sábado, 10 de septiembre de 2011

LLEGA PARA ISRAEL EL TEMIDO SEPTIEMBRE

A la crisis social se une la posibilidad de una crisis geopolítica

Publicado en Capital Madrid.com el 6 de septiembre 2011

Antonio Sánchez-Gijón.- La palabra “Septiembre” se ha convertido en Israel en una especie de evocación de los Idus de Marzo, una encrucijada de las más amenazadoras circunstancias con las que Israel deberá enfrentarse desde las de la guerra de 1967, hace 44 años. Por un lado está el desafío social planteado en masivas manifestaciones por todo el país, este sábado pasado, contra un status quo socio-económico que ha permitido que en un largo periodo de crecimiento y pujanza industrial-tecnológica, las distancias entre ricos y pobres hayan aumentado, y las clases medias apenas hayan mejorado. Por otro está el desafío lanzado contra la diplomacia del gobierno de Netanyahu por la Autoridad Nacional Palestina, que se propone llevar a la próxima sesión de la Asamblea General de la ONU, finales de septiembre, la petición de que Palestina sea reconocida como estado independiente, una maniobra que hará que el interminable e infructuoso proceso negociador israelo-palestino descarrile con imprevisibles consecuencias.

Las protestas masivas de jóvenes, trabajadores, estudiantes, incluso oficiales del ejército retirados y familias de clase media, celebradas simultáneamente en casi todas las ciudades de Israel, no parecían dirigidas contra nadie en particular: ni contra el gobierno, ni contra los bancos, ni contra las fuerzas de seguridad. Según sus portavoces, eran a favor del cambio, una nueva distribución de los recursos del estado y unas prestaciones sociales comparables a las de los países de la OCDE . Fueron la mayor movilización popular de la historia de Israel, según el diario Haaretz.

Si tomamos la estimación más baja del número de participantes, 300.000, y la relacionamos con la población nacional, sería como si en España se hubieran manifestado en un solo día casi 2 millones de personas. Cuánta inspiración ha recibido este movimiento de las movilizaciones árabes no es fácil saber. Todo empezó cuando una estudiante israelí de artes visuales levantó una tienda de campaña en el Bulevard Rothschild de Tel Aviv con algunas pancartas de protesta, y se le fueron uniendo otros, atrayendo cada vez más amplios sectores sociales. Inspirados sin duda en el movimiento egipcio de la Plaza Tahrir, también se unieron a él numerosos grupos de árabes israelíes.

Un apurado Netanyahu ha salido al paso del movimiento convocando una comisión presidida por un profesor universitario, Manuel Trejtenberg, que debe formular propuestas concretas al gobierno. Es dudoso que el movimiento se amanse con esta medida. El impulso que les mueve quiere trasladarse al campo político. Muchas de las protestas se dirigían contra la colusión entre los políticos y los hombres de negocios, la corrupción y el favoritismo en beneficio de las grandes empresas. Todo esto está minando la legitimidad del gobierno Netanyahu, formado en coalición con partidos ultraortodoxos, resueltos a sacar del estado cuantos recursos económicos les sea posible para llevar a cabo la expansión continua de los asentamientos en territorio palestino y Jerusalén Este.

La demanda popular de viviendas más baratas puede, curiosamente, jugar en las manos del primer ministro, quien podrá alegar que la oleada de nuevas construcciones anunciada en agosto, para más de 4.500 unidades nuevas en Jerusalén Este, sale al encuentro de esa necesidad vital. Como ha observado el líder de Paz Ahora, Hagit Ofran, Netanyahu “explota la crisis de la vivienda para promover su política de asentamientos”. Lo que nos lleva al otro elemento de la coyuntura israelí: la crisis por el pretendido estado palestino.

Esta iniciativa de la Autoridad Palestina es una imaginativa respuesta al inmovilismo del gobierno Netanyahu, que sucesivamente llevó a un callejón sin salida las negociaciones muy avanzadas de su antecesor Ehud Olmert con el presidente palestino, Abú Abbas, y rechazó, a finales de mayo, la propuesta formulada por el presidente Obama de unas negociaciones israelo-palestinas tomando como base de los ajustes territoriales las fronteras de 1967.

La propuesta de un estado palestino puede ser apoyada por 130 estados de los casi doscientos que se integran en la ONU. La aprobación no significa que Palestina sea admitida en la ONU como estado independiente, pues para ello haría falta una propuesta del Consejo de Seguridad, donde los Estados Unidos, que se oponen, tienen derecho de veto. Palestina es actualmente una “entidad observadora” sin derecho a voto, y posiblemente lo que pida sea el status de “estado observador sin derecho a voto”. Netanyahu ha amenazado con no reemprender las negociaciones de paz con los palestinos si se produce esa entrada por la puerta chica en las Naciones Unidas. Porque, en efecto, esa entrada será sin duda causa de muchos disgustos para Israel. El gobierno palestino puede instigar multitud de acciones sobre Israel, como denunciar abusos contra la población palestina, reclamar investigaciones contra supuestos crímenes de las autoridades de ocupación, etc. Cualquier condena de Israel puede servir de excusa para lanzar a la población palestina a una tercera Intifada.

Este problema le sobreviene a Israel inmerso en la confusión e incertidumbre geopolíticas que se vive ahora Oriente Medio. De momentos las nuevas autoridades egipcias siguen suscribiendo los supuestos básicos de la larga paz con Israel, asegurada durante el mandato del presidente Mubarak, pero es poco probable que de las próximas elecciones generales salga un gobierno tan favorable a Israel como aquél. Al contrario, debe temerse una revisión de la política para con Israel, sobre todo si la Hermandad Musulmana sale favorecida electoralmente y tiene alguna influencia en el nuevo gobierno. No está descartado el peligro de que Assad de Siria repita sus actos provocativos contra Israel, como un medio de desviar la ira popular. Y si Assad cae, es poco probable que un nuevo gobierno sirio tenga la sagacidad geopolítica de no meterse en líos con Israel. Las relaciones de Israel con el antiguo amigo y casi aliado, Turquía, están en este momento próximas a la ruptura por causa del ataque, el pasado año, al Mavi Marmara, un barco que iba a socorrer a Gaza, y la muerte de nueve ciudadanos turcos.

Si los Estados Unidos vetan que el Consejo de Seguridad proponga a la Asamblea General la admisión de Palestina como estado independiente, es lógico suponer la repulsa de las masas árabes contra esa medida, precisamente en unos momentos en que la política de Washington respecto de la “primavera árabe” empezaba a ser aprobada con entusiasmo.

El problema que se le presenta a Europa es también considerable. Hay un cansancio general europeo respecto de la intransigencia del gobierno Netanyahu. Es muy difícil que los países de la Unión Europea puedan mantener la unanimidad de postura ante esta cuestión. También los europeos serán medidos por la opinión árabe, en momentos en que han ganado algunos puntos por su intervención liberadora en Libia.

Los elementos de una crisis mayor en Israel se están superponiendo unos a otros. La oposición interior renuncia a ganar fuerza en el juego político formal, y se echa a la calle, y los esquema-político-diplomáticos de la seguridad de Israel se van a ver seriamente desafiados. Septiembre siempre trae tormentas.

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