Irán ante tres alternativas: contención, disuasión o negociación
Antonio Sánchez-Gijón.- El asesinato, este último martes, de Ahmadi Roshan, un químico al servicio del programa nuclear iraní, se ha producido en un momento inoportuno para quien se proponga en serio frustrar cualquier intento de Irán de hacerse con el arma atómica. El asesinato posiblemente estimulará a las autoridades iraníes a acelerar su fabricación, cuando las sanciones que se acumulan sobre su economía le habían hecho recapitular su estrategia de mantener a la comunidad internacional a oscuras respecto de sus intenciones.
Ha sido el cuarto asesinato de ingenieros nucleares en dos años: el primero de ellos en 2010, y los otros dos en 2011, todos mediante métodos similares: un ataque con bomba. El efecto de estos asesinatos sobre el programa nuclear iraní es incierto. Lo que sí parece cierto es que la presión internacional sobre el régimen le ha conducido a poner en evidencia fallos graves de su planificación estratégica, con unas autoridades diciendo una cosa y otras la contraria.
A finales de año el vicepresidente y un alto mando de la marina amenazaron con cerrar el estrecho de Ormuz, como una medida de retorsión contra las sanciones impuestas por Occidente, sin reparar en el pequeño detalle de que la casi totalidad del petróleo iraní pasa por ese estrecho, por no hablar de que tal medida es legalmente un acto de guerra. No pasaron muchos días hasta que un alto mando de los “guardianes de la revolución”, el cuerpo que constituye la espina dorsal militar de Irán, desmintiera que Irán tuviera intención de hacer semejante cosa.
Entretanto, el presidente Ahmadinejad trata de aliviar la presión de las sanciones paseándose por agentes tan marginales del sistema internacional como Venezuela, Cuba, Nicaragua y Ecuador. Las esperanzas de formar un arco de alianzas que contrarresten la presión de Occidente con Iraq y Siria se ven frustradas por la debilitación del régimen de al-Asad de Damasco y la rebelión sunita contra el gobierno y la mayoría shiita de Bagdad. Moscú y Pekín, que siempre se opusieron a la imposición de sanciones a Teherán, han adoptado la postura más flexible de admitir que cualquier sanción que ellas apoyen debe pasar por las Naciones Unidas.
Las sanciones surten efecto
Los países importadores de petróleo iraní están tomando sus precauciones. La Corporación JX Nippon Oil anunció recientemente que ha abierto negociaciones con Arabia Saudí y otros productores para hacer nuevas compras. El gobierno surcoreano anunció hace pocos días su intención de reducir su importación de petróleo y otros productos petrolíferos iraníes. Hay otra información que asegura que China he reducido de modo notable sus importaciones de crudo iraní, aunque no se sabe si en este caso se trata de un medio de presión sobre Teherán para conseguir mejores precios.
En todo caso, los importadores de crudo desconfían de la nerviosidad de Teherán tanto como temen las consecuencias del boicot norteamericano a las transacciones del Banco Nacional Iraní, y que serán aplicadas en fases a partir de junio próximo, según una resolución del congreso norteamericano. Las naciones europeas se unirán a este programa de sanciones con una reducción creciente de sus importaciones de Irán. Todas las sanciones que se aplican a Irán derivan su legalidad de la resolución 1929 de las Naciones Unidas.
La amenaza de sanciones sobre la economía está surtiendo el efecto deseado: la moneda iraní se está devaluando rápidamente, y como consecuencia los alimentos se han encarecido en los últimos meses hasta un 40%.
Lo irónico de la situación de Irán es que todos los problemas le vienen no por haber tomado la decisión de construir la bomba atómica, sino por haber burlado repetidamente sus obligaciones bajo el tratado de No Proliferación Nuclear. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Leon Panetta, ha dicho recientemente que Irán no está tratando al presente de construir un arma nuclear, sino que ya posee la capacidad de hacerlo. Ello le es posible por haber producido ya suficiente combustible nuclear enriquecido al 20% para satisfacer sus necesidades de uso médico durante cinco años, y poder pasar desde ese nivel de enriquecimiento a otro de grado arma en muy poco tiempo.
Ciertos análisis solventes del comportamiento del liderazgo iraní hacen sospechar que, de momento, la cuestión nuclear no es internamente divisiva. La oposición que surgió con motivo del fraude electoral del 2009, que eligió presidente a Ahmadinejad en perjuicio del opositor “verde” Mussavi, apoya el desarrollo nuclear de Irán y el desafío a las sanciones. Otra cuestión es el efecto que produciría la decisión de adquirir el arma nuclear.
Esta cuestión está a su vez relacionada con el modo con que cada una de las facciones ve los alineamientos estratégicos adoptados por el liderazgo. El actual “líder espiritual” de la llamada revolución iraní, Jamenei, se muestra inflexible en no someterse a las recomendaciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Sólo ha hecho concesiones puramente de fachada, como haberse sentado a la mesa negociadora con el grupo internacional de control en 2010-2011, bajo la presión ejercida por los asesinatos de los ingenieros nucleares, para anunciar poco tiempo después la existencia de una instalación del programa nuclear desconocida por los inspectores del OIEA.
La “Primavera Árabe”, desfavorable a Irán
La llamada Primavera Árabe ha anulado uno de los elementos más potentes de la propaganda ideológica iraní sobre los pueblos árabes, el de su activa oposición a las impopulares dictaduras militares apoyadas por Occidente. Esas dictaduras, según el argumento de Teherán, se acomodaron a la existencia del estado de Israel, y aún, como el Egipto de Mubarak, apoyaban directamente al estado sionista.
El hecho de que los pueblos árabes liberados sean en su casi totalidad de confesión sunita pone a la luz las diferencias sectarias con los chiitas de Irán. Este factor es más evidente en la región del Golfo. Arabia Saudita está embarcada en un cuantioso programa de rearmamento, con compras millonarias de aviones a Estados Unidos y tanques a Alemania. De momento, las aventuradas acciones de Irán en la escena internacional han producido un efecto negativo para las poblaciones chiitas del Golfo, que han visto reforzada su sujeción, debido al temor de los gobernantes sunies a que Teherán explotase las protestas.
Cuánto tiempo podrá Irán bailar en la cuerda floja, entre su “capacidad nuclear” y su “decisión del arma nuclear” no está claro. Quizás las elecciones parlamentarias que se han de celebrar el próximo marzo ayuden a clarificar un poco esta cuestión. Entre tanto, la política de contención contra Irán, encabezada por Estados Unidos y seguida por Europa y otras potencias, sigue su curso. En caso de fallar esta política, e Irán se hiciese con el arma nuclear, Occidente no tendría más alternativa acudir a una política de disuasión, en la que cualquier arma nuclear de Irán se enfrentaría al uso masivo del mismo tipo de armas contra su territorio.
Es seguro que el liderazgo iraní, a pesar de cometer errores como el de la amenaza del cierre de Ormuz, es capaz de comprender que entre el Scilla de la Contención y el Caribdis de la Disuasión, hay una tercera alternativa: la Negociación.
Publicado el 12 de enero 2012 en Capital Madrid.com
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