martes, 12 de junio de 2012

Publicado el jueves 24 de mayo de 2012

Rusia y Gran Bretaña miran con mucha atención
La crisis del Euro alterará los equilibrios europeos
Antonio Sánchez-Gijón.– Antes de escuchar los comunicados que los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea vayan a hacer después de su reunión informal de ayer noche, una cosa puede darse por segura: todos han renovado su compromiso con el pacto de estabilidad acordado a principios de marzo  y todos han hecho votos por la continuidad de Grecia en el euro. Además de esto, los reunidos habrán dicho cosas más o menos precisas sobre la necesidad de introducir estímulos al crecimiento, y todos quedarán libres para interpretar a su conveniencia lo que se dijo o acordó. Nada de lo discutido y acordado en Bruselas, sin embargo, alterará sustancialmente los cálculos de otras fuerzas geopolíticas que gravitan en torno a Europa.
Porque era precisamente el mapa geopolítico del continente euroasiático (compuesto por la masa continental europea más la masa bicontinental ruso-asiática) lo que iba a quedar transformado con la emergencia de la Unión Europea. Su crecimiento hasta los confines rusos de la antigua Unión Soviética iba a reducir a Rusia a la condición de potencia media en decadencia o, en el mejor de los casos, a la de potencia emergente, que es la categoría donde se la suele situar actualmente, junto con Brasil India, China, Sudáfrica, etc (los famosos BRICS). A frenar y revertir esta drástica reducción de status de la antigua superpotencia ha dedicado sus esfuerzos el varias veces presidente y primer ministro Vladimir Putin.
El eje París-Berlín, mirado desde Londres
Dentro del mismo esquema, la formación de un bloque económico de 500 millones de consumidores (y contribuyentes fiscales, aunque esto se olvidó durante mucho tiempo) exigía responder antes la pregunta de cuáles iban a ser sus centros de gravitación, es decir, su capital económica y su capital política Los acontecimientos europeos de los últimos seis o siete años han dado la respuesta: la capital económica de Europa es el Banco Central Europeo, y su capital política es Berlín. Ocurre que las dos están en Alemania. Y el BCE no está en Alemania por el hecho de que esté emplazado en Francfort, sino porque es de pura progenie alemana, un esqueje del Bundesbank.
La estrecha colaboración entre el presidente Sarkozy y la canciller alemana Angela Merkel a lo largo de la crisis del euro hizo creer a muchos que en realidad Europa seguía siendo gobernada por una diarquía franco-germana, como en los tiempos de d'Estaing-Schmidt, Mitterrand-Kohl y Chirac-Schröder. Pero la balanza se había desequilibrado en favor de Alemania. Entretanto, Francia se quedaba estancada económicamente. El presidente Sarkozy era consciente de que si no prescribía para la euro-zona, pero sobre todo para su propio país, las fórmulas de gobernación de la economía, creadas y aplicadas por Alemania, Francia se quedaría retrasada y perdería su prestigio como nación imprescindible para contrabalancear el poderío alemán. Mientras tanto, Merkel necesitaba a Sarkozy como prenda de su voluntad europeísta y no hegemónica.
Este arreglo práctico tranquilizaba al Reino Unido, el cual, por razones históricas, geopolíticas y financieras ve con recelo la formación de un bloque unido (bajo la dirección de Berlín o de la de París, hay ejemplos históricos en uno u otro sentido), que pudiera reducir su papel histórico de factor de re-equilibrio de la balanza de poder en el continente europeo. La entrada de Gran Bretaña en la Unión había sido tardía, y se produjo sólo después de agotarse la utilidad práctica de la Commonwealth y de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA) como bloques económicos viables y alternativos.
Así que hay dos naciones a la expectativa de lo que ocurra con la crisis europea: Rusia y el Reino Unido. Pero los otros 26 miembros de la Unión no están "a la expectativa", sino metidos hasta las cejas en acordar y determinar lo que sea necesario para salvar la crisis y salir fortalecidos como Unión.
