miércoles, 15 de junio de 2011

Erdogán carece de motivos para estar exultante

Publicado el miércoles 15 de junio de 2011
GEOESTRATEGIA

Erdogán carece de motivos para estar exultante

Turquía afronta un nuevo periodo político con el reto democrático

Antonio Sánchez-Gijón.– Los electores turcos, aparte de dar la victoria en las elecciones del pasado domingo al primer ministro Erdogan, han enviado un mensaje claro: no queremos la deriva autoritaria en que tu gobierno estuvo embarcado durante los últimos cuatro años. Este contratiempo coincide con otros que la política exterior del gobierno turco está sufriendo en Oriente Medio, donde al menos dos de los gobernantes más cultivados por Erdogan, al Assad de Siria y Gadafi de Libia, han hecho oídos sordos a sus llamadas a la moderación y a las reformas. Una de las líneas de la política exterior de Turquía, consistente en operar como el modelo y guía de los países musulmanes en sus pasos a la democratización y la modernidad, está por los suelos. Pero volvamos a lo electoral.
El mensaje del electorado está cifrado en los siguientes resultados parciales:
1.- El partido de Erdogan, Justicia y Desarrollo, ha perdido seis escaños (de 331 en el parlamento del 2007 a 325 en el de 2011). Esta diferencia aparentemente marginal no lo es tanto cuando se considera que Erdogan reclamaba al electorado 360 escaños (3/5 del total) para aprobar en el parlamento una nueva constitución. Tampoco ha conseguido los 330 que le hubieran permitido pasarla por el parlamento y poder someterla después a un referéndum.
2.- El Partido Popular Republicano, que encarna la tradición kemalista y laicista de la república, y que parecía hallarse en rápido declive bajo un liderazgo cansado y por las ofensivas de desprestigio de que le hizo objeto Erdogan, ha ganado 23 escaños, alzándose con 135, bajo un nuevo lider.
3.- Partidos que hasta ahora no tenían representación por no haber alcanzado en las anteriores elecciones el 10% de los votos, han colado a 35 "independientes" a título individual, promovidos casi todos por el partido pro-kurdo Paz y Democracia.
4.- El partido "ultra" del Movimiento Nacionalista, que muchas encuestas auguraban que no pasaría el techo del 10%, alcanzó el 13%, aunque perdió 17 escaños, quedando en 54.
Político diestro siempre, Erdogan no tardó adaptarse a la nueva situación, y anunció en su discurso de victoria que la constitución se escribiría por consenso: "Si los principales partidos políticos y otros de la oposición lo aprueban, nos sentaremos a hablar y dialogar con los de fuera del parlamento, y con las organizaciones y asociaciones no gubernamentales, para hacer entre todos una constitución liberal".
Queda por ver hasta qué punto Erdogan está dispuesto a corregir la política antiliberal seguida contra la prensa y contra sectores de las élites culturales. Cincuenta y siete periodistas y varios profesores se encuentran en prisión, y también algunos estudiantes por pedir educación libre. El grupo de prensa del diario Hürriyet fue sancionado en 2009 con más de 2,5 millones de euros.
Erdogan, sin embargo, sigue gozando de gran predicamento en las cancillerías extranjeras, gracias sobre todo a su política económica, que ha producido una triplicación de la renta per capita, desde que él tomó el poder en 2002. Con crecimientos anuales entre el 5 y el 9%, Turquía es el único "tigre económico" desde Europa oriental al mar Rojo. Erdogan llevó a cabo una política de desestatalización de la economía, pero sólo a favor de los llamados "tigres de Anatolia", empresarios píos de esa inmensa península, que se precian de ser grandes cotizantes del partido Justicia y Desarrollo y buenos musulmanes.
La presión que la Unión Europea ejercía sobre el gobierno turco para que sus leyes sociales y sus prácticas políticas y económicas se abriesen a stándares europeos era aprovechada por Erdogan en su campaña contra la vieja estructura kemalista de poder, enquistada en las fuerzas armadas, la judicatura y los negocios. Una vez reducidas estas fuerzas hostiles, es Erdogan quien se encuentra en la primera línea de fuego. Su instinto es el de no ceder más que bajo una presión irresistible, pero es dudoso que la Unión Europea siga deseosa de mantener la presión para que Turquía adopte unos stándares europeos que ésta lleva más de veinte años prometiendo. A ello se añaden las reticencias de Francia y Alemania a su ingreso, y la pérdida del entusiasmo de la Unión por la ampliación a una zona del mundo en la que Europa no tiene realmente palancas de influencia; una zona cargada de conflictos irresolubles que llaman a la prevención más que a la asociación. Estos sentimientos de despego son, en igual medida, correspondidos por los turcos, quienes en 2004 daban un apoyo del 73% al ingreso en Europa, y en 2009 sólo del 48%. Turquía es, cada vez más, percibida por Europa como una potencia dotada de los recursos y la ambición necesarios para ser quizás el agente decisivo en su propio espacio geopolitico, pero que le viene grande a Europa, como también le viene incómodamente pasado de número a los Estados Unidos.
Y no es que Erdogan sea modesto en sus ambiciones geopolíticas. Algunas de ellas están al alcance de la mano, como el levantamiento del visado para los naturales de los países vecinos, o la formación de una zona de libre comercio con Siria, Jordania y Líbano. Otras son notables éxitos políticos, como la paz y colaboración con los kurdos de Iraq para facilitar la salida del gas iraquí a través del Kurdistán, la restauración de las buenas relaciones con el enemigo histórico Armenia y la devolución de algunos bienes armenios confiscados, la apertura ya efectuada de un ferrocarril tri-nacional (Turquía, Siria e Iraq), así como la inauguración a finales de año del tren de gran velocidad Konia-Eskisebir.
Hay también proyectos de alcance geopolítico intercontinental, como los discutidos gasoductos Nabucco y South Stream, para enlazar Asia con los mercados del centro y sureste de Europa, pero que siguen sujetos a arreglos polìtico-diplomáticos muy complejos que interesan a Rusia, Azerbayán, Irán y otros.
Aunque Turquía es un firme aliado de la OTAN, que facilita el transito militar y de mercancías hacia Afganistán, podemos estar llegando a un punto en que, teniendo a la vista un Irán nuclear y viendo a la OTAN pasando una crisis de recursos y voluntad en Libia, Ánkara considere que la Alianza ya no representa la garantía segura que había sido hasta ahora, y decida revisar su política de no nuclearización. Nada de esto ha sido dilucidado expresamente en los medios políticos turcos u occidentales, pero está en la naturaleza misma de las relaciones estratégicas entre potencias en ascenso, y Turquía es una de ellas.
Desde anteayer, Erdogan vuelve a estar facultado para seguir ejecutando su programa de liberalización económica. Le queda construir una economía limpia del "capitalismo de compadres". Debe alentar y respetar la sociedad civil y sus instituciones independientes, ampliar los derechos y la protección de las mujeres y de las religiones minoritarias, y consagrarlo todo ello en una nueva constitución. El pueblo turco, los europeos y los países de Oriente Medio se lo agradecerán.
Antonio Sánchez-Gijón es analista de asuntos internacionales.

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