Rubalcaba y Rajoy deben abrir al nuevo régimen un hueco en su agenda
Publicado el 3 de octubre de 2011Antonio Sánchez-Gijón.– Ahora que el gabinete del Sr. Rodríguez Zapatero ha asumido la resignada condición de gobierno transitorio, al que no se le puede ir con demasiadas peplas, y que la plana mayor del partido que con toda probabilidad deberá formar el siguiente gobierno no tiene cabeza mas que para afianzar su casi segura victoria, es urgente llamar la atención sobre un dossier abierto que afecta tanto a la seguridad como a los intereses nacionales: el futuro de Libia, al que nadie, aquí, parece prestarle demasiada atención. Por eso le prestaré alguna, haciéndolo hacia atrás y hacia delante, es decir, sacando por un lado las enseñanzas de la implicación de España en la casi finalizada campaña que ha arrojado al coronel Gadafi del poder, y tratando por otro de prever la dinámica de acontecimientos que exigen programar la participación de España en el apoyo europeo y aliado a la reconstrucción y consolidación institucional y democrática de aquel país.
Primero entremos en la intervención armada en virtud de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, que mandataba a la OTAN impedir las represalias del gobierno Gadafi contra la población civil, y para ello autorizaba a la alianza a imponer una zona de interdicción aérea. España se apuntó al listón bajo de las misiones de naturaleza militar: vigilancia aérea contra una fuerza aérea libia aniquilada en los primeros días de la campaña y patrullas navales para controlar unas fuerzas navales libias apenas existentes. Esto significó que los medios de combate españoles no participaron en las acciones decisivas de la campaña: por ejemplo, el avance de las tropas de Gadafi sobre Bengazi, muy al principio del conflicto, que fue parado en seco por los ataques aéreos aliados. Otro momento táctico decisivo fue el ataque a las fuerzas gubernamentales de Misrata, que permitió la consolidación de las posiciones rebeldes. Sería interesante saber si las fuerzas navales españolas empleadas en la misión participaron en al poyo a los rebeldes en Misrata.
Otro aspecto mucho más interesante (e intrigante) que los anteriores es el de las razones de haber adoptado el gobierno un perfil tan bajo para la participación española. Aquí surge una sospecha, sobre la que se debería interrogar a la ministra de Defensa Sra. Chacón. Los ataques aéreos que pusieron fueran de combate el armamento pesado de Gadafi se realizó con proyectiles de precisión y armas guiadas por control remoto. Estas son precisamente las armas que permiten a un jefe de campaña reducir drásticamente el riesgo de daños colaterales sobre la población civil y las propiedades. ¿Dejó de asumir España misiones de ataque por carecer de cantidades significativas de este tipo de armas? ¿Hay tan pocas que sería penoso reponerlas en momentos de crisis económica y presupuestos militares decrecientes?
Otro interrogante de interés, que debería ser contestado por el gobierno o planteado por la oposición, es el de las lecciones aprendidas por las fuerzas españolas en términos de vigilancia y reconocimiento, y redes de mando y control, técnicas que al parecer han planteado en la campaña de Libia desafíos interesantes, de los que se puede sacar conclusiones sobre la suficiencia del stock de material existente, las carencias identificadas y las enseñanzas operativas obtenidas. La operación rebelde y aliada sobre los reductos gadafistas de Trípoli constituyó un ejemplo de coordinación de los efectivos aire-tierra, y se hizo evidente la importancia crítica de este aspecto concreto de cualquier campaña militar; si no se dominan las técnicas particulares es prácticamente imposible ganar la superioridad militar, y si no se practica no se aprende a hacerlo.
La ministra de Defensa dio cuentas al Congreso, a primeros de junio, sobre la ejecución de la participación española. Tres meses después sería oportuno volver a hacerlo por alguna vía, aun cuando el Congreso haya levantado sus sesiones. Si hasta principios de junio el total de salidas de aviones de combate de la coalición había sido de 10.000, hasta el día de hoy son ya alrededor de 24.000. Este número, que parece impresionante, es aproximadamente la mitad del esfuerzo dedicado por la OTAN a la operación de Kosovo frente a Serbia en 1999: 150 salidas diarias en la campaña libia frente a 300 de media en la campaña kosovar.
La participación española en la campaña de Libia no debe, sin embargo, ser minusvalorada en términos políticos. Por lo menos el gobierno mostró su voluntad de no mostrarse ajeno al conflicto, cuando la mayor parte de los miembros de la OTAN lo hicieron, y de modo notable Alemania y Polonia, dos de los países considerados cruciales.
La futura cooperación necesaria
Pero todo esto es ya prácticamente agua pasada. Quedan ahora las acciones con que España puede contribuir a asegurar un proceso democrático en Libia y a la creación de instituciones modernas y competentes, en un país que siempre ha carecido de ellas. A este respecto no recordamos más que una breve visita de la ministra de Exteriores, Dª. Trinidad Jiménez, a Bengazi, y el retorno de nuestro embajador a Trípoli. Urge salir al encuentro de personalidades y grupos sociales y políticos libios, dispuestos a entrar en un diálogo sobre democracia, derechos humanos, constitución, etc. Hay que impedir por todos los medios legales posibles que en Libia se implante un régimen integrista musulmán, que ponga al cuello de los libios la rueda de molino de la sharía como constitución y código.
En esa tarea deberían participar organizaciones no gubernamentales, así como agrupaciones profesionales de la abogacía, la judicatura, profesorado constitucionalista, etc. Los centros de estudio y fundaciones de los partidos políticos deberían salir al encuentro de personas competentes que muestren afinidades ideológicas. La Agencia Española de Cooperación al Desarrollo debería tener ya un programa diseñado y dotado económicamente. Los candidatos a la presidencia del gobierno, Sres. Rubalcaba y Rajoy, debieran hacer un hueco en sus campañas para informarse e intercambiar opiniones con algunas personalidades o grupo libios invitados a España o que vengan a recabar apoyos de cualquier tipo. En fin, que debemos dar muestras de que este país, aunque lastrado por la crisis económica, no registra encefalograma plano en sus constantes vitales internacionales.
Especial atención merece la formación de las futuras policía y fuerzas armadas libias. La riqueza potencial de Libia les permitiría un equipamiento y dotación de primer orden. Otro factor crítico de cooperación futura habría de ser el control de los flujos migratorios hacia Europa, función que en cierta medida venía haciendo el gobierno de Gadafi y que, por tanto ahora ha entrado en crisis. Todo esto es algo en lo que, como se puede suponer, están ya metidas hasta las cejas las policías y fuerzas armadas de Francia, Gran Bretaña y otros.
Sería una pena que, entre un gobierno cesante y otro (el próximo) en rodamiento durante algunos meses, nadie prestase la atención necesaria a un país vecino, en su momento de necesidad, y de cuyo futuro dependen en alguna medida nuestra seguridad y el porvenir de legítimos intereses económicos y políticos.
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