Rusia y su larga espera
Ciñéndonos a la esfera exclusivamente geopolítica, Rusia contempla con fruición las oportunidades que la crisis europea le ofrece. De hecho, sigue desde hace muchos años una política deliberada de acercamiento político-diplomático a Europa Central, principalmente Alemania. Su instrumento de entrada principal es el gas. La renuncia de Alemania a la energía nuclear no hará sino reforzar este vínculo. Rusia está mejorando su posición en las terminales de transporte de energía en Alemania, Holanda, Italia, Austria y Eslovaquia.
La debilitación de la OTAN, debida en gran parte a la reducción de los compromisos financieros y militares de sus socios y a la dispersión de sus focos estratégicos (como ha puesto de manifiesto la "cumbre" de la Alianza en Chicago) ofrecen a Rusia la oportunidad que venía buscando para restaurar en lo posible su "limes" occidental, es decir, la cornisa de países de Europa Oriental que antes pertenecían al bloque soviético y que hoy son miembros de la alianza Atlántica y de la Unión Europea.
Respecto de estos últimos países, Rusia presenta a su vez amenazas e incentivos. Como amenazas deben contarse el fuerte despliegue de tropas en la vecindad de las fronteras de Estonia y en Belorusia, en la vecindad de Polonia, así como el despliegue de misiles antiaéreos en Kaliningrado. El acuerdo Rusia-Ucrania, del 2010, para extensión del alquiler de las bases de este último país en el mar Negro hasta mediados de siglo, liquidó toda expectativa de ingreso de ese país en la OTAN, que sus fuerzas políticas pro-occidentales abrigaban hace pocos años.
En cuanto a los países orientales de la UE (Rumanía, Bulgaria, Estonia, etc.), Rusia tiene algo con lo que Europa Occidental no cuenta en estos momentos; capital que invertir. Sus ventas globales de energía le reportan recursos abundantes: $600.000 millones/año, y posee unas reservas de medio billón de dólares. Los temores de crisis bancaria en varios países occidentales han dejado sin apoyo a un cierto número de bancos orientales, sobre los que Rusia ha empezado a poner su mirada.
Como resumen de las perspectivas rusas sobre Europa, se puede predecir una paciente espera por parte del presidente Putin a ver cómo se desarrolla la crisis económica y del euro, ganando posiciones marginales, en la esperanza de que una ruptura le ofrezca la oportunidad de entrar a jugar el juego clásico de las grandes potencias europeas: la búsqueda constante de factores de división y de alianzas.
¿Sobrevivirá el euro?
En cuanto al Reino Unido, podemos discernir una pluralidad de percepciones e intereses. El gobierno Cameron, como se recordará, irritó al presidente Sarkozy por sus inoportunas muestras de reticencia a las medidas de estabilidad fiscal impuestas por París y Berlín. Pero ese roce no fue más que un episodio de una relación y alianza estrecha, vista desde Londres como un contrapeso a Berlín. Es temprano para prever cómo se desarrollarán los entendimientos de Cameron con el presidente Hollande, pero es natural que siga pensando en él como factor de contrapeso a la Sra. Merkel.
Los medios financieros y bancarios del Reino Unido, sin embargo, parecen mantener una visión distinta a la de Cameron sobre el sentido y utilidad de la Unión Europea, o más precisamente del euro. En general, suelen ver el euro como una moneda competidora de la libra. El lector de los medios de opinión británicos habrá observado que una de sus constantes en los últimos meses son las dudas sobre la viabilidad del euro, la salida o permanencia de Grecia en la moneda común, la solvencia o insolvencia de los bancos europeos, la inminencia de la ruptura de la Unión Europea, etc. Como ha observado el analista Ian Bremmer, del Eurasia Group, la supuesta ruptura "es el riesgo más sobrevalorado del 2012. Y se debe en gran parte a observadores (especialmente de Gran Bretaña) a los que nos les gusta demasiado la eurozona".
En Europa siempre corremos el peligro de que "cuanto más cambie, más sigue siendo la misma cosa".

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