domingo, 2 de octubre de 2011

SER PERIFERIA O NO SERLO. ESA ES LA CUESTIÓN

Publicado el 24 de septiembre 2011

Hay que inventar la forma de ganar centralidad

Antonio Sánchez-Gijón.- A veces he pensado que la caracterización de España como uno de los países de la periferia de Euro-Europa (junto con Portugal, Irlanda, Italia y Grecia) encerraba un equívoco intelectual, que empezaré a exponer de una forma visualizable: imaginemos un espacio urbano organizado (digamos, una ciudad),  que se forma en torno a los centros de poder usuales: ayuntamiento, gobierno civil, iglesia, bancos, las calles de los artesanos que producen la riqueza de la ciudad, y las casas y palacios de los vecinos más distinguidos, que extraen las rentas de sus tierras en el extrarradio. Están ahí porque sus antepasados se asentaron sobre una pieza de territorio superdotada de recursos: un río navegable, minas, cruces de caminos, árboles frutales por doquier, etc. A medida que crece la lejanía respecto del núcleo próspero disminuyen las ventajas de situación y se va formando la periferia, generalmente menos rica y menos desarrollada, pero siempre al servicio del centro urbano. Este fue el modo de desarrollo de la civilización medieval europea, y es el modo en que, quinientos años después, hoy se estructuran las relaciones de poder entre los estados de la Euro-zona.

Cuando esos centros urbanos medievales, creadores de una comarca populosa y laboriosa, se daban en un gran espacio geopolítico favorable, entonces aparecían  reinos ricos y se creaban los estados institucionalmente desarrollados. Ésta fue la suerte de Europa central, asentada sobre numerosos ríos navegables con salida al mar, buenos puertos naturales, amplía geografía para pastos y cultivos, y además minas de hierro y carbón, posibilitando así la aparición de sociedades demográficamente dinámicas, príncipes poderosos, riqueza potencial que aumentaba con el comercio, etc. Son las condiciones que hicieron posible más tarde las grandes potencias de Centro-Europa: Alemania, Holanda, Bélgica, Francia, Dinamarca, Austria, etc., así como los grandes poderes militares, sobre todo el Imperio Austriaco, Francia y Alemania.

Modos de ser periferia

El equívoco está en creer que la única forma de organización europea es este prototipo medieval, replicado en el siglo XXI. Aunque muchas veces se olvida, en esos quinientos años la periferia de entonces se volvió centro, y el centro medieval se convirtió en cierto modo en periferia. Ello fue posible gracias al espíritu emprendedor de unos pocos y a los designios expresos de unos cuantos gobernantes y élites sociales, que ensancharon el horizonte geopolítico que constreñía Europa. Pero caractericemos primero la periferia medieval de algunas de esas naciones que situamos hoy día en la periferia del siglo XXI.

España tenía una geopolítica que era el reverso de la del centro de Europa: pocos puertos naturales, ningún río navegable, cordilleras que aislaban unas regiones de otras, tierras ásperas excepto en la periferia, malos y largos caminos, poco hierro y carbón, escasa potencia demográfica, una parte sustancial del territorio por conquistar a los moros, y reinos aliados en una lista interminable de tratados efímeros.

Italia era un rompecabezas de estados, de gran potencia demográfica, una riqueza ligada a un río caudaloso, el Po, con algunos buenos puertos en su áspera geografía costera, caminos milenarios con el centro de Europa, comercio mediterráneo pujante, etc. Gran parte de estas ventajas se perdieron con el declive de Venecia y la entrada de los turcos en el Mediterráneo, lo que propició la caída de Italia bajo la hegemonía de otras potencias mediterráneas políticamente unidas y abiertas a los mares exteriores, como España y Francia.

Grecia era un frágil imperio bizantino, fracturado en centenares de islas, estratégicamente insostenible frente a los invasores turcos, etc. Portugal era la periferia de la periferia, y sólo gozaba de la pequeña ventaja geopolítica de un gran puerto natural en Lisboa.

Pero dos de los países mencionados, Portugal y España, lograron poco a poco convertir su condición periférica en central. Lo hicieron gracias a su conquista de mares y tierras y a su contribución a la fenomenal expansión del comercio de las materias primas procedentes de sus posesiones ultramarinas. Ello dio a España la hegemonía en gran parte del centro de Europa y en el Mediterráneo occidental, y estuvo a punto de consolidar un poder mundial con la unión hispano-lusa de Felipe II y sucesores.

