Geoestrategia
EL PRECARIO LIDERAZGO DE AL-ZAWAHIRI
Los métodos de combate de al-Qaida, marcados por el oportunismo
Antonio Sánchez-Gijón.- La elección de Ayman al-Zawahiri como nuevo emir de Al-Qaida, abre diversos interrogantes sobre el futuro de ese movimiento terrorista. Hay muy poco de la personalidad de Zawahiri que sugiera que puede calzarse las babuchas de ben-Laden como líder operativo del movimiento o revestirse de su carisma.
Ben Laden reunía muchas condiciones particulares, irrepetibles en cualquier otro sucesor. Aunque los dos poseían el prestigio de haber abandonado por una causa “santa” todas las comodidades de este mundo (ben Laden grandes riquezas de su familia yemení-saudí, Zawahiri la burguesa existencia de su familia egipcia), ben Laden, ayudado por su melancólica figura, arrojaba la imagen de un iluminado por la divinidad, que hablaba de forma pausada y grave, como si hubiese entendido el mensaje que Alá quería dar a los hombres de este siglo. Ben Laden, además, tenía los recursos financieros para financiar a miles de adeptos para que se dedicasen a una vida de acción y violencia contra los supuestos enemigos del Islam. Este importante activo le fue utilísimo para encontrar refugio entre los talibanes de Afganistán, a los que compró armas y recursos materiales. Pero sobre todo, gracias a su dominio de las técnicas audiovisuales, hizo llegar a cientos de millones de “indignados” con los regímenes monárquicos o republicanos del mundo musulmán, un mensaje a un tiempo vengativo y redentor. El soberbio pathos y gancho de sus mensajes visuales, alabados por los especialistas como una obra maestra de la propaganda política, se debían enteramente a su dominio de la imagen, mientras que era a Zawahiri a quien se debía principalmente el mensaje oral. Ya se sabe aquello de más vale una imagen que etc., etc.
Cabe, pues, dudar, que Zawahiri llegue a poseer la capacidad de liderazgo de ben-Laden. Tampoco es que a ben-Laden le quedase mucho que liderar… Bajo su dirección al-Qaida había cosechado una serie de fracasos estrepitosos en Estados Unidos, Reino Unido y quizás también en España. Su eficacia incontestablemente mayor se ha venido dando en simbiosis con los movimientos talibanes de Afganistán y Pakistán, pero estos últimos apenas necesitan ya la inspiración y el consejo de al-Qaida para perpetrar sus ataques suicidas y sus atrocidades.
En Occidente, esos ataques parecen comportar exclusivamente la constante suicida. Por ejemplo, el 2 de junio pasado la rama de propaganda de al-Qaida, As-Sahab, colocó en Internet un video que, después de ensalzar a ben-Laden como mártir, incitaba a los musulmanes de Estados Unidos a hacerse con armas automáticas para realizar ataques “de ocasión”, como el realizado por un oficial médico musulmán del ejército norteamericano en Fort Hood, quien hace más de un año mató a trece soldados. Podría añadirse a esta lista la muerte por bomba corporal de ocho agentes de la CIA en Afganistán, en ocasión de su encuentro con un oficial jordano, supuesto colaborador de la Agencia ; el asesinato de un miembro del lobby judío de Estados Unidos; el intento de bomba dentro de un avión en Navidades del 2009, ataques de soldados afganos o iraquíes contra sus compañeros y jefes, etc. Todas ellas acciones crueles y desmoralizadoras, pero de un efecto estratégico nulo. Bien sabe uno de los que intervienen en ese video, Adam Gadanh, lo poco operativo de estas acciones cuando no se cansa de repetir que un gran número de ellos fracasan porque los voluntarios son indiscretos mientras preparan los atentados.
Hay otro factor que condicionará la eficacia del liderazgo de al-Zawahiri. Es el control que pueda ejercer sobre el escenario que al-Qaida consideraba hasta ahora como el más prometedor: el Yemen. En esta región de la yihad, el apellido ben-Laden pesa, porque tiene sus raíces en el norte del país, y se halla vinculado a tribus locales. Ben-Laden había distinguido a sus seguidores de esta parte del mundo con el título de al-Qaida en la Península Arábiga (AQPA), y obedecía a su deseo de cumplir una ambición geopolítica mayor, los ataques a Arabia Saudita. Será muy difícil para Zawahiri mantener esta dirección estratégica, por no hablar de su capacidad para transitar los laberintos de la lucha de al-Qaida en Yemen mismo, donde no faltan líderes muy bregados, que están manteniendo vivo el único frente yihadista significativo. Uno de ellos es Qasim al-Raymi, con fama de fiero y combativo, pero que posee ideas con cierta sofisticación en cuanto a lo requerido para la redención de las masas musulmanas a través de la lucha: “La arena yihadista – ha dicho - necesita todo tipo de capacidades, habilidades y facultades (como) doctores, ingenieros y electricistas. También requiere fontaneros, constructores y contratistas, lo mismo que necesita estudiantes, educadores, vendedores y agricultores. Debe buscar especialistas en los medios, escritores e impresores, fotógrafos y directores…, deportistas…; con esas cualidades, aceleraremos el paso para alcanzar nuestro gran proyecto: establecer un califato islámico” (en la revista del grupo, Sada al-Malahim). Lástima que este “tecnólogo” trabaje para el terror, en lugar de hacerlo al frente de un ministerio de Educación. Tenemos también a otros jefes no menos acreditados por su ferocidad, como el que pasa por predicador principal del grupo, Nasir al-Wahaishy, probable responsable de la muerte de ocho turistas españoles en Yemen, en julio del 2010.
El problema de AQPA, sin embargo, es que la sociedad saudí está fuera de su alcance por el despiadado tratamiento que el gobierno de los Ibn Saud les aplica, y su implantación en Yemen es precaria, en cuanto que las redes tribales de su sociedad no necesitan para nada a al-Qaida para dirimir sus pendencias entre sí y con el gobierno, mientras que AQPA las necesita a ellas para mantener pequeñas bases de operación en su territorio.
Mirado todo esto sobriamente, y descontando el dolor que aún puedan causar los terroristas de al-Qaida y sus asociados, no parece que la asunción del liderazgo por parte de al-Zawahiri vaya a suponer una inyección de moral y eficacia a un movimiento terrorista que, después de sus grandes “hazañas” del 11-S, el 11-M y otros, ha debido contentarse con actos esporádicos, locales y sin ninguna significación estratégica.
Antonio Sánchez-Gijón es analista de asuntos internacionales.
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