El nuevo presidente venezolano
inaugura un mandato agitado e incierto
Antonio Sánchez-Gijón.– Caracas parece tener la vista
puesta en los rituales eclesiásticos de Roma. Ha copiado de manera mediocre
algunos de ellos y se ha adelantado al cónclave en uno de sus propósitos:
nombrar un heredero de la sede vacante. Mientras en Roma los cardenales preparaban
la elección del nuevo Papa, el poder venezolano reunía a los primates de la
feligresía "revolucionaria" del mundo (Amadinejad, Lukashenko, Raúl
Castro, Morales, Correa, etc.) en torno al sillón dejado vacante por el ungido
del pueblo, Hugo Chávez, que aunque no detentaba el poder espiritual sobre sus
conciudadanos, sí detentaba el político y económico sobre todos ellos.
En el cónclave caraqueño un gran crucifijo velaba
amorosamente el féretro que contenía los despojos del presidente Chávez, y
parecía estar allí para trasfundir renovado carisma a quien en ese momento se
puso a blandir la espada de Bolívar - como quien eleva el dedo anular para
mostrar el anillo de Pedro - sobre el yacente y ya eviscerado cuerpo de su
presidente, padrino y amigo. No otro que Nicolás Maduro, vicepresidente de
Venezuela por la gracia de Chávez e irregular presidente interino por gracia de
los chavistas.
Primer manifiesto de oposición a Maduro
Puede que el mito de Chávez cabalgue todavía algunos
años. Pero será una pesada carga para Maduro. De momento, su grandilocuencia ya
ha sido rebajada algunos puntos con ese "Nicolás, a ti no te eligió nadie,
chico", que le ha "disparado" con sorna caribeña Henrique
Capriles Radonsky, candidato a la presidencia de Venezuela en octubre pasado,
quien a pesar de haber sido derrotado por Chávez demostró tener madera
presidenciable por su talante serio y su preparación. El 44% del voto obtenido
(frente al 54% de Chávez) probablemente le servirán para reconfirmarse como
candidato de la oposición para el próximo encuentro presidencial, que se
celebrará el 14 de abril, según se anunció este fin de semana. Su lanzamiento a
la arena nacional había sido facilitado por su victoria, de 2008, en las
elecciones para la gobernación del estado de Miranda sobre el actual presidente
del congreso, Diosdado Cabello.
Maduro se enfrenta a los mismos desafíos con que
empezaba a enfrentarse Chávez en los últimos tiempos, más otro creado por su
propia ascensión al poder. Entre los primeros, la reciente devaluación del
bolívar, que ha elevado los precios de los productos básicos a niveles
prohibitivos para amplias capas de la población, de tal modo que el estado debe
reforzar aún más los subsidios al consumo, que han sido el sello de marca de su
populismo socialista. A ello se añade la descapitalización de la industria
petrolífera, precisamente a consecuencia de los programas puramente
asistenciales del gobierno.
Desde que Chávez llegó al poder, el petróleo ha
ingresado al tesoro más de $600.000 millones, tres quintas partes de los cuales
eran administrados personalmente por Chávez y aplicados a los programas
sociales que le hicieron tan popular y carismático.
Sin embargo, la producción petrolífera se halla desde
hace años en lenta caída, y ya no puede financiar tantos onerosos programas.
Cuando Chávez tomó el poder en 1999, Venezuela producía 3,5 millones bpd, y en
el último año sólo produjo 2,34 millones bpd. En 2011 Venezuela pasó a ser el
primer país por volumen de reservas de hidrocarburos, por delante de Arabia Saudí,
una condición que desata la codicia de muchos países, pero también las dudas
sobre la inseguridad jurídica que producen los procedimientos de Petróleos de
Venezuela y del gobierno.
La recuperación de la economía venezolana no será
posible si no se reforma seriamente el régimen petrolífero, pero reformar éste
supone una previa transformación del régimen autoritario de Chávez en uno
democrático, con sujeción al estado de derecho. En palabras del profesor de la
universidad Central de Venezuela, Ángel Álvarez, "este ha sido y es un
modelo político que funciona eminentemente con la renta petrolera. Es una
muestra de petrorentismo basado esencialmente en el financiamiento al liderazgo
personal de un líder, de un caudillo, sobre las bases de un altísimo nivel de
gasto público, y en forma muy ineficiente por lo demás" (Declaraciones a
El Mundo, de Venezuela, 7 de marzo 2013).
El problema congénito con la misma transmisión de
poderes consiste en la necesidad de recrear un nuevo equilibrio entre los
seguidores de Chávez, y su articulación en torno a las instituciones. El
congreso ha salido perjudicado por las peripecias de la sucesión.
Constitucionalmente le correspondía a su presidente ostentar la jefatura
interina del estado hasta la celebración de nuevas elecciones, pero a esta
previsión se han opuesto dos disposiciones rayanas en el autoritarismo: la
designación, por Chávez, de Maduro como presidente interino para el caso de su
fallecimiento, y la decisión de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo, de
validar el nombramiento hecho cuando Chávez no había sido instituido
presidente, por no haber jurado el cargo antes de su fallecimiento.
Necesidad de reforma y resistencia numantina
El reajuste previsible de las esferas del poder no
podrá ser tan rápido como para poner en cuestión la candidatura de Maduro, pero
echa sobre sus hombros la tarea de arbitrar entre las facciones del chavismo,
contendientes por esferas de poder.
Otro problema de Maduro es que el régimen se mantenía
como una maquinaria gobernante, a pesar de su incompetencia y corrupción,
gracias al carisma y liderazgo de Chávez, con el que encandilaba al pueblo
aunque no ponía ninguno de sus problemas en vías de solución, quizás con la
excepción de las campañas de alfabetización, la creación de unas centenas de
hospitales nuevos y centros de salud, y la construcción de unas centenas de
miles de viviendas, sin que ninguna de esas nuevas infraestructuras haya creado
una industria o servicios que contribuyan a la rentabilidad del esfuerzo y a la
economía nacional. La infraestructura petrolera sufre de graves carencias, y
comparte esa suerte con la red de distribución eléctrica.
El gobierno de Maduro se verá obligado a reforzar la
legitimidad democrática de que pueda gozar, con una seria revisión de las medidas
represivas del régimen contra la prensa y, sobre todo, contra la televisión,
una industria prácticamente nacionalizada por el gobierno. Maduro no puede
gobernar de forma autoritaria porque la sociedad venezolana conserva todavía
resortes democráticos, manipulados por Chávez en numerosas ocasiones pero no
enteramente suprimidos.
Una prueba de las intenciones de Maduro es lo que vaya
a pasar con el ex ministro de Defensa y general Raúl Isaías Baduel, mano
derecha de Chávez en los primeros años, pero que se volvió contra él debido a
la reforma electoral que Chávez quiso introducir en 2007 para perpetuarse en el
poder e instaurar un régimen socialista. La reforma fue rechazada en
referéndum. Baduel se halla encarcelado actualmente por alegados delitos financieros,
y ha hecho pronunciamientos políticos sobre lo que él considera un "golpe
de estado" del congreso al retrasar la toma de posesión de Chávez.
La resistencia al cambio será dura. El sector más
poderoso del régimen ha anunciado que presentará batalla. Así lo ha manifestado
el ministro de Energía y Petróleo, y presidente de Petróleos de Venezuela,
Rafael Ramírez, el pasado fin de semana: no habrá cambio en la política
petrolera, declaró a Telesur: "Juramos que no se cambiará un ápice en la
política fundamental del comandante. Cumpliremos el programa político de Hugo
Chávez". Y añadió que la fidelidad a Chávez se ha convertido en lealtad a
Maduro.
En fin, o rápida promesa de cambio o crisis a plazo
del régimen. Maduro no tiene más alternativas.
Publicado el
lunes 11 de marzo de 2013 en capitalmadrid.com
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