En el apogeo de esta estructura de dominación apareció otra ingeniosa forma de hacer de la periferia centro. Fue el de Inglaterra. Inmune, gracias al foso del Channel, a los ataques terrestres que todas las potencias continentales padecían, Inglaterra contaba con buenos puertos naturales, abundante madera y un espléndido puerto fluvial, el Támesis. En el siglo XVI, Inglaterra renunció a sus aspiraciones territoriales sobre la corona de Francia, a favor de una política contraria a cualquier hegemonía continental, y para impedirla sólo tenía necesidad de enviar expediciones militares, poco numerosas y ocasionales, en ayuda de cualquiera de los dos grandes ejércitos europeos que en un momento dado se hallase perdiendo la guerra. Mientras Europa se desangraba en conflictos armados, Inglaterra “equilibraba” a las potencias europeas, navegaba y comerciaba, y así logró su gran imperio mundial, a finales del siglo XVIII.

Hoy, perdido su imperio, Inglaterra (bueno, el Reino Unido) es todo lo europea que necesita ser para mantener su influencia en el concierto continental, e introducir alguna “maniobra de diversión”, como el tratado de defensa franco-británico de noviembre de 2010, que aleja a Francia de su compromiso con la Política Europea de Defensa. Mientras tanto, el Reino Unido sigue gozando de gran parte de las condiciones económicas y políticas que dieron soporte a su imperio, como el lugar privilegiado que ocupa en el comercio y las finanzas mundiales. Y sigue gozando, como siempre, de la ventaja de su cercanía a los grandes puertos y a los ríos navegables de Centro Europa, así como de sus conexiones con las redes ferroviarias europeas, que era el último atributo con el que no contaba desde que los ingleses dieron a los continentales el ferrocarril.

Pensar en ser esto o lo otro

España, cuando perdió su centralidad continental con la guerra de Sucesión, se encontró con el tremendo problema de mantenerse unida a la Europa Central, hallándose como se hallaba aislada por los Pirineos y las distancias, e interferido su comercio y navegación por la política naval británica y las apetencias imperiales francesas. Desde entonces todas las energías de España se consagraron a mantener su independencia y a quebrantar su aislamiento geopolítico. Esta lucha contra el aislamiento la vemos hoy todavía, por ejemplo, en los planes para desarrollar el famoso eje Mediterráneo de transporte ferroviario o el tercer acceso ultrapirenaico al continente. Las redes de transporte de las naciones centrales de Europa son un hecho más que centenario, mientras que para España (y aún más para Portugal)  es un proyecto lanzado al tercer decenio de este siglo en el mejor de los casos.

Todo lo cual me lleva hacia atrás, al ya mencionado equívoco de la periferia El centro es centro porque hay periferia. En ese sentido, el centro, si quiere seguir siéndolo, debe reconocer los derechos de la periferia por el mero hecho de mantenerse en la periferia. El centro debe también algo a la periferia. Así que nuestros gobiernos no deben ser tímidos en exigir las condiciones que le permitan superar los rigores de ser periferia. Que los gobernantes y expertos digan cómo: ¿a través de los eurobonos, o tal vez con algún esquema de ecualización fiscal? No lo sé. Y si no nos lo dan, entonces habría que pensar si hay modo de dejar de ser periferia.

Pero entonces alguien preguntará: ¿y cómo pensáis dejar de ser periferia, si ya no hay Nuevos Mundos y andáis siempre a la cola de los indicadores de prosperidad y de capacitación humana para alcanzar la prosperidad, con vuestros bajos índices educativos, vuestras costumbres ancestrales tan poco “europeas”, vuestras disidencias nacionalistas en el interior, el poco espíritu emprendedor de vuestra juventud, etc., etc.? Pues bueno, yo no sé cómo. Pero sí sé que lo uno o lo otro: o cohesión integral dentro de la euro-zona, adaptándonos a la estricta disciplina “a la alemana”, o zona periférica disidente o rebelde.

Yo no puedo imaginar cómo le iría a España como zona periférica disidente o rebelde. Es un caso muy complejo, y contrario a la tradición histórica española. Pero sí puedo imaginar el caso de una Grecia disidente, ya que tiene un pasado europeo muy corto y goza de buena posición geopolítica al lado de, o frente a, Turquía, y puede gozar de las ventajas de un tratado de libre comercio con Europa, una moneda propia que pudiera devaluar cuando quisiese, con centenares de islas aptas para alojar paraísos fiscales, puertos innumerables y vía de tráfico energético de primer orden.

Me gustaría que los que saben se pusieran a pensar en cómo exigir el precio justo de nuestra condición periférica, o alternativamente inventar un modo novedoso y estimulante de salirse de la periferia. Como Grecia puede hacer si le da por ahí.

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