egipto no han hecho sino agravarse con las agitaciones de la Primavera. La deuda pública había aumentado en siete años, durante el régimen de Mubarak, del 72% del PIB al 114%. Después de su derrocamiento la producción ha bajado, el turismo se ha paralizado, el capital huye y los gasoductos sufren sabotajes.
Después de observar toda la agitación, violencia gubernamental  y abusos que han acompañado la Primavera, cualquiera diría que las condiciones políticas están maduras para desembocar en  una revolución. Por el contrario, todo lo traído aquí, con testimonios de otros, apunta a que tanto la ciber-revolución como Tajrir-revolución son fenómenos, al menos de momento, indicativos de un malestar general en las sociedades que las viven, pero no pruebas  de que detrás de ellas se anuncia la democracia y mucho menos la justicia social.
La obra de Morozov se titula "The Net Delusion: the dark Side of Internet Freedom. Public Affairs. New York 2011, 408 pp.
El estudio de Robert Springborg, en "Survival", the International Institute for Strategic Studies, diciembre 2011-enero 2012.
Publicado el 2 de enero del 2012 en Capital Madrid.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario