domingo, 5 de junio de 2011

LA INSEGURIDAD DE ISRAEL, 44 AÑOS DESPUÉS

Geoestrategia

LA INSEGURIDAD DE ISRAEL, 44 AÑOS DESPUÉS

Hay un sueño bíblico bajo el programa del gobierno Netanyahu

Antonio Sánchez-Gijón.- Ayer hizo 44 años que estalló la guerra árabe-israelí que recibiría el nombre “de los Seis Días”. Fue Israel quien lanzó la primera salva, y si no la hubiera lanzado en la madrugada de ese día, o tardase unas horas o un día en hacerlo, es muy posible que Israel hubiera sido vencido y ocupado por masivos ejércitos árabes, y se hubiese acabado la epopeya sionista de crear de la nada un estado en un territorio ocupado por otro pueblo y otra civilización desde muchos siglos atrás.
Cuarenta y cuatro años después Israel tiene su seguridad establecida sobre las mismas arenas movedizas que entonces. Hizo en su momento la paz con Egipto y Jordania, y hasta mantiene un armisticio inestable con la Autoridad Nacional Palestina, pero sigue rodeado de enemigos: Hamas en Gaza y Palestina, Hezbolá en Líbano, Irán en Oriente Medio, por no hablar de grupos de yihad violenta. Y mengua el apoyo de la opinión pública europea. En este tiempo Israel no ha logrado construir una estructura de paz definitiva, tanto por causas ajenas como propias. Entre las causas “propias” están las conflictivas nociones sobre en qué consiste Israel: ¿es el hogar de los judíos del mundo o la tierra concedida por Jehová al pueblo bíblico de Israel? La primera noción, típicamente sionista y secular, ha permitido  los parciales logros de la paz alcanzados hasta ahora. La segunda noción, intransigente  y profética, bloquea continuamente la negociación que podría conducir a la paz.
La primera vez que percibí esta disyuntiva fue precisamente con motivo de la guerra de los Seis Días. En esas fechas yo estaba en la delegación de la Agencia EFE en Londres. Al estallar la guerra, el director de EFE, Carlos Mendo, me mandó partir inmediatamente a Israel, a cubrirla. Para dar una noción de cómo estaban entonces las cosas en España con relación a Israel, no pude obtener en Londres el visado de entrada, indicándome que debía pedirlo en el consulado israelí en Roma, pues allí llevaban los asuntos españoles. Naturalmente, llegué tarde a la guerra, y sólo alcancé a unirme, al día siguiente de mi llegada, a la comitiva de prensa que acompañó al general Dayan en su entrada en la Ciudad Vieja de Jerusalén, tomada el día anterior. En las breves palabras que Dayan intercambió con los periodistas no hubo ni triunfalismo ni profetismo bíblico, sólo un voto en pro de la paz tan pronto como terminara el conflicto armado.
Uno o dos días después me encontré con el Israel bíblico. Fue en la entrevista que mantuve con Menachem Begin, líder de un partido de extrema derecha de Israel. Begin me dijo que la victoria en la guerra llevaría a cumplir la promesa de restaurar el Eretz Israel, el gran Israel, y que Judea y Samaria nunca deberían ser devueltos a los árabes. Judea y Samaria es aproximadamente la Ribera Occidental del Jordán, es decir, lo que queda de la Palestina árabe. Un encuentro pocos días después con colonos de un kibutz, cuyo nombre no recuerdo, me hizo percatarme de que la noción sionista y secular ya había sido penetrada por la bíblica: no había que hacer concesiones con la tierra recién ocupada. La misma impresión recibí, diecisiete años después, de los colonos de otro kibutz, escuchando con cierta consternación que dado que la paz con los árabes no era posible, Israel sólo confiaba en el arma nuclear.
Los dos campos, el sionista y el bíblico, se fundieron en el movimiento de asentamientos en territorio conquistado a los árabes en la guerra de 1967. Hoy son 500.000 los israelíes de las colonias construidas como enclaves territorialmente alargados, que penetran hacia el corazón del territorio palestino, cortándolo en franjas. Israel considera esos asentamientos como prácticamente innegociables. Lo mismo puede decirse del Jerusalén tomado en 1967. Así lo exigen los partidos religiosos y nacionalistas que dan apoyo al gobierno de Netanyahu. En estos más de cuarenta años Israel, con un saber hacer político y diplomático de primera categoría, ha aprovechado la larga lista de errores de juicio y comportamiento que los árabes y palestinos han cometido (el peor de ellos haber abrazado la violencia a lo largo de decnios), y cada uno de esos errores ha sido aprovechado por Israel para una exacción más sobre el territorio palestino. El más garrafal de aquellos errores fue el de los ataques con misiles desde Gaza, cuando este territorio fue tomado por las milicias de Hamás, a pesar  de que Gaza había sido devuelta a los palestinos por el primer ministro Sharon. Pero ninguno de los ataques externos o de terrorismo presentó nunca una amenaza existencial a Israel.
Todo eso fue posible en un marco de estabilidad estratégica, caracterizada por la paz con el Egipto de Mubarak y con el reino de Jordania, el acuerdo tácito y no declarado con la Siria de Assad para no entrar en conflicto caliente (a pesar del bombardeo israelí de una central nuclear siria en 2008) y, como secuela de este acuerdo tácito, tranquilidad en el frente del Líbano y contención del movimiento extremista Hezbolá por orden de Damasco. La única amenaza estratégica a Israel provenía y proviene de Irán; un Irán embarcado en una carrera hacia el armamento nuclear. Estas amenazas, sin embargo, se hallan suficientemente neutralizadas hasta ahora por el compromiso de los Estados Unidos con la integridad y seguridad de Israel.
Sin embargo, la revolución árabe está cambiando el marco estratégico en que era posible la precaria paz israelí. La connivencia de Mubarak con Jerusalén para atar corto al Hamás de Gaza ha caído con él; la frontera entre Egipto y el territorio palestino ya está abierta. Aunque de momento El Cairo se atiene al compromiso de controlar tráficos peligrosos, el futuro gobierno egipcio, salido de las elecciones del próximo otoño, encontrará más difícil mostrarse complaciente con Israel. Un movimiento popular palestino dentro de la zona ocupada, similar a los de otros  países árabes, se dirigirá primero contra el gobierno de Abbas, pero después contra la verdadera “autoridad” en la zona, el gobierno israelí. Siria ya ha lanzado, por primera vez en muchos años, a su juventud “rebelde” contra las barreras de la zona ocupada de su territorio, en un intento de transformar la revolución democrática en una empresa nacionalista que una al pueblo. También sería improbable que un nuevo régimen sirio mantuviese los pactos tácitos de Assad, pues necesitaría echar mano de todas formas de legitimación, entre ellas la hostilidad activa a Israel.
Si no sabemos nada de la posible nueva estructura de seguridad de Israel, desde luego la que no tiene el menor sentido es la que se basa en la afirmación de Netanyahu, de que Israel no puede volver a las fronteras de 1967 porque su territorio legal no tiene suficiente anchura. Por no hablar más que de la guerra asimétrica, ni el Gran Israel ni el Pequeño Israel tienen defensa segura contra las amenazas de la guerra no convencional: terrorismo, agentes químicos o biológicos, basura nuclear, misiles de corto alcance lanzados desde territorios vecinos, etc. Los nuevos gobiernos árabes habrán de tener buenas razones para seguir suprimiendo esas fuerzas violentas en beneficio de un Israel metido en un pequeño y maligno programa de ocupación de tierras legalmente ajenas.
La seguridad de Israel no puede depender solamente de un territorio, ni de una población, ni de una base tecnológica e industrial por muy avanzada que ésta sea, porque para poder hacerlo le falta tamaño en todos los sentidos. Sólo depende de la paz que sea capaz de lograr de sus vecinos, con el apoyo de las otras democracias del mundo. Se trata de consumar el programa sionista sobre la parte de la antigua Palestina a la que legalmente tiene derecho, que la comunidad internacional le dio para lograrlo. El otro programa, el bíblico, necesitará usar de un arma, la nuclear, que no sé si estaba en la biblia, pero desde luego es notoriamente apocalíptica.

Antonio Sánchez-Gijón es analista de asuntos internacionales. 

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