Publicado el jueves 17 de mayo de 2012
La seguridad europea y aliada, en una transición equívoca
Cumbre del Consejo Atlántico en Chicago
Antonio Sánchez-Gijón.– El domingo y lunes próximos, días 20 y 21 de mayo, se producirá la entrada en la gran escena internacional (como algo distinto de la escena europea), de los líderes de tres de los países grandes de Europa: François Hollande por Francia, Mario Monti por Italia y Mariano Rajoy por España. La reunión de jefes de estado y de gobierno de la Organización del Tratado del Atlántico Norte tendrá lugar en Chicago, bajo los auspicios del presidente Obama. La novedad más sorprendente, sin embargo, sería la posible (y probable) participación en la "cumbre" del presidente de Pakistán, un país que ha venido jugando durante muchos años, con cierto grado de perfidia, el dúplice papel de aliado y enemigo de la OTAN, en la misión de ésta en Afganistán.
El presidente Zardari recibió una invitación para asistir a la reunión, con la esperanza de que apoye ante su propia casta militar la ayuda logística que la OTAN necesita para retirar sus efectivos y equipos, desde ahora hasta finales de 2014, año en que termina su misión. Actualmente, Pakistán prohíbe el tránsito de suministros aliados por su territorio, haciendo de la planificación aliada de la retirada un problema de pesadilla.
Aunque el bloqueo pakistaní va dirigido principalmente contra Estados Unidos (que no se ha disculpado hasta ahora por un ataque erróneo contra fuerzas pakistaníes, que causó la muerte de dos docenas de soldados), el hecho de que en Chicago estén presentes numerosos líderes de estados con fuerzas en Afganistán, constituirá sin duda un instrumento de presión sobre los rencorosos pakistaníes. El presidente Rajoy ya debe estar informado por su ministro de Defensa, Pedro Morenés, de lo que significa para las fuerzas españolas tener que retirar antes de tres años más de 1.500 hombres y 20.000 toneladas de material, por una ruta a través de Pakistán, de sólo 500 km, u otra a través de Asia Central de 1.500 km hasta el puerto más próximo, o por aire.
A diferencia de la "cumbre" de 2010 en Lisboa, donde a Rusia se le reservó un lugar de honor, con la esperanza de estrechar lazos de entendimiento con el entonces presidente Medvedev, en esta ocasión nada se esperaba de su sucesor Putin. Rusia destruyó la posibilidad de recibir una invitación a Chicago cuando hace poco un alto mando militar ruso evocó la necesidad de contemplar un "ataque preventivo" contra Estados Unidos, en respuesta a su escudo antimisiles, en el curso de una reunión de alto nivel sobre armas estratégicas. De todas formas, Putin recibió la invitación del presidente Obama para asistir a la reunión del G-8 en Camp David, que se celebra antes de la Cumbre de la OTAN, pero declinó su participación con excusas poco convincentes: que estaría ocupado en la formación del nuevo gobierno ruso, cosa que en realidad debería corresponder al nuevo primer ministro, Medvedev.
Hacer que la defensa sea inteligente
Aunque la OTAN no está en sus mejores momentos, tampoco merece el suspenso. Su operación militar del 2011 en Libia alcanzó su objetivo de proteger a la población frente a las represalias del coronel Gadafi, y aseguró a la mayor parte del territorio y a la población de Afganistán un mínimo de estabilidad, lo que hizo posible la formación por vía electoral de un gobierno medianamente viable. Del mismo modo, la Alianza ha dado a varios países de Europa Oriental la seguridad de ánimo suficiente para no dejarse intimidar por Rusia.
Después de las dos grandes operaciones militares de Libia y Afganistán, la OTAN busca renovar su propósito en el marco más amplio de la seguridad internacional. En este ámbito tiene de momento sólo dos agendas fundamentales: el escudo antimisiles para el área europea de la OTAN, y las negociaciones de un tratado para la eliminación de las armas nucleares a escala global.
Fuera de esos dos programas-guía de naturaleza estratégica, la OTAN tiene como tarea interna el tedioso deber de recoger los pedazos de promesas anteriores rotas, desarrollar nuevos programas de armamento, realizar mayores esfuerzos de integración operativa de sus fuerzas militares (lo que en su jerga la OTAN llama "Smart Defence"), y el desarrollo y procuración conjuntos de armas y sistemas, y sobre todo frenar el declive de los presupuestos de defensa de los miembros. Por primera vez en la historia, los gastos militares de Europa Occidental han sido sobrepasados por los de los países asiáticos.
El equilibrio de poder también cambia dentro de la propia alianza. Si en los años 80 del siglo pasado los aliados europeos aportaban el 40% de los gastos de la defensa colectiva, hoy esa participación se ha reducido al 20%, siendo los Estados Unidos quien cubre la casi totalidad del saldo. Esto refleja el sentimiento y la opinión entre los líderes europeos de que sus naciones no tienen ni la necesidad ni los medios de proyectar su influencia militar fuera de su esfera geopolítica inmediata, y que cualquier misión más allá sólo estaría justificada por la solidaridad con su gran aliado norteamericano, o por necesidades de seguridad declaradas por las Naciones Unidas, como el caso de Afganistán.
Ese relajamiento de la tensión defensiva, propia de la Guerra Fría, tiene su reflejo en el hecho de que antes del 2014 dos de las cuatro brigadas del ejército norteamericano desplegadas en Europa serán retiradas. Esto no augura nada bueno para el propósito de Smart Defence, puesto que son las unidades de combate norteamericanas las únicas capaces de garantizar la operación de las fuerzas de la OTAN como una fuerza combinada. También son su principal instrumento de entrenamiento para el combate. Los ataques aéreos a tierra en Libia llevados a cabo por sólo ocho países de la OTAN (la Alianza tiene 28 miembros) y otras fuerzas ajenas no hubieran sido posibles sin la logística, la inteligencia y el apoyo operativo norteamericano.
Agrupaciones con especialidad regional
La retirada gradual de las fuerzas USA está moviendo a la formación de coaliciones de defensa regional, como el Grupo Visegrad, que incluye Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia, o el Grupo de Combate Nórdico, que reúne a los Países Escandinavos, los del Báltico más Islandia.
La integración de varios países de Europa Oriental (más España) en el esquema de la defensa antimisiles puede ser asimilada a ese tipo de grupo "ad hoc". La participación de España, con su contribución de la base de Rota y unidades navales, tiene a su vez proyección naval y aérea sobre África.
Dos enormes imponderables se harán presentes en Chicago. Uno de ellos es a plazo medio: la crisis económica europea y su impacto en los presupuestos de defensa. Y el otro de largo plazo: las consecuencias del declive y envejecimiento de la población europea y el previsible descenso del tono vital necesario para hacer frente a las amenazas a su seguridad.
Pero Putin será echado de menos por alguien en Chicago: por la canciller Merkel, con quien tiene establecido un diálogo fluido sobre estrategias de seguridad. Merkel se mostró siempre receptiva a las reservas de Rusia sobre la expansión de la OTAN al este de Europa (vetó el ingreso de Georgia y Ucrania en la Alianza). Aunque ha defendido el escudo antimisiles, la canciller apoya la participación rusa en su despliegue.
El previsible balance de este consejo Atlántico es incierto: por un lado, parece "salir" Rusia y "entrar" Pakistán. Por otro, la crisis económica impone recortes pero los programas de la Smart Defence aportan crecimiento y productividad. Al menos tres líderes europeos recibirán en ella la confirmación en su fe atlántica. Da ánimos saber que en estos tiempos tan inseguros, Europa puede salir de la crisis o hundirse con ella, en la confianza de que podrá hacerlo con su "seguridad asegurada".
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