Publicado el 19 de marzo del 2012 en Capital Madrid
Muerte del papa copto Chenuda III
Antonio Sánchez-Gijón.- Chenuda III, papa de la Iglesia copta de Egipto, murió el sábado pasado. Su liderazgo era no sólo espiritual; también político, aunque puede que la efectividad de este último tipo de liderazgo hubiese ya muerto hace un año, con la revolución de la llamada Primavera Árabe.
El papa Chenuda era el hombre que hablaba ante el ex-presidente Hosni Mubarak, en defensa de los cristianos de Egipto y añadía un punto de legitimidad a su dictadura. Mubarak, en correspondencia, extendía sobre ellos un protectorado que les preservaba de los peores excesos de los celotes salafistas, aunque no siempre con éxito. Caído Mubarak, empezaron a ocurrir cosas contra los cristianos, impensables bajo su mandato. Es lo mismo que temen los cristianos de Siria si cae el tirano y el régimen que los ha protegido desde hace cuarenta años. Los cristianos sirios miran con enorme aprensión la suerte corrida por sus hermanos de fe iraquíes, la mitad de los cuales se han visto obligados a emigrar bajo la persecución ejecutada en proporciones iguales por los sunitas de al-Qaida y los chiitas de Moqtada al Sadr.
Fue Mubarak quien levantó, en 1985, el exilio interior que el anterior presidente egipcio, Anuar el Sadat, había impuesto a Chenuda en 1981. Muchos cristianos, sobre todo jóvenes, se adhirieron a la revolución de Plaza Tarir, y pusieron en cuestión las contemplaciones de Chenuda con la dictadura. No tardó mucho la junta militar que asumió el poder a la caída de Mubarak en señalar a los coptos los límites de la libertad que esperaban alcanzar: a principios de octubre del 2011 el ejército perpetró una matanza de dos docenas de coptos, al lanzar contra ellos carros de combate y dispararles, con ocasión de unos disturbios de tipo sectario, que llevaron al incendio de varias iglesias en El Cairo, y al arresto de 300 personas. La manifestación de los cristianos había sido motivada por el incendio de una iglesia copta en Assuan.
En ausencia de un código de derechos civiles y religiosos que se sitúe por encima de las diferentes fes, la relación entre los coptos y las autoridades están regidas por un pragmático entendimiento: las cosas no pueden escapárseles de las manos al que manda. Cuando se da palo a un lado, ha de darse palo al otro. El multitudinario entierro de las víctimas cristianas de octubre fue simultáneo al ahorcamiento de un musulmán que había asesinado a un cristiano. Una de las formas de mantener aplacada a la jerarquía y a la mayor parte de la comunidad cristiana de diez millones es prohibir expresamente a los coptos el derecho al divorcio, como mandan sus cánones, mientras está permitido a los musulmanes.
El delicado momento de los cristianos de Siria
En Siria, bajo la presión de lo que ya parece una guerra civil, el futuro de los cristianos es más incierto. Como en Egipto, los cristianos han prosperado y se han sentido seguros bajo la protección de los dos presidentes Assad. El fundador del partido único Baaz era un cristiano. El pacto con el poder es el mismo: sumisión al poder a cambio de libertad para sus enseñanzas y su vida social y económica. Sensible a la seguridad ofrecida por ese status quo, el patriarca maronita del Líbano, Bishara Butros al-Rai, aconsejaba recientemente a los cristianos sirios tener paciencia y dar al presidente al-Assad tiempo para llevar a cabo sus reformas.
El nuncio papal en Damasco, monseñor Mario Zenari, percibe con acuidad los riesgos en que se halla la comunidad cristiana, inmersa en una guerra civil que está adquiriendo tonos de confrontación sectaria: “La actual tensión entre sunitas y alauitas es determinante hoy día – declaró a mediados de marzo a Asia News, una publicación de la Iglesia-. A mi parecer, hay un espacio para los cristianos, los cuales no pueden perder la cita con este nuevo proceso histórico… Es urgente que se expresen, que se comprometan y no se reduzcan a mirar”. Sin desafiar al régimen, la Iglesia ha logrado llevar ayudas y medicamentos a algunas barrios bloqueados por el ejército, y ha mediado para la evacuación de cadáveres. Mons. Zenari resalta que “en todos los niveles, los cristianos han hecho de puente”. Sobre la posibilidad de que la suerte de los cristianos sirios sea semejante a la de los de Iraq es rechazada por mons. Zenari: ”Siria no es Iraq, ni tampoco Egipto; posee características propias, con una tradición de tolerancia”.
Sin que se note apenas, mons. Zenari pone en primer plano la sinrazón de uno de los más graves crímenes de que se acusa a las fuerzas de represión de al-Assad: la muerte de niños. Precisamente la rebelión comenzó cuando unos menores hicieron una pintada contra al-Assad y fueron torturados por la policía. De los 9.500 muertos en las revueltas según la ONU, 500 son niños, añade el nuncio: “les han disparado a la cabeza, al corazón. Confío en que la comunidad internacional pueda hacer algo para hacer justicia a estos pequeños… Es urgente denunciar estos crímenes”.
El desconcierto de los cristianos de Siria viene expresado por la denuncia del sacerdote católico sirio Nabi Hourani en Asia News: “La mayoría de los cristianos se deja manipular por el régimen y creen que eso les garantiza el futuro”. Y añade: movidos por el miedo, “una parte de los cristianos y del clero escoge el sostén incondicionado (y sin duda poco meditado) del régimen. Desde este punto de vista, la Iglesia jerárquica de Siria corre el riesgo de perder una parte esencial de su misión evangélica original”.
Temor a que lo de Iraq se repita
El editor de Asia News, mons. Barnardo Cervellera, explica esta encrucijada existencial de los cristianos de Siria: “Los cristianos dicen que Siria corre el riesgo de convertirse en otro Iraq, un país dividido por líneas étnicas y religiosas donde no ha lugar para los cristianos”. Aunque Siria no es una democracia, al menos “allí se les protege”, añadió, en declaraciones al New York Times del 28 de febrero.
La experiencia de la Iglesia cristiana de Iraq no puede ser más desoladora. Sujetos a la protección forzada del régimen de Sadam Hussein, los cristianos iraquíes se convirtieron en víctimas preferentes de las masas enfervorecidas chiitas, oprimidas de siempre por Sadam, y de los terroristas sunnitas de al-Qaida en Iraq. Diversas campañas de terror (asesinatos, secuestros, bombas, expulsiones, la quema de la iglesia de Nuestra Señora de la Salvación, de Bagdad, en octubre del 2010, etc.) han determinado que aproximadamente la mitad de los cristianos abandonaran sus poblaciones, marchando muchos a otros países y otros al Kurdistán iraquí, donde gozan de cierta protección y ayudas. Se estima que este éxodo cristiano llega ya a los 500.000.
La encrucijada en que se encuentran los cristianos de Oriente Medio no es, sin embargo, más que un ejemplo o ilustración de las tragedias que los acontecimientos de Siria, como antes en Iraq y en menor medida en Egipto, pueden precipitar sobre las poblaciones de cualquier fe o etnia, como una consecuencia no prevista de las tan celebradas revoluciones árabes. Siria es, en este sentido, la piedra de toque. Y la muerte de Chenuda III suena como el toque de campana por un modo de convivencia que puede haber llegado a su fin.
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