Geoestrategia
OBAMA DEFINE SU ESTRATEGIA PARA AFGANISTÁN
De la contra-insurgencia a la lucha antiterrorista
Antonio Sánchez-Gijón.- Ayer miércoles día 23 de junio hizo un año que el presidente Obama cesó al general Stanley McChrystal como jefe de las fuerzas norteamericanas de Afganistán y, como secuela de ello, como jefe de la fuerza internacional de estabilización (ISAF), de la OTAN. Lo despidió no por unas declaraciones indiscretas a la revista Rolling Stone (esa fue la excusa oficiosa), sino porque el general estaba convirtiendo los principios puramente militares que guiaban su conducción de las operaciones en principios de la estrategia general de la guerra, un arte eminentemente político, y por lo tanto de la competencia del jefe político, el presidente de los Estados Unidos. Por aquellas fechas Obama no tenía una idea muy clara de la estrategia que debía adoptar.
Este martes 22 de junio Obama dio muestras de tener por fin una estrategia, y la expuso ante toda la nación en la TV. Creo que el presidente de Afganistán, Karzai, habrá leído el texto del discurso de Obama, con alguna ansiedad. Y el gobierno y los militares de Pakistán con algún alivio.
¿En qué consiste la nueva estrategia? El énfasis de la acción militar se pondrá a partir de ahora en la lucha anti-terrorista, no en la lucha contra-insurgencia. El enemigo sigue siendo Al-Qaida, pero los talibanes pueden ser reconciliados. El gobierno afgano irá asumiendo las responsabilidades de la seguridad y las fuerzas norteamericanas se irán retirando. Se invita a Pakistán a que participe más activamente en “asegurar un futuro más pacífico a esta región atormentada por la guerra”. Es decir, se transforma la naturaleza de las operaciones militares, reduciéndolas al antiterrorismo, y se demarca el fin político que define la estrategia: la paz para la región.
¿Qué novedad entraña esta nueva estrategia en relación con la hasta ahora vigente, y que podríamos encarnar en el general McChrystal? En resumen se trata de esto: para la derrota de al-Qaida era preciso atacar a sus aliados los talibanes; como los talibanes dominaban el territorio, había que buscarlos y eliminarlos por todo el país; como los talibanes eran populares entre la población o la coaccionaban hasta la más abyecta sujeción, había que ganarse a la población para que se volviese contra los talibanes; para ganarse a la población había que mostrarle las ventajas de una vida libre de coacción, que le permitiese aspirar a una vida material más próspera; para mostrar las ventajas de unir libertad y expectativas de mejor vida había que construir escuelas, carreteras, hospitales. Cada uno de los pasos en la dialéctica de la contra-insurgencia requería más personal norteamericano y aliado, más dinero, más soldados y más agentes del desarrollo. También más bajas civiles y militares. Como este esfuerzo sólo se podría sostener un número equis de años, era urgente que el gobierno afgano se legitimara a través de unas elecciones libres, por una acción eficaz y pronta, y que garantizase la seguridad de la población por medio de un ejército y una policía de nueva planta, lo que a su vez exigía los esfuerzos incansables de los diversos contingentes de la coalición. Todo ello en una dinámica que creía seguir lo que en las escuelas militares de alto nivel se llama “arte de la operación” (operational art), pero que en realidad se había desparramado en una serie de presunciones sociológicas, culturales y política, que buscaban el huidizo objetivo político de la estabilización del régimen legítimo.
La experiencia adquirida en Iraq
Como se habrá observado, un fin estrictamente militar (la derrota de al-Qaida) había desencadenado una secuencia de hechos estrictamente políticos; esto es: la conducción militar de la guerra se estaba convirtiendo en la estrategia política, o si Vds. prefieren la estaba suplantando. No es que el general McChrystal hubiera querido erigirse en un nuevo MacArthur; más bien se atenía a la doctrina militar vigente, aplicada en esos precisos momentos en Iraq: ofensiva militar primero, ofensiva antiterrorista después, captación de aliados entre unos militantes inicialmente hostiles, reconstrucción de infraestructuras, entrenamiento de las fuerzas armadas y la policía, legitimación del gobierno a través de elecciones, etc. Esta aplicación del “arte de la operación” no era sino una respuesta de las fuerzas de la coalición, prácticamente improvisada, para hacer frente a las catastróficas consecuencias que tuvo el ataque de marzo del 2003 contra el régimen de Sadam Hussein, que rompió todos los equilibrios internos del país y sumió a éste en el caos y una violencia inaudita. Tanto en Iraq como en Afganistán se logró dar el paso entre la lucha puramente antiterrorista y la contra-insurgencia, y subsiguiente estabilización, mediante los dos “surges”, o “irrupciones” de unos cincuenta o sesenta mil soldados en Iraq y treinta mil en Afganistán, en ambos casos bajo el liderazgo militar del general Petraeus, que cesa ahora en Afganistán para pasar a ser jefe de la CIA.
Así, pues, Obama pretende recuperar la conducción estratégica de la guerra de Afganistán, por lo que habrá que describirla sucintamente, según lo que se deduce de sus palabras. Se reenfoca la lucha para centrarla en al-Qaida; se tratará de frenar el impulso de los talibanes para luego cooptarlos políticamente, se entrenará al ejército afgano para que esté en condiciones de defender su propio país. La misión de las fuerzas estadounidenses será menos el combate y más el apoyo; se abrirá una transición hacia el control del gobierno sobre la conducción militar; se buscará la reconciliación del pueblo afgano. El objetivo de las fuerzas USA será no permitir “refugio desde el cual al-Qaida o sus afiliados puedan lanzar ataques contra nuestro país o nuestros aliados”.
Como muchos de los objetivos ya están alcanzados, incluyendo el de la muerte de Ben Laden, ya es posible la retirada paulatina de fuerzas norteamericanas: 10.000 este año, 33.000 el verano próximo, y todas las fuerzas de combate en 2014.
Queda por ver qué efecto tendrá esta nueva perspectiva, menos vocada a la estabilización y más restringida al combate antiterrorista, sobre la coalición de ISAF y la OTAN, algunos de cuyos miembros no tardarán en preparar planes de salida progresiva. De momento, el gobierno español confirmó este jueves pasado que España seguiría con las mismas fuerzas hasta el fin de la misión.
La gran incógnita de la validez de esta estrategia es la reacción de Pakistán. Si este país no es parte de un arreglo regional, como espera Obama, no hay nada asegurado. Pero Pakistán es un país y unas fuerzas armadas muy enfeudados al extremismo islamista, que no sólo opera contra la coalición en Afganistán, sino contra las mismas fuerzas armadas y el gobierno pakisaní, en un caso de esquizofrenia moral y política que es difícil de comprender, y que las fuerzas políticas, sociales y militares del país no parecen poder resolver.
Antonio Sánchez-Gijón es analista de asuntos internacionales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario