domingo, 2 de octubre de 2011

La operación libia contribuye a una Política Europea de Defensa

Publicado el lunes 19 de septiembre de 2011
España pierde una oportunidad de estar con Francia y Reino Unido
Antonio Sánchez-Gijón.– La intervención occidental en Libia ha supuesto un golpe de prestigio e influencia para Francia y Gran Bretaña en ese país, y aún incluso entre las fuerzas populares que han promovido la llamada "primavera árabe" en otros países de la región. También ha significado una revalidación de los principios y fines de la Alianza Atlántica, la cual empleó de forma decisiva sus considerables recursos militares en ayuda de un país de su zona de influencia que había dado muestras de querer liberarse de una tiranía, dándole así la oportunidad de acceder a la democracia.
En contraste con esos dos efectos, hemos visto que la Unión Europea no ha sido capaz de materializar en Libia algún aspecto concreto de su proclamada Política Exterior y de Seguridad Comunes (PESC), y ha pasado, como tal institución, prácticamente desapercibida por los libios.
Lo dicho en el anterior párrafo no quiere decir que Europa como tal haya estado ausente de Libia. La intervención de los europeos en ese conflicto se ha hecho al modo histórico tradicional, de coaliciones temporales de determinadas naciones para fines concretos, en orden a romper o restablecer un cierto status quo, en cumplimiento de una responsabilidad como agentes poderosos del sistema internacional, y en seguimiento de sus legítimos intereses políticos y económicos.
Incluso desde el punto de vista de la filosofía que inspira la formación de la Unión Europea, la experiencia libia puede entenderse como una forma de "cooperación reforzada" por la que los países de la Unión que lo deseen avanzan en la unificación de una política particular común, creando para ello las instituciones pertinentes y poniendo en "pool" sus medios, siempre que ello se haga a favor de los principios y fines propuestos por los tratados de la Unión. El euro es quizás el ejemplo más patente de una cooperación reforzada.
Alemania se mantuvo al margen de la iniciativa desde el primer momento, en un gesto que ha sido considerado un error por gran parte de sus fuerzas políticas. Alemania no puede quedarse al margen de una "cooperación reforzada" como ésta, con la excusa de que la operación libia no era propiamente cuestión de la PESC. Si la PESC ha de realizarse algún día, no lo hará sino a través de la acumulación voluntaria y progresiva de contribuciones nacionales, hasta que surja en la opinión pública europea una noción de intereses estratégicos compartidos, a manera de común denominador de su seguridad.
La noción de seguridad común se adquiere a través de ejercicios de seguridad practicados en común. La práctica consigue la perfección.
España, una oportunidad perdida
El caso de España es otro más de oportunidad perdida. La contribución española a la operación de Libia está a la cola en el baremo de efectivos aportados a la coalición. Con cuatro aviones de combate, dos de apoyo, un submarino y una fragata, en términos de eficacia militar su contribución es comparable aproximadamente a las de Holanda, Bélgica, Suecia y Canadá, que no son países mediterráneos, y desde luego muy inferior a las de Turquía y Emiratos Árabes Unidos. Al disponer que nuestros aviones no se empleasen en operaciones de interdicción de las fuerzas gadafistas, a nuestros presidente del gobierno y ministra de Defensa se les pasó por alto el hecho de que cuanto menos castigadas fueran las fuerzas de Gadafi, más tiempo tendrían para dedicarse a la represión, con el consiguiente efecto de aumento de bajas en la población civil.
La estupefaciente política española, tanto de los gobiernos del partido socialista como del popular, de no comprometer a las fuerzas armadas españolas en misiones de combate (como en Iraq y Afganistán), las somete a un proceso de "gendarmerización", si se me perdona el neologismo. Se las priva de adquirir y perfeccionar, a través de la práctica, las artes que justifican su razón de ser, esto es, la capacidad de combatir, y se las reduce a tareas secundarias y apoyo de las fuerzas de otros países más arrojados. La disposición de ánimo timorata que informa la cultura española de defensa se deja sentir en la recientemente publicada Estrategia Española de Seguridad, grandilocuente documento elaborado por el anterior secretario general de la OTAN, Javier Solana, en el que no aparece ni una sola vez la palabra combate, y la palabra guerra lo hace en los más hipotéticos de los casos, como son la nuclear, la química y la bacteriológica.
El futuro incierto de la PESC
Pero volvamos a la tesis de la cooperación reforzada en materia de defensa. Me refiero concretamente a la que acordaron en noviembre de 2010 el primer ministro británico, Cameron, y el presidente francés Sarkozy, con su Tratado de Cooperación para la Defensa y la Seguridad. Ambos países, que no han renunciado a tener influencia en el mundo, desde luego están lejos de haber entrado en su cooperación reforzada  a beneficio de la Unión; mucho menos Gran Bretaña, que siempre puso a la OTAN por delante de la PESC, en la que no cree. Eso no quita que el Reino Unido haya estado alineado con el resto de los países europeos en Bosnia, Kosovo y Afganistán, aparte de Iraq y otras operaciones menores.
Los dos países se han visto en gran medida empujados a unirse, debido a las restricciones presupuestarias, que obligan a penosos recortes de gastos en nuevos sistemas de armas, y al sacrificio de algunos de los efectivos actuales. Su influencia en el mundo sólo puede mantenerse a través de la cooperación. El tratado atribuye importancia a mantener una fuerza expedicionaria, un grupo de combate naval, un programa conjunto de sostenimiento del avión de transporte A400M, desarrollo común de material y tecnología para la siguiente generación de submarinos nucleares, satélites de comunicación militar, plataformas no tripuladas de vigilancia aérea y de combate, etc.
Los analistas de defensa se preguntan si el tratado empujará a los dos países hacia un reforzamiento de la dirección OTAN o la dirección PESC. Es evidente que la operación libia se ha inclinado del lado OTAN, lo que puede indicar una debilitación de la propensión francesa a priorizar siempre la perspectiva PESC. Pero tal perspectiva no podrá nunca madurar si Alemania no se une a los más activos de sus socios de Unión Europea y de Alianza Atlántica, y otros países se mantienen como si están pero no se espera demasiado de ellos. La PESC, un poco por salvar la cara, se unió a la operación libia el 1 de abril, cuando ya las operaciones de interdicción estaban en marcha, aportando una misión militar de ayuda humanitaria, esto es, para evacuar refugiados, llevar alimentos y medicinas y ese tipo de cosas, tan importantes sin duda, pero sin capacidad para determinar el curso de los acontecimientos. Vamos, operaciones tipo gendarmería, a la que tan aficionados son los ministros de Defensa españoles.

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